Gustavo Vega Bolaños

Por favor, no fume en las zonas comunes


En la sala de urgencias de un
hospital dos hombres conversan…
- Que dura es la espera ¿verdad?
Sobre todo cuando quien está en observación es tu único hijo.
Sabía que el tabaco me pasaría
factura pero no a través de mi hijo. Se llama Azuaje. En esta foto está
guapísimo ¿lo ve?
Mi mujer y yo… bueno no estamos
casados aunque llevamos viviendo juntos casi 12 años y me resulta que valoro
poco nuestra relación si sólo la llamo: mi pareja. Somos muchísimos los que hemos
optado por este sistema de unión debido a las injustas y anticuadas leyes de
disolución matrimonial que benefician siempre a uno de los cónyuges y al otro
lo deja “con una mano delante y otra detrás”. En fin… dejémoslo que esta es
otra historia.
Mi mujer y yo llevábamos 4 años
intentando que quedara embarazada y por fin lo logramos. Azuaje cumplió hace
dos semanas su séptimo cumpleaños. ¡Si lo hubiese visto tan sólo hace unas
horas! Estaba tan feliz corriendo con sus amigos, tanto que con la excitación
del momento tuvo que usar dos veces su inhalador contra el asma. Los médicos se
lo diagnosticaron desde los 10 meses. Sin embargo Azuaje es fuerte y a
excepción de las carreras, apenas hay otra causa más que le cause sus peores
insuficiencias respiratorias: El humo del tabaco.
Doy gracias a las leyes contra el
tabaco. A partir de su implantación las personas nos hemos hecho más
conscientes del daño que en los demás hace el humo del tabaco. Yo era fumador
¿sabe? Pero desde que a Azuaje le diagnosticaron el asma dejé de fumar. Dicen
que los que dejamos el hábito de fumar nos volvemos más intransigentes con los
que siguen fumando. Pero yo tengo una razón muy importante para ser
intransigente: La vida de mi hijo depende de que el humo no llegue a sus
pequeños pulmones.
He tenido altercados con
fumadores que no respetan las zonas comunes del edificio donde vivimos.
Personas sin un atisbo de civismo y buenos modales, que encima se creen
víctimas de la persecución de los que no fuman con la ayuda del Gobierno. Ese
mismo Gobierno, dicen, que los sangra a impuestos  en el precio de las cajetillas de tabaco y
del que la única ayuda que reciben para dejarlo es asistir a una charla de
antiguos fumadores. Eso si, he de reconocer que el “mono” del tabaco es como si
de una droga dura se tratase, lo experimenté en propia carne.
Pero… todavía hay gente odiosa en
el mundo que no quiere darse por enterado del peligro del humo para las demás
personas. ¡Y por su culpa está mi hijo donde está!
Azuaje y yo regresábamos del
partido que había jugado con su colegio. Es una liguilla que varias
asociaciones de padres de alumnos hemos creado desde hace un año. A los niños
les encanta. ¡Hasta cada equipo tiene su propio equipaje! ¿Sabe lo que cuesta
dotar de equipaje completo a un niño? Perdón, lo siento, no es fácil llegar a
fin de mes ¿lo entiende verdad?
¡Vaya! Me he ido por las ramas,
de nuevo mis disculpas.
Cómo iba diciendo, mi hijo y yo
regresábamos a casa. Al llegar al portal del edificio llamamos al  ascensor para subir a casa. Vivimos en un
sexto piso. Cuando se abrió la puerta del ascensor salieron cinco jóvenes entre
20 y 25 años fumando como carretas y carcajeando.
¿Pero que les pasa a ustedes? – Les
increpé - ¿No saben leer? En el ascensor no se puede fumar. ¡Es una zona común!
-        ¡Perdone viejo! – me respondieron – ahora apagamos los
cigarros.
Y tiraron las colillas al suelo y
las pisotearon.
-        ¿Está contento ahora viejo?
No – les dije – Las colillas se
apagan en las papeleras que están fuera y no en el piso de la entrada
ensuciando las zonas comunes.
-        ¡Nos ha jodido el viejo!
Seguidamente todos se carcajearon
y empezaron a chocar sus palmas y hombros como si de una victoria se tratase.
Entonces fue cuando oí aquella voz a mis espaldas, donde se encontraba mi hijo
Azuaje.
-        ¿Y tú qué, enano? ¿Ya has probado el placer de fumar?
Y luego… ese sonido: fuuussssss,
el que se genera al expulsar humo desde la boca… y dirigido a la cara de mi
hijo.
¡Me abalancé sobre ese niñato de
mierda y le golpeé en la cabeza con todas mis fuerzas! Los demás saltaron sobre
mí y como una jauría de animales me golpearon hasta dejarme casi inconsciente
en el suelo. Los de seguridad, que acudieron por los gritos, les dieron el alto,
pero no consiguieron detenerlos. Recuerdo que me giré a ver donde estaba mi
hijo, orgulloso de mi actuación ante aquellos desaprensivos. Pero cuando vi su
cara se me calló el mundo encima. Azuaje no conseguía respirar… ¡se estaba
ahogando! Aquel humo lanzado directamente a su cara le había causado una
insuficiencia respiratoria que el inhalador no conseguía detener. Mi corazón
palpitaba muy acelerado, la angustia me oprimía el pecho. La rabia y el odio
que sentí sólo buscaban calmarse de una forma: acabar con la vida de aquellos
cerdos que había hecho que mi hijo se estuviera muriendo.
La ambulancia llegó rápido… y…
¡aquí estoy! Llevo seis horas esperando que salga un médico y me diga cómo se
encuentra mi hijo.
-        ¿Don Antonio Mencey? – la puerta de urgencias se había
abierto y un médico hacía presencia en la sala
Si, soy yo. ¿Cómo está mi hijo?
-        Acompáñeme, por favor. Pasemos a este despacho.
Si Doctor. ¿Cuándo podré ver a mi
hijo? ¿Cómo se encuentra?
-        Don Antonio, siento comunicarle que su hijo no ha
superado su insuficiencia respiratoria a pesar de nuestros esfuerzos por
salvarle.
¡Asesinos! ¡Hijos de puta!
¡Cabrones! ¡Habéis matado a mi hijo! ¡Yo los mato¡ ¡Yo los matoooo!
-        Cálmese Don Antonio, cálmese.
¿Qué me calme? ¿Cómo quiere que
me calme si han matado a mi único hijo? ¡Dios mió! Me cuesta respirar… me duele
mucho el pecho…
-        Cálmese y siéntese. Relájese. Respire hondo. No pasa
nada. Recupere poco a poco su ritmo normal de respiración. No se preocupe.
Realmente este episodio no ha sucedido. Está usted en el ascensor de su
vivienda. Ha entrado fumando y en aplicación de la ley 7 del año 2010 aprobada
por el Ministerio de Salud Pública se le ha inducido neuronalmente esta
situación ficticia, que usted ha sentido como totalmente real.
¿Pero…? ¿pero qué me está
diciendo?
-        Abra los ojos, Don Antonio.
¿Pero…? Este es… Aquí es donde
vivo.
-        ¿Qué te ha pasado cariño? ¿Has vuelto a fumar en el ascensor?
Mira que el sistema informático ya te ha advertido en 3 ocasiones, y tú ¡ala!
Sin hacer caso.
-        Recuerde todo el dolor que ha experimentado, Don
Antonio. No vuelva a fumar en el ascensor o en cualquier zona común. ¡Qué tenga
un buen día!

 

All rights belong to its author. It was published on e-Stories.org by demand of Gustavo Vega Bolaños.
Published on e-Stories.org on 06/04/2006.

 

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