Gonzalo Gala Guzmán

La plaga. Capítulo I.

Todo buen viaje que llevase el marchamo ofrecido por la literatura se hambriagado por el donaire de historias y leyendas, algo mágico y espiritual, que presentaba al peregrino con el sentido primoroso de la aventura.  El cañamazo viajero en que se desarrollaba la épica del Cid o esas guías para orientar a los peregrinos de las Tierras Santas, Roma o Santiago, la vanguardia de entonces como las referencias que ofrecía el Arcipreste de Hita de los lugares que conoció en su niñez. Incluso los que exigían menos esfuerzo en los desplazamientos, aquellos que cualquiera emprendiese por los corredores de una casa, de su dormitorio al baño, algunas veces regido por el áspero y dramático sentido del viaje. Que en el caso de caminar, concluía con el descanso a la sombra de un árbol y junto al arrullo de una fuente. A esa forma de viajar, primó la obsesiva invención de lugares, como si ya no fuese interesante sentir el goce de reconocer los matices que les fuesen familiares. Atormentados, llenos de complejos de culpa, situados en parajes infernales, presentando como colofón la afortunada huída gracias a una intervención providencial. 

Sin embargo, el viajero debía reconocer que deambular era a veces ingrato, con los caminos poco seguros incluso en tiempos de paz. Se corría el peligro de ser víctimas de salteadores que desvalijaban a los caminantes o del ataque de alguna manada de lobos. ¡Y qué polvareda! A menudo, estaban descuidadas y resultaban impracticables, llenos de árboles caídos, piedras o los charcos enfangados.

Allí donde se vio por primera vez, no crecía ni la más pequeña brizna, ni una raíz rebelde que de pronto se aventurase en esas tierras esteparias, sino un frío helado que dejaba impertérrito a la compañía y que de vez en cuando ansiaba del calor de una carreta que desfilaba con poco atino por los senderos empedrados. Hasta que en un descampado buscaron refugio para pasar la noche al amparo del cielo estrellado y de un claro acampado en medio de un pinar nevado.

Fray Luis de Cormigac, un viejo inquisidor, dirigía un pequeño séquito formado por el guía y unos cuantos porteadores, descubriendo como esa burda prosa a la que había recurrido con saña desde el monasterio era pura fantasía. No se parecía en nada a las epopeyas al estilo del Cid, a las que tanto hacían alusión los libros, eso le recordaba más al viaje de Aníbal por los Alpes, con sus elefantes. Lento, tortuoso y accidentado. En dos ocasiones se tuvieron que afanar por impedir que la carreta se precipitase por un barranco y uno de los caballos había muerto congelado. Todo eso, además,  en unos escasos días desde que comenzaron el viaje cuando en la capital le encomendaron la empresa de visitar un pueblo perdido de la mano de Dios, del que llegaron noticias poco afables.

Al parecer, una pequeña villa, de nombre Cadalso, había sufrido una extraña epidemia que además de diezmar a la población puso en jaque al burgomaestre, un primo del Rey. Pero, la realidad era otra. Meses atrás, Fray Luis abanderó una facción díscola en el propio seno de la Inquisición,  pero a diferencia de sus compañeros, que vieron como destino la hoguera, por su amistad con el monarca, se le permitió conservar la vida a condición de dirigir las empresas más arriesgadas. Una de estas, fue la extinción de la plaga en Cadalso, sobre todo cuando las anteriores misiones llevadas a cabo se resolvieron con tal fracaso, que de sus predecesores no se volvió a tener noticias.

Fray Luis se terminó despertando, sintiendo cómo el frío cortaba la respiración y desvanecía cualquier intento por conciliar el sueño. Si no fuera poco Una errante niebla les había empujado de las tiendas en donde dormían y les arrastró hasta dejarlos desvanecidos. Con temor, observaron como la naturaleza se rebelaba contra cualquier designio, como si hasta el propio bosque les estuviesen invitando a renunciar a la empresa, mientras avanzaba una espesa capa de nieve helada, por lo que se refugiaron tras un peñasco. Esto suscitó el nervioso piafar de los caballos, que se silenciaron cuando la  polvorienta avalancha lo cubría todo. Con molesta rapidez, comenzó a hacer frío, hasta que sintieron cómo se les helaba las manos y la cara. El cielo empezó a empañarse de masas de nubes y el viento constante, soplaba con brío, colándose entre las ropas, mientras que los caballos pateaban el suelo, molestos, y el pequeño grupo se apiñaba en torno a una hoguera para intentar calentarse.

