Angels Vinuesa Fernandez

El Baile de máscaras

EL BAILE DE LAS MÁSCARAS

 
 
Se vistió con  sus mejores galas, cambió sus lágrimas por sonrisas  su ansiedad por serenidad, su impaciencia por calma, su tristeza por una sonrisa  y hasta se  colocó un titulo aristocrático: Lady.
 
No sabía  entonces  que en  el mar de los bits se encontraría con él. Fue por una casualidad o quizás el azar que  le hizo toparse de bruces con el hombre.
 
Pronto  la Lady, se dio cuenta  que era él, el hombre que ella conocía, pero guardó silencio. Sentía tanto temor que  se volviera  a marchar, que huyera de nuevo de su vida  dejándola  con el alma seca, que  aspiró hondo  y  reprimió sus sentimientos.
 
Él no podía ver su rostro, ni podía oler su perfume. Sólo podía sentir su cercanía detrás del cristal.
 
Ella inventó una vida  de paisajes  distintos para  que  no  tuviese  la más mínima  sospecha que fuera ella  y volviera de  desparecer. Pero  abrió su alma de mujer  para que el hombre la conociese.
 
No era la Lady, la que hablaba sino la mujer  serena, desde el interior de sus  intrigas. Fue sincera en eso, desgarradamente  franca. Y le explicó facetas de su vida  que eran reales  y que él desconocía por la lejanía en el tiempo.
 
Y le habló desde el corazón solitario conteniendo  la respiración en cada  letra, tropezándose  las emociones  atrancadas  por  el miedo que despareciese  nuevamente de su vida.
 
Él le hablaba  desde  el alma, expresando emociones que ella recogía  y compartía. No podía creerse que  el hombre de la canción fuese él. Que ese ser que tecleaba detrás del cristal fuese  el  hombre  amado y  deseado desde la noche de los tiempos.
 
Ella, la lady  reconocía cada palabra, cada expresión, y hasta podía imaginar  su sonrisa, y entonces sus dedos se le agarrotaban  y un nudo le  subía  a la garganta  haciéndola toser.
 
 
Imaginaron un  mundo de ensoñaciones. Vivieron  viajes inolvidables,  rieron y lloraron  desde  las esquinas  solitarias de las sensaciones.
 
 Él, el hombre, pensando que nunca la conocería, ella, La Lady, sabiendo  que no podía  delatarse. Estuvo   en un tris  de confesarle  que era ella, aquella que conocía, pero no pudo por más que lo intentó. Sus esfuerzos fueron baldíos. El miedo  la frenaba. El terror de volver a perderlo.
 
Solo quería  alargar  esa comunicación,  tener la oportunidad de demostrarle  la persona que era, y  que él, el hombre, nunca había conocido. Nunca le engañó en eso, siempre fue ella misma  con la más absoluta sinceridad.
 
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Imaginaron una casa delante del mar, y hasta le puso su nombre. Él  decía que plantaría un árbol, y que ella, la lady acudiría  cada noche para acompañarlo. Y que llamaría a las sirenas  para que le hiciesen compañía  en las noches oscuras  sentado en las  rocas, con solo la luz de faro iluminándoles intermitentemente.
 
Le podía imaginar  sentado frente el  azul intenso del océano,  con la vista en el horizonte, su  cara tranquila, una media sonrisa. Y hasta podía   oír  el rumor de las olas  al chocar contra  las rocas.
 
 Entonces, él, el hombre, escuchaba ese  sonido mágico  que venia de lejos, de muy lejos  y que le llamaba  en el silencio de la noche. Era  ella, la lady, que desde otros mares  le susurraba confidencias al oído, que  le  lanzaba un  llanto ahogado por las risas y por  la nostalgia.
 
Y  era, en ese preciso instante, cuando ella, La Lady,   le hacía mirar al azul de la noche, y  cogía una estrella lanzándola fugazmente para que él la  observase. Él, el hombre, la  reconocía al instante  y entonces sabia que ella estaba allí, y su  fantasmagórica presencia  le  sobrecogía  y le  hacia estremecer.
 
 La Lady, una noche  colocó en  el mar, ese otro mar, una botella con un mensaje  para él  y  hoy  quizás,  posiblemente  repose   en el fondo  enterrado por el olvido.
 
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Pero un día, él, el hombre,  desapareció de nuevo, y ella, la Lady  volvió a quedarse  sola, con esa soledad del alma  que oprime, que desgasta, que duele.
 
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Y cuentan  que muchas noches, el fantasma de  la Lady,  vaga  por la casa solitaria  que lleva su nombre. Y que   cuando  el faro  le alumbra, se la ve sentada a los pies de aquel árbol, que  el hombre plantó para ella. Y que lleva en la mano  aquella botella con el mensaje que rescató del fondo del océano y que los delfines le trajeron, con un mensaje de amor, y de confesión.
 
Y  explica el farero que  el fantasma de la Lady, descalza,   con un vestido blanco, el cabello al viento, acude cada noche a la casa cuando él esta, y después se  interna en el océano  perdiéndose  entre la bruma.
 
Aunque él, el hombre, nunca la ve,  pero nota su presencia, y aspira desde la ventana el perfume  que creó para ella, y entonces sentado en la mecedora  sonríe  y se duerme. Y ella, se queda a  su lado para velar su sueño  susurrándole una nana de amor.
 
Ella, la lady está con él, como siempre estuvo, y posiblemente   como siempre estará. Aunque  él, el hombre, nunca  supo  ver sus lágrimas.
 
Y cuentan que cuando él se va, el fantasma  de la Lady  se queda en la casa, y muchas noches pueden  verla  vagando  por la playa solitaria cuando el faro la ilumina, esperando su regreso.
 
 
Angels Vinuesa 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 

 

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Published on e-Stories.org on 09/01/2006.

 

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