Felicidad López Vila

Hechiceras

Mª FELICIDAD LÓPEZ VILA


Solicitud registro propiedad intelectual: V- 999- 05
Número de asiento 09 /2005/ 2478


El astro solar ascendía, perezosamente, disipando la penumbra con sus rayos resplandecientes e incidiendo tímidamente en la cara de Clarisa; filtrándose a través de una de las ventanas de su dormitorio.
Clarisa era una joven de estatura media y complexión atlética, con enigmáticos ojos verdes en forma almendrada, impregnados de viveza; nariz pequeña y estrecha y unos labios sensualmente cautivadores.
Poseía la gracia de embelesar con su presencia, a casi todas las personas; también tenía el don de la palabra y pertenecía a una saga de hechiceras poderosas, temibles y veneradas en todo el reino mágico.
Lucía, su abuela materna, tutelaba con sumo secretismo, una de las congregaciones más importantes del Dominio Encantado: ––El Linaje de las Treinta y tres––; treinta y tres, igual cifra que las energías terráqueas.
Sabina, su madre, era la propietaria de una farmacia y no quería saber absolutamente nada de la magia: ––creativa, protectora e indiscutiblemente bella.
Madre e hija vivían en el acogedor hogar de Lucia…
Mientras las fibras doradas proyectaban su resplandor en su rostro, Clarisa, acostada en la cama se desperezaba con aire somnoliento, y después de unos minutos se dirigió a la cocina a tomar el desayuno.
–– ¿Todavía vas con pijama?––dijo Sabina, algo alterada––. He de irme en cinco minutos no podré llevarte al instituto.
––Tranquila hija––dijo Lucía apaciguándola––. La llevaré yo, voy a una clase de Feng Shui, me viene de camino.
–– ¿Para que sirve el Feng Shui, abuela?––inquirió Clarisa sentándose en una silla.
–– ¡Cuentos chinos!––interrumpió Sabina––. Apurando el tazón de leche.
––Significa “Viento y Agua”––le aclaró su abuela––. Sus comienzos provienen de China y su antigüedad data de más de tres mil años. Su enseñanza está asentada en las leyes naturales y las energías cósmicas para localizar una ubicación propicia en las edificaciones, donde la energía vital fluya de modo armonioso y positivo.
–– ¡Tonterías!––dijo nuevamente alterada––. ¡Sandeces como las enseñanzas mágicas!
––La magia no es ninguna sandez–– le contradijo Clarisa a su madre.
––Lo es––imperó, levantándose de su silla y despidiéndose de ambas.
–– ¿Qué le ocurre a mamá que está tan irritable?––le preguntó a su abuela.
––Es el año que se cumple la profecía…
–– ¿Qué profecía?––inquirió Clarisa sorprendida.
––Cuenta una leyenda ancestral que el oráculo habló y presagió que de la unión de un mago grandioso y una humilde aprendiz de bruja, nacería el bebé más poderoso del reino mágico, y tendría que enfrentarse al brujo maligno de las siete esferas; para que la magia buena no desapareciera de la faz de la tierra.
–– ¿Y que tiene que ver eso con mamá? El abuelo no era mago y tú abuela no eres una humilde hechicera; eres una bruja muy poderosa.
––Con ella nada––respondió cautelosa.
––Ni con ella; ni conmigo. No tiene de que preocuparse, la inseminación que se hizo para quedarse embarazada no tendría el esperma de un Supermago––declaró riéndose.
Su abuela la miró de un modo extraño y sin querer seguir con la conversación le sugirió que fuera a cambiarse de ropa.
Tras una larga espera tocó a la puerta de su dormitorio porque se demoraba más de la cuenta.
––Pasa abuela––gritó Clarisa.
La cama estaba repleta de ropa, amontonada, una encima de otra. Como ocurría con frecuencia la muchacha no sabía que conjunto ponerse.
––Este suéter no está mal––dijo su abuela dándoselo.
Clarisa lo tomó en sus manos mirándolo con disgusto.
––Mucho escote para tan poco relleno––dijo entre dientes, dirigiendo la vista a sus senos.
––Cariño, ponte un Wonder Bra, y vámonos ya––sugirió Lucia echándose a reír.
