Gonzalo Gala Guzmán

La plaga. capítulo II.

    Quien pudiera verlo observaría la bruma, ligera y venosa como la noche que lo envolvía todo, entre las callejuelas tortuosas y el vuelo de una avecilla nocturna que planeaba el cielo helado de aquel pueblecillo que parecía arroparse al abrigo del bosque que lo rodeaba. Fray Luis de Cormigac se había incorporado levemente de la montura de su caballo, para fijarse bien en el paisaje tan desolador que veía entonces.  Había junto a la nieve algo omnipresente en Cadalso como si esta fuera la epidemia de la que tanto se hablaba, bajo el manto blanquecino que cubría el horizonte. Se sentía una sensación extraña, al principio indefinible, como si flotasen esporas en el aire. Sin embargo, pronto lo supieron. Alfombras de musgos y hongos salpicaban la alba nevisca, de forma que gracias a la luz de la luna generaba una sinfonía de matices, pero el paso del tiempo había fundido la nieve en  un tono de herrumbre, amarillento verdusco.

     El que buscase románticas emociones en las calles del pueblo vería como estas convergían en la plaza mayor, recinto que acompañaría de forma casi obsesiva al forastero sobre todo por el patíbulo, la tribuna que aún hoy seguía adornando el paisaje del lugar.

      - El cadalso sirvió para ajusticiar a las personas comprometidas en el asunto de la carne.

       Un joven reparó en ellos, ataviado una pesada capa y una gruesa bufanda. A pesar del cruento frío, algunos intrépidos lugareños desafiaban la noche, portando enormes troncos de leña. Él se presentó rápidamente como Christopher Barkos y les saludó con un gesto amistoso y hospitalario.

        - ¿El asunto de la carne? - Fray Luis, preguntó sorprendido.

        Christopher les contaba que la carne se convirtió en un bien muy preciado, por lo que debía pagarse una especie de tasa, según las reses capturadas. Para burlar esta imposición, se pusieron en marcha una serie de salidas clandestinas, pero enterado el Barón Hoyer, el burgomaestre, reaccionó con suma dureza y condenó a graves penas a los implicados.

        Entre tanto, una puerta de las pequeñas casas se abrió, y una figura arrebujada en una gruesa capa y portando una enorme bolsa de cuero, intentó salir a fuera, siendo detenida con amabilidad por una mujer robusta. "Doctora, no puedo agradecerle lo suficiente que viniese a mi casa a esta hora tan inapropiada", dijo, alargándole unas monedas, que la persona esbozada rechazó.

        - Guarda tu dinero, Alice. - La voz que suena resulta femenina y muy compasiva. -  Sólo saber que tu marido se recuperará es recompensa suficiente para mí.

        La mujer se giró bruscamente y tropezó con la pequeña comitiva que se había reunido en torno a Barkos. Debajo de su capucha, sus ojos azules se abrieron con una sonrisa embarazosa. Alice era una aristócrata que años atrás abandonó su residencia en la capital y aunque joven, su larga melena y pestañas eran blancas, con una piel tan blanca que parecía traslúcida.

      Súbitamente, empezó a caer nieve ligera. Los copos caían lentamente, instalándose en las barbas de Christopher Barkos que temblaba de manera imperceptible. "Bueno, debo marcharme y volver a casa. Hasta la vista", dijo, levantando la mano en un gesto de despedida, y empezó a caminar hasta perderse en la lejanía, en compañía de Alice.

