José Luis Remualdi

Nicasio Paz: Ladrón

Nicasio Paz, es ladrón. Antes de salir a robar, se persigna y les reza a Cristo y a la Virgen, como si ellos, secundaran y ampararan a los predadores de su prójimo. Algo paradójicamente opuesto a lo que dictan, el séptimo mandamiento: “No robarás” y el décimo: “No codiciarás los bienes ajenos”. 

De todos modos, Nicasio, como Dimas, “el buen ladrón” crucificado junto a Jesús, se siente protegido y redimido de antemano, por el hecho de estar demostrando respeto a Dios, a su hijo y a la virgen María, madre. “Cosa que no todos los honestos hacen y por tanto quedan expuestos a cualquier tipo de vicisitud, incluida la de una acción ofensiva por fuerza mayor y aprobada por Dios como la mía”, sentencia Nicasio. Además, él está convencido que “los mandamientos fueron fraguados en parte, por una gavilla de mercaderes capitalistas de esos tiempos, para así, resguardar sus bienes contra los ladrones ignorantes y temerosos de Dios”. En definitiva, las razones por las cuales Nicasio termina ahora de rezar, son: por la ejecución de un trabajo fácil y de buen dinero y por un retorno sano y salvo. 

Nicasio, razona adecuando la religión a su actitud, que no es su única religión; además, profesa fidelidad al código criminal, y de entre sus varios artículos, es mentor del precepto que dice que quien no es “del palo” (clase delincuente) o policía, (la contra) es “civil” (ciudadano común) y “al civil le cabe”: Le cabe el robo y de resistirse le cabe la golpiza y de rebelarse le cabe la muerte. Aunque, Nicasio, trata en lo posible de no matar; primero: porque en caso de caer preso, la condena no sería tan severa, y segundo, porque desde que vio la película “Perro Rabioso Morgan”, sobre un antiguo y legendario bandolero australiano, real, (que le dio unas monedas a un campesino y le dijo más o menos que: “eran para que progresara, así cuando fuese rico, él, lo podía robar”) al igual que el bandido, Nicasio, decidió preservar su “materia prima de subsistencia”; o sea, la salud de los comerciantes pasivos. “Lo mismo piensa y hace con ellos el gobierno, razona Nicasio, que es ladrón de guante blanco como seré algún día yo; que en escala, por ahora enturbio esa categoría como hace el ratero simple; “rastrillo” que vive preso dos por tres por paparruchadas, haciendo proyectos de robos imposibles. En fin, hablando pavadas todo el tiempo con otros estúpidos iguales y violándose entre ellos. Ensuciando la jerarquía del ladrón de oficio que soy. ¡Aborrezco esa calaña!”. 

En realidad, Nicasio ve el delito como “un oficio tan viejo como la prostitución, que está legalizada y todo. Un medio de vida lógico y riesgoso como muchos, que ya debería ser reconocido y aceptado socialmente, sin tanto aspaviento moral; y además, modificando con todo respeto el nunca bien ponderado accionar mafioso, sindicalizarlo y decretarlo servicio de protección obligatorio para la comunidad, con un costo mensual como cualquier otro servicio público. Con esto, la víctima de delito dejaría de serlo para convertirse en cliente, que ya no sería llamado “candidato, punto”, etcétera, sino: contribuyente. Y, hasta sería tratado cordialmente y quizá, con descuento por buen pagador. Dicho servicio, estaría regido y controlado por el sindicato; quien impediría proceder a los recaudadores con violencia innecesaria y ni muy drogados y/o alcoholizados, y todo el mundo en paz” (argumenta Nicasio entre colegas). En fin, aunque por las dos razones antedichas, no mata, y sólo en caso extremo de defensa propia llegaría a tal punto, entonces, más que nada para amedrentar, de un vistazo, chequea balas a un cargador extra y procede a limpiar cuidadosamente su pistola (antes depositada junto la estatuilla de la virgen María, “para que salga bendita”). En eso, a fin de ver que esté limpio, cerrando un ojo, mira por el cañón de su arma dirigido hacia la luz de la ventana, y por el orificio del mismo, ve llegar a Lito, su compinche, en la moto en que se trasladan habitualmente y que usarán en unos momentos. Hoy les toca como “trabajo”, la pizzería “La Pacífica”. 