Lucía detuvo su automóvil a escasos pasos del recinto estudiantil, y Clarisa tras despedirse de ella con un sonoro beso en la mejilla, se apeó del vehículo avanzando con paso ligero hasta la puerta principal.
Al entrar en su aula vio unas frases escritas en la pizarra, de la explicación de la última clase del día anterior.
Se encaminó a su pupitre y se sentó junto con sus compañeros a esperar a la profesora de química.
––Disculpad la demora, vengo de haceros unas fotocopias.
La maestra, vestía unos vaqueros ceñidos y una blusa ambarina. Era morena y llevaba melena; su mirada rasgada difundía frescura.
Dejó encima de su mesa rectangular las fotocopias y se sentó para comenzar a dar la clase.
Mirando al frente le ordenó a Clarisa que abriera el libro por el tema siete y leyera en voz alta.
––“De la Alquimia a la Química”––comenzó la joven leyendo, el enunciado del temario, de la pagina ciento cuarenta––: A menudo, es habitual, la creencia, de que la Alquimia en algún período de su proceso se transformó en la Química.
Es innegable que la influencia más significativa que recibió la química procedió de la alquimia, no obstante, la química tiene particulares que la precisan y la separan como método científico––continuó Clarisa––. Los alquimistas utilizaron técnicas meramente empíricas, ya que, se desarrolló en una época en que la ciencia no existía tal como en la actualidad la concebimos.
–– ¿Existió, realmente, “La Piedra Filosofal”?––interrumpió un compañero preguntándole a la profesora.
Una murmuración fuerte irrumpió en el aula.
–– Ese fue un grandioso secreto alquímico. ¡La culminación de la gran obra!––respondió la maestra––. Se especula, que escasos fueron los que disfrutaron contemplando la gema hermética: la piedra que lleva el signo del sol.
La leyenda sobre la piedra filosofal que transformaba cualquier metal en oro, sigue siendo hoy en día, una enigmática mitología concerniente a la filosofía hermética; alcanzada por los alumnos del auténtico hermetismo––continuó explicando la profesora––.
El segundo principio hermético proclama la ley de correspondencia”Como es arriba es abajo, y al contrario”.
La quinta esencia o piedra filosofal se manifiesta en todos los planos de la existencia. En el plano de la manifestación del espíritu es vertiginosa, espontánea y sutil; por el contrario en la manifestación material es pesada, retrasada y costosa––prosiguió––. Los alquimistas fueron eruditos instruidos en ciencias ocultas, en el dominio de las fuerzas mentales, y en el arte de transmutar todo tipo de vibraciones.
Para mí, igual que para vosotros, la conversión de un metal en oro es una profunda manifestación llena de fascinación.
Al finalizar la breve explicación de la quinta esencia, Elena, le pidió a Clarisa que continuara leyendo acerca de la evolución de la química.
Los alumnos protestaron por la escasa explicación que les dio su maestra de química, de la gema hermética, y sugirieron que se extendiera un poco más con el tema, puesto que el argumento de los atomistas que a continuación debería leer Clarisa nos les atraía; pero la profesora se negó, y con modulación aburrida prosiguió Clarisa su lectura hasta ser reemplazada después de veinte minutos por una compañera.
Un poco revoltosos y con la cabeza en otro lado, escucharon, sin comprender, los ensayos indecisos hacia el atomismo y la relación cuántica de Lavoisier.
Sucedió a la clase de química la de matemáticas a segunda hora de la mañana, exactamente a las diez; seguidamente la de inglés y así sucesivamente se fue completando el horario, con un descanso de media hora para almorzar, hasta finalizar las clases de la mañana.
Cuando Clarisa ojeó su reloj ya era la hora de salir.
Hizo tiempo hasta que disminuyó el tumulto en la puerta principal del instituto, colapsada por los alumnos presurosos de coger el autobús para regresar a sus casas.
Atravesó el paso de peatones con cautela y se encaminó al encuentro de su abuela.
Lucía la esperaba a pocos metros del edificio, recostada ligeramente, en el capó de su vehículo con los brazos y las piernas cruzadas; al verla anduvo hacia ella y la ciñó entre sus brazos.
––Hola cariño–– la saludó y le dio un beso––. ¿Cómo te han ido las clases?
Intentando averiguar si realmente existió la quinta esencia y el elixir de la juventud eterna que los nigromantes atestiguaron solemnemente haber encontrado.