       Quien quisiera meterse algo caliente entre pecho y espalda no encontraría mejor refugio que El hongo de Antón, un lugar tan peculiar como el vecino que lo regentaba. Un camino, franqueado por un seto enorme, conducía a la posada. Había sido construida en tiempos remotos, cuando el tránsito del pueblo era mayor, sirviendo hoy en un lugar de encuentro y una vieja reminiscencia del pasado. Un cartel con un hongo rojo se agitaba en la puerta de aquel edificio que parecía no estar contaminado con musgo, al menos desde afuera. El grupo fue saludado desde el porche por Antón, el dueño, un enano achaparrado de mediana edad. En realidad, allí se cenaba agradablemente, al amparo de la fría noche esteparia, a pesar -o gracias- a esa extravagante decoración que hacía gala aquella pequeña fonda. Quien quisiera que construyese esa taberna era un gran aficionado a los hongos, había enormes setas que crecían en las paredes, mientras que algunos hongos amarillentos llenaban las chimeneas. En algunas mesas en donde la comida no había llegado aún, los clientes se distraían tomando como aperitivo algunos de esos hongos e incluso las sillas y taburetes, en donde se sentaban hombro con hombro, frente a la barra, estaban esculpidas en forma de seta.

        La especialidad de la casa era el plato predilecto de los lugareños, una sopa de cebollas con setas, una masa picante y espesa, que sabía más a estofado que a sopa de verduras, como también sus afamados fideos de azúcar. Una camarera le sirvió a Fray Luis un tazón de ellos, pero descubrió pronto un caldo blanquecino en el que flotaban unos fideos traslucidos.

        - Es de mi propia cosecha, ¿a qué es increíble? - Dijo Antón, haciéndole guiño, muy serio, pero era divertido ver su cara con el cuenco a medio comer.

        Además de lugar de encuentro, El hongo de Antón era el mejor refugio de la comarca para trotamundos y viajeros que hiciesen fonda en Cadalso. Sobre el salón común, donde la concurrencia -tan heterogénea como numerosa- hacía vida social, se levantaba un segundo piso en donde ocho pequeñas puertas aparecían dispuestas a ambos lados de un único pasillo. Las habitaciones eran confortables, con una chimenea, junto a una buena pila de leña preparada, y una cama con edredón y dosel de seda. Pero sobre todo, un fuerte olor a incienso de pétalos de rosa llenaba los dormitorios como si quisiera ahogar el persistente olor del musgo.

        Poco a poco, las voces del salón fueron desapareciendo, mientras la noche pasaba muy lentamente, por lo que el silencio hacía muy apetecible conciliar el sueño. De súbito, se oyó un portazo y unos pasos que corrían por el pasillo, pero Fray Luis se sintió los músculos pesado, extrañamente cansado, desmayándose sobre la colcha. En seguida, se le abrieron los ojos de golpe, con un fuerte dolor de cabeza. ¿Acaso era una pesadilla? Recordaba ruido o voces cerca, pero ahora todo estaba envuelto en un silencio sepulcral. Sin embargo, los porteadores yacían dormidos, con una sombra humana, esbozada y por tanto irreconocible, que estaba sobre ellos. Alzó la vista, y sus fríos ojos claros brillaron por la sorpresa, con la cara manchada de sangre que descubría unos largos y puntiagudos incisivos, para huir por una ventana.

        "Bonito comité de bienvenida", pensó Fray Luis de Cormigac cuando saltó a la calle, pero allí no había nadie. Tan sólo se podía apreciar unas pequeñas huellas, seguidas de unas pezuñas que rodaban su rastro. De súbito, sus pies tomaron la iniciativa, siguiendo las marcas que dejaron las pisadas sobre la nieve, hasta sentir un sonido desde la distancia, palabras sibilantes de una voz femenina y joven.

        - Callad, solamente es un humano.

        En la oscuridad, apareció una muchachita que no tendría más de veinte años, con una cabellera negra y los ojos acuosos, seguida de cerca por una pareja lobuna. Se trataba de Elisa, hija de Pietrus,  un viejo ermitaño, que se vio obligada a abandonar a su padre desde su conversión a su nuevo estado vampírico, por lo que empezó a vivir en compañía de una manada de lobos. "Decidle que soy feliz". De forma abrupta, se giró y salió corriendo, perdiéndose en las oscuras calles del pueblo.

 

 

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Published on e-Stories.org on 03/06/2008.

 

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