Treinta y cinco minutos después, están frente al negocio. Con gorras de visera y capuchas cubriéndoles casi el rostro, entran pistola en mano: Lito, directo a las mesas con público, poco, y Nicasio, a la caja registradora. Lo que no advierten, (por confiados en que allí no había servicio de vigilancia) es que disimulado por un alto cartel de promociones que cubre parcialmente una de las vidrieras, hay un guardia que justamente hoy, comenzó a custodiar el lugar. Tras la voz de alto de éste, se oyen dos disparos seguidos. Lito, cae muerto de frente sobre una mesa y entre una pareja que está almorzando. Nicasio, paralizado de espaldas al hecho, oye los gritos de algunos clientes, mezclados al sonido del estropicio de platos y sillas por el suelo. 

Al no oír la voz de Lito, avisando que todo está bien, sino la del vigilante dando de nuevo la voz de alto, tras un par de segundos más de sorpresa y cálculo, está a punto de soltar el arma y entregarse. Pero no, “para qué había rezado, sino para salir entero”. Se vuelve, ágil como un resorte y apuntando a la altura de un pecho o cabeza, pero se encuentra con el vacío de la puerta de entrada. El guardia, que había sido herido por Lito, está tirado en el suelo y desde allí dispara de nuevo. Nicasio, siente un ‘puñetazo’ en el pecho y se ve sangre. Tras herirlo, el guardia se despatarra y agoniza. Nicasio, suelta la pistola y corre hacia la puerta. Pasa cerca del vigilante que, en insólito y gran esfuerzo, vuelve a disparar. Nicasio, siente otro golpe a la altura de las costillas. No le importa. “Picotones de avispa”, se dice. “Aunque algo esté fallando, estoy protegido por el poder divino”.

Ya en la calle, corre por la vereda. Obvia la moto. Su meta no queda lejos: la iglesia, a un par de cuadras. Tiene que rezar más allí, ‘reblindarse’ de bendición. Corre como puede, regando sangre. La gente se aparta de su trote de herido. Llega frente a la iglesia. Cae de rodillas y luego de pecho y rostro al pie de la escalinata de seis escalones, donde, sentado en su escalón superior, un indigente pide limosna. Nicasio, se siente sin fuerzas para entrar a la iglesia. Mira al mendigo como para pedirle ayuda. Éste, con su pelo largo y barba, se parece notablemente a Perro Rabioso Morgan, quien se parece notablemente a Jesús. El paria, tiene los ojos encendidos de un sereno candor y a la vez, destellando severidad. Siempre viendo a los ojos a Nicasio, que se desangra tendido de barriga y con su cabeza erguida a duras penas, el menesteroso introduce una mano en su lata de monedas y tomando algunas, las arroja con precisión por la escalinata, repicando y tintineando hasta las manos desvaídas de Nicasio, quien, instintivamente y sin saber por qué, recoge lentamente una a una las monedas y las sostiene con fuerza, como amuletos. 

La mayoría de los transeúntes ha huido, y los que no, se mantienen a prudente distancia curioseando el trágico episodio como de ficción. Comienzan a oírse las sirenas policiales y de ambulancia. Entonces, parecido a Jesús pero más bien como Perro Rabioso Morgan, con su voz de la película, el ‘mendicante’ le dice a Nicasio: “Vivirás. Las monedas, son para que te enmiendes y progreses. Y quiero mi diezmo en pan, jamás en dinero; de lo contrario sería robo a Dios. Lo de mendigar es fachada".



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Published on e-Stories.org on 12/16/2013.

 

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