Su abuela la miró con una mueca divertida.
––Tesoro, eres demasiado joven para preocuparte por la vejez. El elixir de la larga vida se obtiene primeramente de un modo espiritual y su repercusión se precipita en el plano material.
Es un poder que corresponde al plano más elevado”como es ARRIBA…, es ABAJO”.
Los “verdaderos” alquimistas fueron individuos instruidos extraordinariamente en ciencias ocultas. Los símbolos cabalísticos que usaban eran manifiestas y álgebras muy recónditas.
–– ¿Tú conoces esas formulas mágicas, abuela?
Lucía sonrió y le contestó literalmente con una frase de Cicerón:
––La filosofía es la comprensión de las cosas humanas y eternas, de sus principios y de sus causas: una dualidad que encaja perfectamente con la piedra filosofal.
Al llegar al coche Clarisa se puso al volante, dejó su cartera en el asiento trasero y tras abrocharse el cinturón de seguridad y regular los espejos, giró a la izquierda, sin apartar sus ojos de la transitada calle.
Lucía sintonizó una emisora de música tranquila y le sugirió a su nieta que guardara la distancia reglamentada de seguridad para no colisionar.
Clarisa deliberadamente escogió el camino más largo para dirigirse a casa con el propósito de mantener una conversación tranquila sobre pócimas mágicas con su abuela, porque sabía que a su madre no le hacia ninguna gracia que practicara la magia y debía hacerlo a escondidas.
Cruzó el casco antiguo de la ciudad dirigiéndose a un camino serpenteante que desembocaba en una avenida flanqueada por palmeras enormes cercanas a su hogar, y después de varios minutos redujo la velocidad aparcando delante de su edificio.


Al entrar en casa se encaminaron directamente a la cocina a preparar la comida. Lucía retiró las cortinas dejando que la luz solar atravesara el cristal; mientras Clarisa pelaba las patatas y sacaba a los guisantes de las vainas su abuela introdujo el salmón en el horno.
Al cabo de unos minutos un apetitoso olor se desprendía del vapor que soltaba la hoya a presión, y que subía rápidamente por el extractor.
A continuación, Lucia, abrió uno de los armarios instalados arriba de la encimera y sacó tres platos y tres vasos, colocándolos encima de la mesa al lado de los cubiertos que ya había puesto Clarisa.
Ambas se sentaron junto a la mesa a esperar que la comida se hiciera, pero antes, Lucia encendió una varilla de incienso con olor a limón y prosiguió con su nieta la conversación sobre pociones mágicas.
Aproximadamente veinte minutos más tarde se abrió la puerta de casa y un fuerte taconeó repiqueteó en dirección a la cocina; Lucia bajó el tono de su voz y cambió rápidamente de conversación.
Segundos después se abrió la puerta de la cocina y Sabina permaneció unos segundos de pie mirando por encima del hombro de su madre como el incienso se consumía.
Carraspeó y después habló:
–– ¿Utilizando los sahumerios para algún ritual mágico?
–– ¡Poniendo en práctica las lecciones de feng- shui!––respondió Lucía con una amplia sonrisa––. Desestancado de la cocina la energía “chi”.
–– ¡Lo que me faltaba por oír!––exclamó Sabina en tono cortante.
––La abuela sólo trata de atraer las buenas vibraciones depurando el ambiente y energetizandolo––la justificó Clarisa.
Tras una pausa Sabina les sirvió el puré de patatas y el salmón al horno.
––Madre, ¿realmente crees en todas esas tonterías, o es que te aburres y no sabes en que emplear tu tiempo?
Lucía introdujo en su boca una cucharada de puré de patata y comenzó a masticarla muy despacio sin responder una sola palabra.
––Mamá, hablando de no saber como emplear el tiempo––dijo Clarisa––. ¡Necesitas un novio que te haga perder el tuyo!
Lucía soltó unas enormes carcajadas sin poderse reprimir.
–– ¡Eso no ha tenido ninguna gracia!
––Precisamente de eso trata de la “gracia”. Te estás haciendo rancia, gruñona y estirada––le recriminó su hija––. Antes eras divertida, amable y espontánea. Llevas demasiado tiempo sin enamorarte…, el amor endulzaría tu vida.
––No necesito ningún hombre que me endulce la vida…, confié demasiado en uno y me la amargó.
