Luis Ignacio Muñoz

Luciérnaga del desierto rojo

Flores de verbena blanca de cementerio. Le había dicho hacía algunos años el viejo culebrero que estuvo varios domingos en la plaza del barrio, se consiguen las ramitas de verbena florecida, se carga en la billetera y las mujeres le correrán como moscas, pero tiene que ser blanca, si no, no le sirve. De nada. Y aunque Marcio recorrió cuantos cementerios pudo nunca encontró la verbena blanca, nadie supo decirle donde conseguirla, ni siquiera que sirviese para algo, hasta convencerse que en la región no existía la prodigiosa planta. Sólo se veía la otra, de flores moradas y tallo también del mismo color. Sin embargo no dejó de persistir en esos años concierta terquedad. Quería encontrar otra forma más eficaz y accesible a sus condiciones. Hasta le dijeron una vez que le quitara un pedazo de piel de la frente a un burro y la llevara envuelta en un pedazo de seda roja. Esto tampoco falla pero no se atrevió al pensar en lo cruel de semejante acto. Además debía realizarlo él mismo.

Así pasaron años en que Marcio trasteaba a diario su soledad de huérfano desde los seis años en casa de la tía María, una viuda sin hijos que aceptó llevárselo encantada.

Siempre quiso encontrar una mujer como la soñaba, igual a las actrices de la televisión o en último caso a las protagonistas de las películas norteamericanas.

Aunque al final acababa enamorado de las muchachas del barrio, no muy parecidas a las otras. No fueron más de tres en casi veinte años. Después se arrepentía de sus enamoramientos al ver pasar el tiempo y ver transformarse la belleza de aquellas mujeres. Al final era acabar salvándose de algo, pensaba con resignación bien disimulada. No lograba entender como los demás hombres, sus compañeros de estudio y sus amigos posteriores conquistaban esas muchachas que llevaban al cine los sábados y los domingos. Los creía envidiosos pues nunca le quisieron decir cuál era el amuleto ni de que otros ardides se valían para conseguirlas y no se atrevía a preguntarles.

Siempre les contaba de sus conquistas en otros barrios de la ciudad, mujeres muy parecidas a las de ellos que no eran tan mojigatas ni vanidosas como las vecinas, además le tocaba ser cuidadoso pues varias veces se encontró metido en serios problemas con pretendientes inoportunos que querían dañarle los romances más sublimes y esto no era capaz de permitirlo. Les contaba con suma seriedad y era capaz de repetir las mismas historias muchas veces sin alterar los detalles. Les ponía los nombres más llamativos que estaban de modas en la televisión. Siempre lo escuchaban hablando de las Carolinas, Tatianas, Alejandras, Natalias, Dianas. Nombres que se tomaba muy en serio en sus amores que siempre acababan mal por disgustos inesperados, a veces porque se iban a otras ciudades, en otras porque se consideraba intolerante en el terreno de los celos pues no soportaba enredos con los amigos de las muchachas ni cosas por el estilo. Los amigos no reían de oírlo, al contrario, se les hacían muy graciosas las historias de amor y lo empezaron a llamar Milnovias. Con tal de hacer creer alguno de sus romances era capaz de irse del barrio durante tres o cuatro días y al llegar les contaba que había salido de la ciudad a pasar el fin de semana con Carolinita, a veces con Natalia y ellos preguntándose dónde se meterá Marcio pues a veces le insistían que debía traer por lo menos una de las muchachas al barrio.

-- Todos estaban con ganas de conocerla, no hay que ser egoísta, queremos que la presente, le decían,

--Van a ver cuándo la traiga y se la muestre a todos, hasta mi tía María se va a impresionar, van a ver ustedes, no he invitado a ninguna por culpa de ella, ya saben, hay ratos en que no la soportan ni las moscas.

 