- Habrá que partir, este ya no es lugar seguro.

De pronto, el aullar de unos lobos atravesó el campamento, asustando a los caballos. El aullido parecía cada vez más cercano. Un ciervo saltó de improviso al calvero que había junto a unos pinos, con una manada de lobos siguiéndole, pero este se alarmó con la presencia del campamento y lo intentó rodear. Lo que permitió que los cánidos alcanzasen al animal y temerosos del pequeño grupo, se perdiesen en la oscuridad del bosque cargando con la presa. Al oeste del descampado, se retomaba el camino, rodeado de un pinar joven, del que la nieve había hecho presa. La tierra, que una vez fue parda y cuarteada por la sequía, ahora resultaba ser un valle helado que no llevaba a ninguna parte. Pero de pronto, el sendero se animó, inició un descenso y en una revuelta podía verse en la lejanía un grupo de tejadillos agrupados como si quisieran calentarse del frío áspero que azotaba a la comarca.

 - Aquí, antes crecía el almendro con suntuosidad. - Señaló, entonces, el guía alargando su brazo hacía una loma escarpada en donde ya no crecía más que la nevisca espesa.

El viajero que hubiese tenido la suerte de conocer ese paisaje antes de aquella extraña nevada, se había topado con gigantescos campos de almendros en flor. Como canto a la familiaridad de algún ciprés como del pinar que hiciese gala de aquella máxima clásica que definía al arte como una imitación de la naturaleza, estos aparecían junto a piedras viejas de molinos, casas de labor y de alguna torre medieval que llamease atenta desde épocas antiquísimas. Pero el viajero, no precisamente amante de piedras deslustradas por el tiempo, observaría mejor la campiña, rodeada del almendro, donde los campos de cultivo brotasen desde la falda del valle.

 Un puñado de gente rústica, con sus aperos, acamparía a lo largo del camino y de aquellas tierras de labor velando por los cielos limpios y claros, con el tañido de unos sonidos lejanos, expandiéndose desde unas campanas a vuelo para clamar por esas lluvias que pusieran fin a la sequía y a los estragos del hambre que dejaba secos los campos de labrantío y mustios los miembros de los braceros.  Ahora todo había desaparecido, como si el único sentido de esa comarca fuese el de contentarse con ser abono de la nieve helada cubriendo el horizonte. 

Al final, se veía el pueblo, Cadalso, villa de áspero nombre y de rancia historia, antiguo dominio templario, residencia de príncipes cuando estos practicaban la caza como deporte, luego alzada en armas contra algún tirano  y escenario de una famosa batalla. El nombre no le venía de antiguo; todavía había abuelos que lo recordaban. Cuando esa comarca aún era parada obligada en el romeraje y fonda de grandes señores, un terrible suceso forzó la llegada del alguacil real con tanta prisa que con su marcha, abandonó la villa sin que antes se desmontara el cadalso en el que murieron ejecutados algunos poderosos condenados por incitar una revuelta popular.

El pueblo era tan pequeño que sólo tenía un puñado de calles, estrechas y tortuosas, y la iglesia, tan diminuta, que la plaza principal debía acoger el púlpito, además del famoso cadalso. La imagen que se tenía de ella era siempre variopinta, hasta tal punto que llegaba a ser distinta para cada uno de los que la poblaban. Así podía tener cabida la luz como la sombra, la miseria y el lujo, lo asombroso y lo cotidiano. Era cierto que en ella unos prosperaban, otros padecían y luchaban por sobrevivir. Por sus calles, yermas y deplorables, sólo corría ya la turba cubierta por la suciedad y la desidia, en medio de un estercolero común. Angostas, con pirámides de estiércol y zahúrdas de cerdos, en las que herraban mulas y caballos, y que tenían por frente un cenegal. E incluso huertas y meaderos.

 

 

 

 

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Published on e-Stories.org on 02/24/2008.

 

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