Gustavo Duringer

Somos Uno

Del libro inconcluso Palmira y otros cuentos con semilla. Autor, Gustavo Duringer. Mar del Plata, 30 de Febrero de 2007.
 

 



Las vainas del añoso jacarandá trepidaban en la brisa suave
de la mañana. Las raíces, gruesas y atormentadas no se decidían entre hundirse
profundamente en la oscura tierra que lo nutría desde siempre, o terminar de
alzarse para emprender el vuelo hacia aquellas regiones negras y remotas que lo
cobijaban por las noches.
 



Se erguía imponente dominando la cima de una graciosa loma y
aún en el aparentemente desierto cuadro, jamás se sintió horadado por la
soledad, pues su visión sin ojos lo integraba con el universo. Nada le era
ajeno. Disfrutaba el canto de los pájaros porque era su propio trino. El mutuo
amor de una madre con su cachorro era toda una maravilla que le sucedía a él.
El rugido del mar con su antigua canción era su voz. Se mecía y era viento.
Daba semillas y sentía su humanidad. Por las noches brillaba incomparable
porque también era millones de estrellas.

 
 

En su unidad, el árbol también era aquél acero fabricado por
el hombre; acero que un buen día se clavó en su costado, cercenando las fibras,
tiñéndose de savia. Recordó entonces el corazón que un par de enamorados
compartieron con el, tatuándolo en su tronco; recordó la palabra que un viajero
cansado le dijo al despedirse cuando en un tórrido verano le prodigó su sombra.
Gracias, le había dicho, acariciando su alma. Y pensando en esas cosas se
perdió en el ensueño. Ni siquiera se dio cuenta que yacía de lado, con muchas
ramas rotas y nidos esparcidos; su luz se fue extinguiendo y al llegar la
mañana, le confió sus dones más preciados a esa tierra, su amiga de siempre. Le
dio un recuerdo de amor y la gratitud de aquel viejo.

 
 

La tierra lo veló, honrando su paso mientras pensaba qué
haría con aquellos presentes. Finalmente, los depositó en una pequeña semilla
que yacía latente para continuar ese viaje eterno que el árbol había iniciado.
Y pasaron los años. Aquel joven ejemplar se hizo hermoso y vivía en la misma
colina en que solía hacerlo su ancestro; allí enraizó tan profundo que ni el
viento más fuerte podía derribarlo y fue entonces, durante un largo tiempo,
seguro refugio para muchas generaciones de pájaros.

 
 
Una tarde, la oscuridad llegó más temprano; al tiempo en que una gran
tormenta se avecinaba, comenzó a oír lejanos gritos llevados por el viento. Gente con linternas corría hacia su loma.
 

Primero vio al pequeño que avanzaba
errante y extraviado; también notó el peligro. Resultó ser que el niño era el nieto del leñador
vecino y por un momento, la memoria grabada en sus células lo sacudió, aunque
muy a tiempo consiguió sacársela de encima, pues si el niño ascendía a la loma,
podía ser fácil presa del rayo. La gente no llegaría en el momento necesario ya
que aún no lo había visto.
 


 
Sin siquiera dudarlo, erguido y desafiante, le gritó a la
tormenta:

 


_ ¡Aquí! ¡Descarga esa furia que te consume!


_ Nada tengo contigo -contestó la tormenta.

_ Va a resultar que solo eres una pompa rabiosa -le
respondió el árbol. Mi erguida presencia es todo un desafío y sabes que ni aún
utilizando todo tu poder podrías lastimarme.
 

 




Y eso bastó. Condensando toda su furia, la tormenta profirió
un juramento en forma de blanquísimo rayo, el cual partió al jacarandá en todo
su largo. Un instante sin tiempo flotó en el aire pero el árbol herido de
muerte se mantuvo de pie, humeante y crepitando.
 
Lo había logrado; la tormenta
vacilante no tuvo más remedio que marcharse de allí, vacía y meditando en lo
que había sucedido; los hombres, aguijoneados por el miedo de un niño
extraviado y por sus propios temores, redoblaron su esfuerzo guiados ahora por
una antorcha que flameaba en la cima. Mucho antes de llegar allí, encontraron
al pequeño, mojado pero vivo. Y fue tal el regocijo que no repararon en nada
más.
 

 

Otra vez la tierra recibía a un hermano, a un árbol que se
salvó a sí mismo en la vida de un niño, desterrando el rencor.
 
En vano buscó una semilla para alentarla a seguir y al no hallarla, entonces
de su carne, de su propia naturaleza, comenzó a cubrir los despojos del héroe y
hoy en día, el árbol es una roca que descansa en la cima. Nadie conoce la
verdadera historia pero, vaya uno a saber por qué motivo, los lugareños suelen
llamarla Piedra del Rayo.

 

All rights belong to its author. It was published on e-Stories.org by demand of Gustavo Duringer.
Published on e-Stories.org on 06/10/2007.

 

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