Todo así hasta el día en que Andrés lo invitó a su casa y estuvieron toda la tarde hablando de historias de terror, el tema favorito de Andrés; cuando se dio cuenta que la Flaca había crecido de la noche a la mañana de una manera inusitada, y ya estaba a unos meses de graduarse. Tenía unas lindas piernas debajo del uniforme y esa sonrisa y esa mirada que le coqueteaba lo sacudieron varias veces de la silla donde estaba sentado y sentía la casa cayéndole encima. Mejor no podía estar aquella niña de otros tiempos. Lo empezó a hacer suspirar muy hondo, como si cada vez corriera el aire hacia adentro y luego al exhalar intentara hacer un exorcismo a ese rostro risueño que desde esa tarde le empezó a trastornar el sueño y a divagar noche a noche en miles de deseos. A qué sabría ese cuerpo joven en aquella cama, mejor en los lugares a donde llevaba a sus lindas conquistas cada vez que la tía María se lo permitía. “Maldita vieja cada vez con sus achaques” Pero la Flaca estaba mejor en todo el amplio sentido de la belleza. Verla regresar del colegio le resultaba una delicia porque con uniforme dejaba al descubierto sus rodillas y el prólogo de unos muslos tallados con demasiada delicadeza. Verla en las tardes cuando buscaba algún pretexto para ir a la casa de Andrés, no tan seguido con tal de disimular y la miraba con los escotes de las blusas que aprisionaban unos senos como melones en su punto y escuchar su risa y su voz de campana de cristal le fue haciendo olvidar sus historias que ya no le contaba a sus amigos cada tarde cuando lo llamaban a tomarse una cerveza. Hasta reía con las bromas de la Flaca cuando le preguntaba por sus innumerables conquistas.

--Es que ahora estoy metido en algo muy serio y no acabo de resolver esta situación.

--¿Se metió con alguna mujer casada? –le decía la Flaca y guiñaba el ojo a Andrés.

--No, no, es algo peor.

--¿Entonces se enamoró de laguna modelo o algo así? –le insistía Andrés.

--Algo así.

--Otra que tampoco vamos a conocer, por lo visto –dijo La flaca, arrimándose más de lo acostumbrado.

--Ya veremos que resulta.

Y resultaba que no podía sacársela del pensamiento, cada charla era capaz de obrar el prodigio de quitarle el sueño toda esa noche. Las horas le pasaban dando botes en la cama imaginándose mil situaciones apenas la conquistara. Pero cómo hacer si nunca lo había intentado y no se sentía con el valor necesario para sobreponerse en caso de oírle decir un terrible no. Cómo actuar en el caso de ser la familia quienes se opusieran pues sabía de los comentarios en el barrio de las viejas que decían que pobre la tonta que se metiera con un mantenido como Marcio, acostumbrado a vivir de la pensión de la anciana, además la tildaban de alcahueta por no permitirle buscar un trabajo y aprender a ganarse la vida. Cuál futuro con un tipo que ejercía las funciones de ama de casa o tal vez, para no ir tan lejos más bien de sirvienta. Cómo convencer a la Flaca y en caso de fallar en el intento poder dejar las cosas como antes. A veces sentía que era ella quien lo ponía contra la pared cuando hablaban en la sala de la casa.

--Creo que ninguna le ha quitado la timidez a Marcio—le repetía a boca de jarro, pero hablaba para Andrés y su sobrinita que algunas tardes los acompañaba. Marcio se ponía del color de los tomates. Las ideas se le descontrolaban y aunque abría la boca era como si las palabras estuviesen atragantadas y quisieran salir atropelladas a un mismo tiempo. La Flaca volvía a reír con aquel tintineo de campanas mientras lo miraba, le hacía un guiño. Marcio se sentía desfallecer, no se explicaba cómo no era capaz de huir a toda carrera y no volver de pisa las calles del barrio.

--Yo soy capaz de quitarle esa timidez.

Había dicho otra tarde. Andrés intentó defenderlo pero fue atizar más leña a la hoguera. Marcio sentía en el rostro un fuego extraño corriendo como liquido infernal.

--Vas a matarlo un día de estos—dejo Andrés.

-- Es que me gusta ver como se le pone esa carita.

 

A solas, mientras la noche transcurría entre insomnios permanentes, reconsideraba sus posibilidades. Cada palabra de ella lo llevaba a pensar en el amor que por fin llegaba. Pero no aparecía la ocasión de hablar sin la presencia de nadie más. En la casa siempre resultó imposible. En la calle varias veces intentó abordarla sin ningún resultado. Iba con amigas y cuando caminaba sola lo saludaba con indiferencia, más bien con ganas de alejarse. Marcio divagó en el intento de ponerle una cita, si no se lo podía decir él mismo intentaría por medio de otra persona. Tal vez decirle todo en una carta pero ella podía tomarlo como algo pasado de moda. Tentarla con ciertos regalos y siempre pensaba cómo. Aunque varias tardes le llevó chocolates sintió en todo el cuerpo las punzadas maléficas de sus dardos. Ahora se burlaba diciendo que iba a ser la única mujer del barrio en lograr conquistar a Milnovias.

