Jona Umaes

Multa por Navidad

 

          Se acercaba la Navidad y con ella el ajetreo en calles y comercios, con gente en busca de regalos y el disfrute del alumbrado multicolor y escaparates vistosos. Lucía había quedado con sus amigos para tomar unas copas e impregnarse de aquel ambiente que tanto les gustaba.

 

          En el grupo de jóvenes, había chicos y chicas por igual. Se conocían desde hacía muchos años, pero en aquella ocasión alguien trajo a un amigo nuevo. Conforme fue pasando las horas y los efectos del alcohol hacía de las suyas, Luis, que así se llamaba el desconocido, tras hablar con una y otra chica, terminó por entrar en conversación con Lucía. Con el transcurrir de las horas y el alcohol haciendo su efecto, hizo que se le soltara aún más la lengua. Ella hacía mucho tiempo que no tenía una relación. Las últimas citas que había tenido no habían sido de su agrado, y se lamentaba de que así fuera. Sabía que la suerte también influía en ese tema, o quizás fuese problema de ella que se estaba volviendo demasiado exigente.

 

          El caso es que, Luis estuvo hablando, lo que quedaba de aquella noche, con ella. Parecía que había buen feeling entre ellos. Antes de que se despidieran, Luis le propuso quedar una tarde para tomar algo y echar rato agradable. A esas horas de la noche, estaban más alegres de la cuenta y no había lugar para reticencias así que ella le dio su teléfono y se despidieron.

 

          Lucía recibió la llamada de Luis al día siguiente. Aunque a ella no le venía muy bien quedar aquella tarde, él insistió terminándola de convencer diciéndole que sería un rato pequeño, que él también tenía cosas que hacer. Quedaron pues para merendar. Ella no recordaba mucho de la noche anterior, pero el chico le resultó agradable y la cita parecía ir bien. De repente, sonaron notificaciones de móvil. Eran del teléfono de Luis. Él lo sacó del abrigo y las leyó rápidamente, disculpándose al mismo tiempo. Ella hizo lo propio, echando un ojo a su móvil, mientras él acababa.

 

—¡Que pesadita! Igual se tira varios días sin enviar nada y de repente me manda un montón de mensajes de golpe.

—¿Quién? —quiso saber Lucía.

—Una vecina. Nos conocemos desde pequeños. Hemos crecido prácticamente juntos. Pero a veces es molesto tanto mensaje. Mira que se lo insinúo, no quiero ser brusco con ella, pero nada, no se da por aludida.

—Bueno, quizá le gustes.

—Sí, lo sé desde hace tiempo. Yo no le doy pie, pero ella “erre que erre”. En fin, disculpa la interrupción.

—No tiene importancia.

 

          Estuvieron un rato más y luego se despidieron. Luis quedó en llamarla otro día y pasar más tiempo juntos. De vuelta para su casa, ella pensó en la charla que habían tenido en la cafetería. A pesar de haber echado un rato agradable, no le gustó cómo habló de su amiga, le pareció algo presuntuoso de su parte. Cuando pasaron algunos días, Luis contactó de nuevo con ella. Le esquivó diciéndole que lo había pasado bien el otro día, pero que solo podía ofrecerle su amistad.

 

          Aunque Luis le insistió durante algún tiempo, terminó cansándose al ver que ella no le contestaba. Para Lucía era una más en su lista de citas malogradas. Al día siguiente era Nochebuena y no quería pensar en otra cosa que en las fiestas. Esa noche, sin saber por qué, hizo un recorrido mental por sus últimas citas. Pensó que la suerte la estaba esquivando. Tenía mal fario con los chicos, o quizás fuese problema de ella, que se fijaba en exceso en los defectos. Con esos pensamientos terminó por dormirse.

 

          Al día siguiente, al salir a la calle, vio que había carta en el buzón. Cuando vio lo que era, tragó saliva. Abrió la notificación del ayuntamiento. Era una multa por estacionar en zona prohibida. Miró la fecha e hizo memoria.

 

 

—No puede ser. Si yo no cogí el coche ese día. Lo que me faltaba. ¡Vaya regalito de Navidad!

 

 

          El papel indicaba que si quería recurrir tenía que rellenar un formulario dirigido al Ayuntamiento. Ella no estaba de ánimos para hacerlo y tampoco quería perder el tiempo, así que se fue directa a la comisaría de policía de su distrito, a ver qué podía hacer.

 

          El policía de la entrada le preguntó qué se le ofrecía. Ella le contó lo sucedido y este le dijo que las reclamaciones se hacían a través de un formulario y no en persona. Sin embargo, Lucía insistió en hablar con quien estuviera al mando en aquella oficina y que no se iría de allí hasta que no la recibiesen. El policía terminó por ceder, para no entrar en trifulca, sabedor que dentro le iban a decir lo mismo que le había comentado él.