Clarisa y su abuela cruzaron las miradas decidiendo callar no era el momento más indicado para sermonear.
Antes de que su madre y su hija acabaran los postres, Sabina, disculpándose con una excusa, se levantó de la mesa y se fue a la farmacia mucho antes del horario de apertura.
––Abuela, me preocupa mamá. Se refugia demasiado en el trabajo. ¿De qué está huyendo?––reflexionó Clarisa––. ¿Y quien es ese hombre que tanto daño le hizo? ––Pregúntale a ella…
––Sé que me oculta algo y que le remuerde la conciencia––dijo clarisa––. Tendré que elegir un buen momento e interrogarla.
Lucía se sintió orgullosa de la intuición de su nieta y le sonrió con la mirada.
––Abuela, ¿y si chateando le concierto una cita a ciegas para que se distraiga?
–– ¡Ni se te ocurra! Cuando tu madre quiere naranjas; no le des manzanas.
––Hablando de frutas, ¿puedo transformar una naranja en manzana?, ahora que no está mamá.
Después de pedirle permiso a su abuela ambas salieron de la cocina portando consigo sendas naranjas en las manos.
En el comedor de su casa a la vista de todo el mundo, ubicado en la zona norte, un altar encubierto armonizaba con la decoración vanguardista.
Clarisa en el quemador de incienso prendió fuego a un carboncillo instantáneo para purificar el área antes de comenzar con el ritual.
Sacó de un cajón, con fondo doble, su varita plateada de quince pulgadas y proyectó el mismo conjuro mágico tres veces seguidas, diciéndolo en voz alta, apuntando con su varita la naranja:

< Cabeza de dragón
Convierte esta naranja en manzana
Después de oír mi voz>>

No hubo metamorfosis alguna de la fruta en el primer intento, ni en el segundo, ni en el tercero. Clarisa con cara de pena agachó los hombros y la cabeza.
––Esta varita mágica no funciona––gritó exacerbada––. Tendré que utilizar otra.
––Entonces, utiliza mi Athame––dijo su abuela.
Clarisa levantó la cabeza rápidamente con una enorme sonrisa.
–– ¿Es un báculo especial, abuela?
––Es un cuchillo de doble filo que no se utiliza en el plano físico, su empleo es análogo al de la varita: representa el discernimiento, el pensamiento autocrítico y el procesamiento de datos ––dijo Lucía––.Proyecta, inmediatamente, el conjuro al universo mental y lo materializa en el universo físico.
Clarisa tomó el cuchillo por el mango de color negro, y cual fue su sorpresa que con una sola vez que repitió la evocación la fruta obtuvo la metamorfosis.
–– ¡Alucinante!––exclamó entusiasmada––. Yo quiero un cuchillo como este.
––Ni lo sueñes, es extremadamente peligroso––dijo Lucía, quitándoselo de las manos––No estás preparada para dominarlo, el cuchillo te dominaría a ti y acabarías clavándotelo…, tu vida comenzaría a entrar en un bucle de energías negativas difíciles de paralizar.
––Entonces nunca conseguiré transformar nada––declaró desconsolada.
––Clarisa, la magia esta en tu interior, en tu linaje. Los instrumentos mágicos sólo nos auxilian para encauzar la energía que tenemos. Una herramienta no posee poder sin ti, es una proyección de tu persona.
Sin estar del todo convencida de lo que su abuela decía regresaron a la cocina a recoger la mesa.
Posteriormente, se pusieron en camino cada una a sus asuntos respectivos.
La tarde transcurrió sosegada para ambas y al concluir las clases en el instituto Clarisa partió en autobús al encuentro de su madre.
Detrás del mostrador de la farmacia una manceba de piel pálida, vestida con una bata blanca, despachaba unas recetas a unas clientas.
––Tu madre ha salido un momento, vendrá enseguida––dijo la dependienta al verla.
Pasó a su despacho a esperarla y entretanto echó un vistazo encima de la mesa a un libro de homeopatía que estaba abierto, y comenzó a leerlo para hacer tiempo hasta que su madre viniera:
>>La homeopatía esta fundamentada en reconocer la capacidad congénita del cuerpo para conservarse saludable, utilizando su potencia vital, la cual regulariza su funcionamiento y reacciona de modo inconsciente ante los ataques exteriores con el objetivo de restablecer la inmunidad.
