Karl Wiener

El sabihondo

 
     El hombre no es omnisciente pero inteligente, a no ser que el destino lo ha dado demasiado de tontería. A veces pero un hombre es excepcionalmente astuto. Conocía a uno, su nombre real no es importante, los amigos lo llamaban “ El Sabihondo”. Era un picaro listo y sabía ya de infancia contar a tres. Cuando contó a duras penas y por medio de sus dedos la primera vez hasta diez, se creía un maestro de cálculo. No podía imaginarse que alguno lo supera en este arte. Generosamente hacía tener parte cada uno a su sabiduría  presunta, dándole sin demanda consejos superfluos. 
     El Sabihondo pasaba una gran parte de su tiempo contemplando la punta de su proprio nariz,  que lograba por medio de fijar los dos ojos hacia abajo y simultaneamente adentro. Probad a imitarlo. Veréis que la vista se reduce y las pecas sobre vuestro nariz obtienen una importancia que es superior a ésa de todas otras cosas. Muchas veces cerraba astutamente uno de sus ojos. Sus amigos estos consideraban como seña de inteligencia y intentaban imitarlo. Vuestro celo pero los hacía exagerar y cerrar ambos los dos ojos. Por eso no podían ver absolutamente nada. El cual que ha un ojo solo es el rey entre los ciegos y por eso los amigos lo reconocían como caporal de sus juegos. Desde ahora El Sabihondo daba su opinión sobre todas cosas importantes y ninguna cosa parecía tan insignificante que se hubiera callado. Su discorso comenzaba siempre con las palabras: “Según mi opinión...”,  y se acababa en la indicación: “...y eso es cierto”, pues era cierto de ser perfecto.
     El lugar, donde El Sabihondo vivía  era un pequeño pueblo situado en un valle y cercado de montañas como al fondo de una sopera. El Sabihondo, ya que no había visto jamás por encima del borde de la sopera, creía que allí esté el cabo del mundo. Por eso declaró su pueblo el centro del mundo. También no sabía si el mundo gira, pero dado el caso que gire, ciertamente gira en torno de él, eso era cierto. 
     Ninguno sapía el motivo. Según parece la presentimento oscuro de un secreto oculto le puso en marcha. Sabihondo partió para los montes que limitaban su horizonte. Alcanzó las cimas las más altas y vio por la primera vez el paisaje amplio. Dudaba de sus ojos. Lo que vio detrás de las montañas superpasaba todas sus expectaciones. Descendió a todo prisa. Lleno de excitación perdió casi el camino. Una caída abajo de la altura habría habido concecuencias graves. El Sabihondo pero tenía suerte y llegó sin lesión al valle.      
            No podemos contar aquí todos las cosas que ocurrían en el extranjero, esto sería un cuento por separado. Pero certamente se encontraba con gente que sabía contar además de diez. Parecía que esta cosa le hubiera impresionado. Retornó a todo prisa al su pueblo. Tenía que atravesar de nuevo las montañas en sendas peligrosas. Sus amigos, que se habían quedado en el valle, ya se preocupaban por él, cuando El Sabihondo apareció sin aliento en mitad de ellos y anunció su novedad: “Amigos”, exclamó excitadamente, “amigos, quizá no creeréis en mis palabras, pero también allí, a detrás las montañas, viven hombres inteligentes que saben contar aun además de diez ». Los amigos se asombraron. Era la primera vez que dudaban de la verdad de sus palabras, aunque El Sabihondo prometió solemnemente aquéllo que había visto.

 

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Published on e-Stories.org on 02/18/2008.

 

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