 

Tras esperar un rato, al fin la llamaron de una mesa donde se encontraba un agente.

 

 

—¿En qué puedo ayudarla?

—Verá, es que esta mañana abrí el buzón… —y le contó lo sucedido, y que pensaba que debía de haber un error en la sanción.

—Bien, dígame la matrícula de su vehículo. Lo consultamos en un momento en el ordenador—ella se la dio y el agente, tras un rato tecleando no daba con la sanción—. Aquí no hay nada referente a esa matrícula. Dígame su DNI a ver si hay más suerte—. De nuevo, intentó encontrar algo, pero la sanción no aparecía. El agente, entre que esperaba a que aparecieran datos en la pantalla y tecleaba, desviaba la mirada hacia Lucía disimuladamente—. Debe haber sido un error. En el ordenador no aparece nada.

—Entonces, ¿qué hacemos? —preguntó Lucía.

—No se preocupe. Si la multa no está cargada en la base de datos, debe haberse producido un error al registrar la matrícula. Seguramente se trate de otro vehículo.

—Menos mal. No sabe el disgusto que me he llevado.

—Perdone, ¿la conozco de algo? —dijo el agente.

—¿Cómo? No, no lo creo.

—Estoy intentando hacer memoria. ¿No era usted amiga de Yolanda?

—¿Yolanda?

—Creo que estuvo en nuestra boda, hace ya unos cuantos años —después de una pausa, Lucía cayó.

—¡Ah, sí! La boda de Yoli. Hace tanto tiempo. ¿Y cómo os va?

—Hace tres años que nos separamos.

—Vaya, lo siento. No sabía nada. Perdí el contacto con ella. —dijo Lucía, lamentándolo.

—No importa, ha corrido mucha agua desde entonces.

—¿Y bien? ¿Puedo irme ya tranquila?

—Sí claro. Bueno, espere. Tiene que rellenar un formulario —Roberto, que así se llamaba el agente, comenzó a teclear un documento y lo sacó por la impresora. Luego se lo ofreció a Lucía, junto a un bolígrafo.

 

 

          Al terminar de leer Lucía lo que ponía, levantó la mirada hacia Roberto, e hizo un gesto de interrogación con hombros y manos. Él miraba hacia los lados, pues tenía compañeros cerca, y se rascaba la cabeza con sonrisa culpable. La nota decía:

 

Asunto:

Estoy en el trabajo y no puedo hablar con tranquilidad.

Solicita:

            Si quieres, tomamos un café en un par de horas, en la cafetería que hay en frente de la comisaría.

Contesta por escrito, por favor.

 

A ella le hizo gracia que utilizara un formato oficial de instancia para pedirle una cita, y escribió mientras esbozaba una sonrisa:

 

“Luego tengo cosas que hacer, pero te dejo mi número y quedamos en otro momento:

NNN…”

 

           Cuando Lucía se disponía a salir de la comisaría, se giró para mirar a Roberto, y él, que tenía la vista puesta en el ordenador, miró en ese mismo instante hacia la salida, cruzándose sus miradas.

          Pasaron un par de días y mientras Lucía iba de tiendas, buscando los regalos de reyes para su familia, recibió una llamada.

 

 

—¿Si?

—Hola Lucía. Soy Roberto.

—¿Roberto? Ah sí, el policía —dijo ella, alegrándose.

—Eso. ¿Te pillo en mal momento?

—No, qué va. Estoy de compras. Dime.

—Era por si quieres quedar mañana por la tarde para charlar un rato.

—Sí, ¿por qué no? ¿En la cafetería, donde tu trabajo?

—Perfecto, ¿sobre las 5 te viene bien? —propuso Roberto.

—¡Sí, estupendo! Bueno, pues hasta luego.

—Hasta luego.

 

 

          La tarde que quedaron en tomar café, fue inusualmente bien para Lucía. La cita fue amena y se sintió cómoda conversando con él. No pudo sacar pega alguna al comportamiento de Roberto, lo cual era harto extraño en ella. Antes de Reyes quedaron un par de veces más para pasear y tomar algo. Parecía que al fin había encontrado un hombre con el que congeniaba. Ya no recordaba los buenos momentos que se pasan al principio de las relaciones. La noche de Reyes, cuando se fue a dormir, le dio por pensar en Roberto y los momentos que habían pasado juntos esos días. Le resultó curioso la forma en que lo había conocido. Quizás la noche de Nochebuena, cuando tuvo aquellos pensamientos negativos sobre sus citas, Papá Noel la escuchara y quiso hacerle un regalo en forma de multa inexistente. Se rio de sus propias ideas. Ya no era una cría para creer en la magia de la Navidad.

 

 

 

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Published on e-Stories.org on 12/26/2020.

 

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