La Vis natura medicatrix, o también denominada, la fuerza vital, la tienen todos los cuerpos vivos y personifica la capacidad de curación de la misma naturaleza…<<
Clarisa acabó de leer toda esa página y la siguiente, y justo cuando iba a darle la vuelta a la página posterior su madre apareció.
––Ya sé lo que te hace falta: “un haba de San Ignacio”––le dijo cuando atravesó la puerta de su despacho.
–– ¿Queee?––inquirió algo descolocada, e inmediatamente fijó su mirada en el libro––Ya entiendo…, “Ignatia Amara”.
––Exacto, según cita este libro, es conocida como el remedio de los disgustos amorosos, ayuda al control emocional de las personas que han sufrido perdidas afectivas––dijo literalmente.
––Cariño, olvídate de arreglar mi vida sentimental.
––No puedo olvidarme eres mi madre. Háblame de ese hombre al que odias tanto.
Sabina cerró la puerta y tomó asiento a su lado.

––No puedo odiar a alguien que amé con todas mis fuerzas.
Clarisa se quedó sorprendida de saber que no odiaba a un hombre que según ella misma afirmaba tanto daño le hizo.
––Pero del amor al odio hay sólo un paso––declaró clarisa––El punto neutral es la indiferencia, y no es precisamente indolencia lo que por él sientes, cuando lo mencionas.
Sabina suspiró y su mirada se tornó melancólica.
–– ¿Podemos cambiar de tema?––inquirió con los ojos cristalinos.
–– ¿Todavía estás enamorada de él?––insistió Clarisa.
La manceba tocó varias veces con los nudillos en la puerta, reclamando la presencia de la farmacéutica. Sabina se levantó para abrirle y salió del despacho sin contestarle a su hija diciéndole que tan pronto pudiera tornaría, y Clarisa retomó en voz baja la lectura del libro de homeopatía:
>>La ley de la similitud es un procedimiento de motivación ayudando al organismo en la administración de una medicina sencilla…<<
Con posterioridad a la ley de semejanza, leyó las ayudas imprescindibles en el repertorio homeopático, la experimentación de la quina y algunos otros ejemplos.
Pasaron dos cuartos de hora y después de los treinta minutos con un golpe brusco la puerta del despacho se abrió hacia fuera, y Sabina entró y se sentó junto al ordenador.
–– ¿Todavía estás enamorada de él?––volvió a preguntarle su hija––. ¿Tiene ese hombre algo que ver con tu repulsión hacia la magia?
Sabina respiró hondo produciéndose una breve pausa y Clarisa esperó ansiosa que tomase la palabra.
––El amor solicita esfuerzos y conjetura riesgos––respondió––. El hombre de quien me enamoré conoció muy bien el temor del lado oscuro de las artes mágicas, aun así, tuvo suficiente coraje para hacerles frente a pesar de su miedo, y enfrentarse a un mundo desconocido y a un futuro incierto.
––En cambio tú elegiste vivir una vida acomodada y monótona, sin sobresaltos inesperados, sin retos, sin riesgos ni cambios––dedujo Clarisa.
––Así es: ¡La separación de nuestros caminos era inevitable!
––Pero, la esencia de la existencia es la permutación; sin cambio no hay aprendizaje y sin aprendizaje el proceso de crecimiento se paraliza.
––Quizás tengas razón Clarisa, sin embargo, en esos momentos no estaba preparada para aceptar un cambio tan drástico.
–– ¿Y ahora lo estarías?
––No lo sé hija…, no estoy segura…
Del bolsillo interior de su bata blanca la farmacéutica extrajo dos caramelos de menta y le ofreció uno a su hija, Clarisa lo desenvolvió deprisa y tiró el papel a la papelera.
El teléfono móvil de Sabina sonó y antes de que lo descolgara se cortó, y mientras la última pregunta de Clarisa aún sonaba en los oídos de su madre siguió con insistencia preguntándole.
–– ¿Y estás satisfecha con tu vida?
––Al prescindir del riesgo, prescindí de experimentar otras muchas sensaciones––respondió sin rodeos––. Una existencia plena está llena de sufrimiento; y una vida sin dolor está exenta de amor, pasión, codicia, ambición, esperanza, afecto e ilusión…, esas pequeñas cosas que hacen que la vida se intensifique y cobre importancia.