Fue hasta unas semanas después de la fiesta del grado de La flaca, cuando caminaba por las calles del centro en que vio al culebrero aquel, parecido al de la verbena blanca de cementerio, tal vez el mismo pero ya más viejo y se quedó escuchando su interminable cháchara revuelto entre el grupo de curiosos y se aferró con toda su capacidad de creer en todo lo imposible, que ahora si el momento acababa de llegar llovido del propio cielo, mientras el hombre ofrecía con su palabrería las pócimas capaces de solucionar todos los problemas de la humanidad, desde el talismán de los siete poderes para acertar en los números de la lotería y hasta hacer retoñar los billetes de los tallos de la begonia amarilla de los cinco continentes. Pero entre sus especialidades traía la luciérnaga del desierto rojo de Arabia para el amor imposible, capaz de rendir en siete horas el corazón más indomable. Esto le puso a brincar el pecho a Marcio. Esto era lo que tanto esperaba. Nunca antes un presentimiento le resultó tan próximo a la realidad esa mañana cuando le dio por salir a dar una vuelta por el centro sin ningún propósito. Esperó a que la gente comprara y curioseara toda la mercancía del hombre. Por fin, cuando quedaron muy pocas personas, le dijo que estaba interesado en la luciérnaga del desierto. Un frasco de forma rectangular lleno de líquido rojo como esmalte que parecía resplandecer hasta en la sombra.

--Úselo en las manzanas rojas o en otra fruta roja, no se le ocurra en ninguna de otro color. Inyéctele el tamaño de una uña en la jeringa y espere una hora a que se expanda por todos los poros. Aplíquese este perfume y hágaselo oler porque en menos de siete horas lo va a buscar y el perfume hará que lo reconozca y no sea ningún otro. No se le vaya a ir la mano en la dosis. Los árabes usan esto para hacer entrar en celo a las yeguas y las camellas con la mitad de este frasco.

Marcio compró esa tarde una bolsa de manzanas, una jeringa y llegó a la casa. No pudo hacer nada porque la tía María estaba muy enferma del estómago y fue necesario dejarla hospitalizada. Casi a las siete pudo salir y ya era tarde. Sintió ganas de tomarse unas cervezas, nada habitual en sus costumbres, una de sus pocas virtudes que elogiaban las señoras habladoras del barrio. Se bebió cinco y se sintió embriagado. Esto le hizo agarrar un sueño intranquilo por algunos sobresaltos. Pequeñas pesadillas que al otro día no lograba recordar. Se despertó más tarde de lo acostumbrado, libre de sus responsabilidades diarias de hacer el desayuno para la tía María y barrer la casa. Se consideró demasiado afortunado de estar solo durante una o dos semanas. Libre de su presencia y sus afanes. Calculó las horas. A las diez fue al hospital a visitarla para cerciorarse de cuánto tiempo la tendrían allí. Le calcularon ocho días y se quedó acompañándola un rato. Después en la casa hizo sus pronósticos. A las tres se encontraría a Andrés de regreso. A las cuatro la Flaca podía comerse la manzana. Era mejor que llegara de noche para evitar comentarios.

Andrés no había llegado cuando Marcio tocó el timbre. La Flaca abrió la puerta y lo saludó con esa coquetería que le alborotaba los intestinos y le acercó la cara para el beso en la mejilla, una cortesía adquirida desde la tarde del grado. Marcio le entregó dos manzanas y ella desorbitó los ojos, pero que detallazo, este hombre no es como los muchachos, vamos bien Marcio y fue cuando se dio cuenta que en la sala se encontraban otras amigas de la Flaca, igual de jóvenes pero no tan lindas como ella y esta vez a pesar de las risas maliciosas pudo disimular su vendaval interior. El sonrojo le corrió por el rostro como una brisa tibia. Ella lo tomó del brazo hasta las sillas y el sofá. Las muchachas apaciguaron la risa y se quedaron mirándolos sin decir nada.

--Soy la novia mil uno de Marcio—dijo La Flaca con cierta seriedad--. Imagínense, mil y una mujer y hoy me trajo esta delicia de manzanas.

--¿Y cómo hace con tantas?---le dijo una de las amigas.

--Dice la gente pero no es cierto—respondió Marcio mientras pensaba que era como si otro saliera de él.

--¿Cuántas manzanas le toca comprar cada día? –preguntó la misma chica con sus mejillas rosadas y cierta cara de seriedad.

--Así como ustedes piensan debo estar comprando un camión completo.

--¿Estás estrenando perfume? –volvió a decir la misma de las mejillas rosadas.

--Lo tengo desde hace días.

--Pero es un perfume que produce no sé qué por dentro, ¿ustedes no lo notan?—dijo la misma muchacha.

--Pareciera pero no—dijo la otra amiga.

