Karl Wiener

La flor sobre el muro

 
     El principe no era solamente joven pero también hermoso y inteligente, tres cualidades que no son juntos muchas veces debajo de una corona unica. Por eso no me extraño que el principe hacía de gran influencia sobre los sueños de las señoritas de edad para casarse. También no era insignificante que el principe, después que habrá seguido a su padre sobre el trono, hará su mujer la reina del país. Todos juntos era el motivo de hacer las muchachas hermosas soltar gritos de júbilo cuando el principe cabalgaba majestosamente por las avenidas de la ciudad. El principe se sentía lisonjeado de la admiración de las señoritas. De cuando en cuando, como seña de su favor, daba una rosa roja a esta o esa de sus admiradoras. Ya que muchas señoritas trataran de obtener su favor, su camino era lleno de rosas rompidas y corazones llorandos.
     Todos los años, el día de cumpleaños del principe, el rey invitaba a los jovenes del país a la fiesta. La mesa era  bien preparada y se oía de lejos la música y la risotada de los invitados. Las muchachas se juntaban en torno al principe y intentaban de provocar su atención. Cada una de ellas se sentía afortunada, si él le daba una ojeada o aun la invitaba a bailar. Solamente una muchacha quedaba aparte y ninguno daba atención a ella. Sin duda, le también gustaba el principe y una ojeada de él la habría alegrado. Pero era muy timida y también un poco altiva para adelantarse como las otras al primer plano. Se quedaba aparte de la apretura y el principe no tomaba nota de ella.
      También esta noche, cuando la desgracia sucedió, pasaba de ese modo. Ya de días el principe se sentía mal, pero el rey no quería renunciar la fiesta. La orquesta era encargada, la comida aderezada y el principe tendría que decidirse a favor de una de las belezzas. El rey  deseaba saber qien subirá al trono como mujer de su hijo. Cada una de las señoritas en la sala esperaba que el principe se decidirá a su favor y trataba de llamar su atención con habladuría afectada y comportamiento llamativo. Al principe pero la fiesta no placía. Miraba al ajetreo con ojos confusos. Su palidez noble había cedido el puesto a un blanco de cal. Caminó con pasos apresurados hacia la puerta de la sala. Pero antes de alcanzar allí, el principe se desmayó .
      La música cesó. Los huéspedes salieron de repente de la sala. Suponían que el principe padeciera de una afección contagiosa y temían de infectarse. Las señoritas preocupaban solamente de su propia salud. Una de ellas pero se quedaba: La muchacha timida, a que hasta ahora ninguno había atendido. Esta se acercó al principe y agarró de su mano. Sentió apenas el latido de su corazón. Gracias a Dios pero, el principe era vivendo. Ya los ayudantes, que el rey había llamado, acudieron y llevaron el principe a su cama. La muchacha les seguió, se arrodilló delante del rey y pidió a permiso para atender al principe hasta éste estaría fuera de peligro. El rey estaba de acuerdo y la muchacha  velaba día por día y noche por noche  al lado de la cama. El principe dormía con inquietud. Pero cuando se despertó de sus sueños febriles, vio, como por un velo, la buena cara de la muchacha. Entonces su cabeza bajó aqietamente a la almohada y él continuó dormendo el sueño de convalecencia. Finalmente, al tercero día, la crisis era superada. El principe se despertó de su soñarra, la muchacha pero, que había sonreída en sus sueños febriles, la muchacha se había ausentado.          
      Todavía débil, el principe salió del palacio. La ansia le hizo buscar a la muchacha de sus sueños. Día por día andaba errante por las calles de la ciudad. En vano. No encontraba la muchacha en ninguna parte. Al pie de un muro ruinoso descubrió una florita  que, como seña de esperanza, florecía al margen del camino. El principe se dobló hacia abajo. Pero cuando quiso cogerla, una sombra oscureció su mano y una voz conocida dijó: “La flor se llama Nomeolvides y secará, si la coges”.   Cuando el principe se volvió, delante de él estaba la muchacha buscada. Su corazon palpitaba. Después de haber calmarse, la abrazó a ella con alegría y la condució consigo al palacio de su padre. Allí, después de poco tiempo, se casaron y a partir de ese día la muchacha era la reina de su corazón y del reino.

 

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Published on e-Stories.org on 12/28/2007.

 

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