–– ¡Qué contradicción!––exclamó su hija––. La vida en sí misma constituye una inseguridad y cuanto más amemos a mayores riesgos nos enfrentaremos…
De pronto Clarisa pensó que ya le había planteado a su madre suficientes preguntas personales y debía parar, así que le mostró una sonrisa amplia y se calló.
Sabina abrió uno de los cajones de su escritorio y sustrajo unos papeles, entre ellos, algunas facturas que analizó con detenimiento; seguidamente apuntó en su agenda personal unas direcciones e hizo dos llamadas telefónicas.
––Mamá, ¿cenamos juntas en la hamburguesería?––le preguntó cuando colgó el teléfono.
––No puedo cariño, esta noche tengo guardia.
–– ¿Quieres que me quede contigo?
––Te lo agradezco, pero prefiero que duermas cómodamente en tu cama.
Se despidieron con un beso y su madre la acompañó con la mirada hasta que salió fuera de la farmacia.
Hora y media más tarde Sabina preparó su pequeño sofá-cama para poder reposar mientras le dejaran esperando tener una guardia tranquila.
Recordando las palabras de su hija reflexionó sobre si se sentía satisfecha con su vida, e inconscientemente dirigió la mirada a las palmas de sus manos, intentando encontrar en las líneas la respuesta de saber si estaría preparada para un cambio drástico.
Rescató de un estante un libro antiguo, lleno de polvo, especializado en quiromancia, que llevaba descansando en el estante varios años sin ser utilizado.
Consultó la Línea de Apolo también conocida como la línea del sol: ––línea que representa la satisfacción interna––, la capacidad de deleitarse en la vida y de lograr agrado en el trabajo. En definitiva, representa el hecho de sentirse a gusto con uno mismo.
Tras examinarla concienzudamente observó su línea del Destino: ––Surco que señaliza el recorrido de nuestra carrera, vigila asiduamente nuestros avances, registra nuestros fracasos y revela los cambios futuros en el trabajo.
En su palma alargada prolongada de dedos delgados, advirtió sorprendida, un cambio de trayectoria de la línea a lo largo de su camino: era evidente que un cambio se avecinaría rápido.
Más sorprendida se quedó todavía cuando descubrió una fractura superpuesta que indicaba que ese nuevo cambio sería planteado y buscado por ella misma.
La curiosidad la sedujo y continúo buscando información entre los trazos de su “mano de agua”: una mano sensible, típica de personas afables, creativas, sabias y depuradas con un gusto exquisito. Personas pacientes y sumamente detallistas.
Con ayuda de las imágenes a todo color Sabina analizó los montes y su desarrollo, y la palma de su mano le reveló su afán de encontrar un equilibrio entre sus deseos instintivos y su potencial racional.
Descubrió que la magia impregnaba con fuerza las líneas, construyendo una parte muy importante en el perfil de su personalidad, de sus capacidades y especialmente de su vida sentimental.
Saberlo la dejó, momentáneamente paralizada y aturdida; aunque sintió en sus adentros una cierta añoranza por sumergirse nuevamente en las enseñanzas mágicas.
El sonido del timbre la rescató del reino mágico y se levantó a despachar una caja de antibióticos a una anciana, que le dio por una estrecha ventana.
Al regresar al sofá cama continuó indagando los surcos emocionales para saber porque el amor le había originado tantos quebraderos de cabeza, y se sintió indefensa, al ser consciente que su corazón necesitaba apoyo y atenciones constantes de su pareja.
Descendiendo desde lo alto de la palma de su mano, la línea horizontal del corazón, le mostraba sus emociones más recónditas, diciéndole que su razón alertaba continuamente a su corazón, y lo que realmente ella quería era dar rienda suelta a sus sentimientos y actuar de un modo impulsivo sin mirar la repercusión ni las consecuencias.
Finalmente, volvió a observar la línea del Destino: ––Cruzando la palma de su mano desde lo alto hacia la parte inferior, el eje vertical del destino tiraba de todos los hilos de la vida de Sabina, confirmándole un reencuentro amoroso en el monte de Venus.
Nuevamente el timbre de guardia sonó y en está ocasión tuvo que expedir por la ventana estrecha, donde sólo se le veía la cara, más de una receta.
