Karl Wiener

El muñeco de nieve

 
     Éra un día maravilloso en invierno. Hacía mucho sol y ninguna nube sombrecía el cielo. Las pequeñas casas del pueblo en el valle se agachaban  del peso de nieve sobre sus tejados. El humo salía de las chimeneas verticalmente al cielo. Sonaba la risa de los niños a lo lejos. Éstos corrían en trineo cuesta abajo al valle y lanzaban bolas de nieve, gritando de alegría cuando habían alcanzado a uno de sus amigos. En mitad de la alegría estaba un muñeco de nieve. Un viejo sombrero cubría su cabeza. La boca se extendía entre las dos orejas y una pipa calentaba su nariz roja, hecho de una grande zanahoria. Apoyándose en su escoba el muñeco miraba con sus ojos negros a los niños alborotando alrededor de él. La diversión duraba hasta la tarde. Al atardecer los niños volvieron a casa. Después de la cena, estaban sentados alrededor de la estufa escuchando al abuelo, que contó el cuento de las aventuras del muñeco:
    Había anochecido. La nieve resplandecía en el claro de luna y las estrellas brillaban en el cielo. El muñeco, que había quedado en la cuesta, se sentía solo. De repente el rumor de las alas de una bandada de ocas aterrizando sobre el hielo del etanque cerca de la cuesta interrumpió el silencio de la noche. Las ocas habían pasado un viaje cansado. Charlaban todavía un poco de las acontecimientos del día, pero dentro de poco se callaron y metieron sus cabezas debajo de las alas para dormirse. El silencio dominaba de nuevo. Solamente una oca única caminó de acá para allí, buscando cañas de hierba debajo de la nieve. Curiosamente se acercó al muñeco. Que hombre extraño , la oca pensaba,  está mudo y inmóvil en su puesto. Ya estaba a punto de alejarse, cuando oyó un suspiro profundo. Al parecer el muñeco estaba triste. La oca preguntó con compasión por el motivo de su tristeza y el muñeco le confió sus penas: Había metidado sobre el fin del invierno. Entonces vendrá también su última hora. No verá jamás las flores de la primavera.
      El lamento del muñeco tocó la fibra sensible de la oca. Reflexionó sobre remedio. Finalmente se le occurrió una solución: Al oeste, donde el sol se acosta, allí están las altas montañas. Sobre las cimas de aquellas montañas la nieve no se derrite jamás. El día siguiente, por la mañana a la salida del sol, las ocas se reunirán encima de las colinas y volarán en formación de una flecha hacia allá. La punta de la flecha indicará la dirección para ir a ese lugar. – La oca hizo saber al muñeco de sus pensamientos, y el muñeco de nieve pensaba sobre las palabras de la oca. Antes de adormecerse tomó una decisión.
     A la mañana siguiente  el muñeco de nieve era desaparecido. Observando el consejo de la oca había puesto en camino indicado de las ocas por su formación del vuelo. Lo que se había propuesto era una marcha largo. Si a mediados del camino no hubiera pasado el Papá de Navidad con su trineo y no le hubiera llevado consigo, el muñeco no habría llegado jamás a su meta. Pero los renos blancos delante del trineo corrieron como el viento, se alzaron en aire y le conducieron hacia la cima la más alta de las montañas.
     Ahora el muñeco creía de estar a la meta de sus deseos. Feliz de haber recorrido el trayecto largo se adormeció. Soñaba con un mundo soleado, lleno de la risa de los niños. El día siguiente pero, cuando se despertó, nubes habían cubierto el cielo. Por encima de las cimas silbaba la tempestad y niebla impedía la vista hacia abajo al valle. El invierno quería evitar por granizo y nieve la entrada de la primavera. Mucho tiempo pasaba, pero algún día la niebla se retiró y la vista hacia el valle se abrió. El muñeco de nieve vio lo que ningún muñeco de nieve había visto antes: Abajo en el valle la primavera había entrado. La naturaleza se había despertado de la hibernación. Niños jugaban al borde de un riachuelo que serpenteaba por los prados. El muñeco veía los niños y veía también lucir la luz del sol en el agua, pero no podía oír ní el richuelo chapoteando ni los niños riendo. Ningún sonido llegaba del valle hacia arriba. El muñeco no tenía parte en el mundo abajo.       
     El muñeco de nieve deseaba estar abajo en medio de los niños. Se decidió a bajar y empezó a descender paso a paso. Pero la cuesta era abrupta. El muñeco perdió el equilibrio y se cayó con la cabeza por delante hacia abajo al valle. Su intención de aferrarse le hizo agarrar con las manos en la nieve, de que arrancó más y más. Al fin de la caída el muñeco se encontró al pie de la montaña en medio de un gran montón de nieve. Los niños corrieron con gran ruido hacia allá para hacer por la última vez una batalla con bolas de nieve antes que el sol hubiera derretido los últimos restos de nieve y junto las pequeñas gotas del agua a una nube.
            Ahora esta nube vuela hacia el este, hacia la salida de sol, y todos los niños esperan que el invierno siguiente hará recaer las gotas como nieve del cielo.

 

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Published on e-Stories.org on 11/19/2007.

 

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