Fue Andrés con otro amigo suyo el que disipó la conversación y le devolvió la tranquilidad. Las muchachas se retiraron al cuarto de la Flaca. Empezó a sonar la música y otra vez las risas. Los tres pasaron la tarde hablando del trabajo. Marcio volvió a contarles de sus amores truncados y de la tía María en el hospital. Casi a las cinco sintió un sacudón en todo el cuerpo que lo hizo poner de pie como tocado por un corrientazo, me voy, se me olvidaba que me tocaba estar en el hospital a las cuatro y media, ojalá alcance. Se despidió a la carrera y llegó a la calle. En la primera licorera se detuvo a comprar una botella de vino. El firmamento amagaba un aguacero y esto lo puso pensativo. Mejor que lloviera cualquier otro día. En la casa se recostó en la cama. Sintió un leve temblor como de presentimiento. Qué tal si la flaca no se comiera las manzanas y por mala suerte fuese Andrés, su padre o alguna otra persona. Lo asaltaba una zozobra ante este nuevo riesgo. Maldita la desconfianza, pensó, llevarle dos manzanas. Una hubiera sido suficiente. Pero no, se lamentaba. Por momentos pensó irse hasta la casa de La flaca y quedarse a cierta distancia para observarla a ver si salía. ¿Pero qué tal ya lo hubiera hecho? Si llegara a buscarlo y no lo encontrara. Optó por quedarse recostado. Llegaron las seis de la tarde sin el menor indicio. A las siete pensó que el maldito culebrero lo había estafado. Setenta mil pesos por esta mierda más los dos mil de las manzanas y la jeringa. Mañana intentaría buscarlo.

Casi a las ocho se oyeron unos golpes discretos en la puerta. El corazón le dio brincos incesantes; se levantó de la cama. Iba a salir de prisa pero se detuvo en seco, debí haberme quedado afuera. Dudó varios instantes. Preguntar de quien se trataba era confirmar su presencia en la casa. ¿Y si fuese Andrés, su amigo o fuera otra persona? En fin, pensó.

--¿Quién es?—se atrevió a decir con temblor en la voz.

--Yo.

--¿Pero quién es yo?—Vaciló un instante ante la voz de mujer al otro lado.

--Pues yo. Tan pronto se olvidó de mí.

Una voz de mujer sin risa de campana de cristal, menos intensa y poco familiar a su oído. Abrió la puerta y se encontró con el rostro de la amiga de La Flaca que le había hablado unas horas antes en la casa de Andrés. Era ella con un vestido azul, el cabello negro, tacones altos y más sonrosadas las mejillas, distinta a la de hacía rato como si desde la salida de donde La Flaca se hubiera dedicado a arreglarse, incluso se había bañado, lo notó en su cabello mojado, fresca como un limón verde y ni siquiera le dio tiempo para decirle buenas noches cuando se vio empujado por un ventarrón. Agarrado por aquella mujer que parecía tener tenazas en lugar de brazos, con ganas de tragárselo vivo. Lo besaba en todo el cuerpo, sus manos le escarbaban por todas partes. Le arrebató la chaqueta y la camisa, le desabrochaba el pantalón cuando Marcio se percató de la puerta abierta y quiso cerrar. La mujer se le aferró como si se le fuera a escapar colgada de sus piernas y sintió que le quitaba todo. Que su boca le rozaba el cuerpo, lo chupaba y a veces lo mordía. Los dos rodaban sobre el piso. El vestido le estorbaba, pero entre quitárselo y seguir devastando el cuerpo de Marcio los deseos se entrechocaban. Por momentos tuvo la impresión que esa noche iba a terminar estrangulado. Le llegó a la memoria las palabras del culebrero y las yeguas de los árabes, tal vez se hubiera comido las dos manzanas. O de pronto se me fue la mano. Pensamientos ligeros porque lo arrebató con más con más fuego en esa piel que se derretía dentro del traje que acabó roto pues los intentos sutiles de Marcio por desprenderlo contrastaban con el forcejeo de ella. Siempre quiso quitar un vestido de aquellos con la máxima ternura. Pero ya no. La tenía acaballada encima de él sin las prendas necesarias y lo devoraba más rabiosa, le clavaba las uñas donde encontrara carne y se agachaba a darle mordiscos. Ya no sentía ningún dolor ni le importaba. Esto se parecía al vértigo de una montaña rusa. Era único. 37 años de espera en que ni siquiera había visto el cuerpo desnudo de una mujer, 37 años de abstinencia para darles brillo incesante esa noche.

Seis meses después se realizó en la capilla del barrio el matrimonio de Marcio con su novia mil dos como la llamaban los vecinos. Hacía apenas un mes que habían dejado en el cementerio a la tía María. La Flaca nunca más volvió a dirigir la palabra a ninguno de los dos.

 

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Published on e-Stories.org on 05/07/2018.

 

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