Cuando acabó retornó al sofá, asustada, cerró el libro no queriendo saber por el momento nada más. Lo devolvió al estante tras quitarle con una servilleta el polvo, se tumbó y cerró sus ojos intentando relajarse.
Asomándose a las horarias las dos de la madrugada, tuvo suerte de no ser molestada hasta las seis de la mañana, después volvió a dormirse y cuando nuevamente abrió sus ojos el chasquido de la lluvia persistente repiqueteaba en una de las ventanas.
Marisa, la dependienta, llegó puntual a su hora como todos los días, le dio los buenos días y se puso su bata blanca.
Era una muchacha dispuesta, incapaz de molestar a ninguna persona, cautelosa y vanidosa. Sus grandiosos ojos castaños enamoraban a los clientes y eran la envidia de muchas clientas.
Tras tomarse un rápido café juntas comenzaron la actividad matutina.
El día restante transcurrió ajetreado. A la una y media pasadas cerraron la farmacia, y cada una de ellas se marchó a su casa.
La lluvia incesante golpeaba los escaparates de las calles y regaba los jardines de las amplias avenidas. La gente sin paraguas se cobijaba bajo los balcones y el tráfico era denso en el centro de la ciudad.
Saboreando la música de su radio- casete Sabina llegó a su hogar cogiendo un desvío abrupto.
Su hija se había quedado a comer en el instituto y su madre no estaba en casa.
Al entrar en su habitación por poco le da un
colapso: buscando la armonía en su dormitorio y siguiendo las instrucciones del curso de Feng Shui, Lucía lo redecoró a su gusto; sin su consentimiento.
La cabecera cuadrada de su cama la sustituyó por una más sólida en forma de caparazón de tortuga, y la orientó hacia la zona norte. De ese modo se aseguró que la espalda de Sabina estuviese cubierta por una estructura consistente:
––tan compacta como las montañas.
En su mesita de noche de la parte de la derecha, orientación oeste, colocó un tigre de peluche, pequeño, de color blanco. El tigre simbolizaba la fortaleza del cuerpo físico y la violencia. Era un animal peligroso que igualmente podía atacar que defender, y era esencial para la supervivencia tenerlo domado y bajo total control.
En la pared de la zona este colocó el cuadro de un dragón de color verde y dorado, en representación de la protección, la amabilidad, el conocimiento y la sabiduría. Y por último a los pies de su cama, en la pared de la parte sur, colgó en lo alto la figura roja de Ave Fénix: ––el símbolo del vigor y la buena suerte.
Tan sorprendida estaba la farmacéutica de observar un animal en cada punto cardinal de su dormitorio, que no se percató de que Lucia había entrado en casa y estaba detrás de ella prestando atención a lo que hacia.
––Ejem, ejemmm, ¿todo bien por la farmacia?, hija.
–– ¡Madre vuelve a dejar mi habitación como estaba!––gritó exaltada dándose la vuelta–– ¡Ya no tengo edad de dormir con peluches!
–– ¡Pero si es un tigre muy lindo!––sonrió Lucía––. La energía de los objetos de la parte derecha debes tenerlos bastante cercanos al suelo; bien controlados por ti y tu mobiliario es muy alto: el tigre de peluche, pequeño y controlable, sustituye al armatoste de armario que tienes.
¡Te lo he reprogramado!
Sabina se quedó como una estatua de hielo mirando a su madre con ojos cautelosos.
––¡¿Qué te sorprende tanto?!––inquirió Lucía viendo su cara de pasmo––. ¡Parece mentira que hayas estudiado ciencias mágicas!
–– ¿Qué te parece si comemos?––le sugirió Sabina, interrumpiendo la conversación”del mapa de los animales”.
––Comamos hija, comamos––respondió en tono risueño.
Durante la tarde la lluvia continuó soltando sus gotas frescas desde unas nubes negras que oprimían el cielo y empapaban el viento.
La humedad calaba los huesos y el corazón de Sabina buceaba en una desolación profunda, la lluvia la entristecía, la colmaba de melancolía sumergiéndola en una penumbra de monotonía.
El desconsuelo se agudizó al anochecer cuando sola en su cama añoraba unos brazos que la cobijaran.
Recordó al gran amor de su vida que un día le hizo brillar dándole todo el calor de su corazón. Su ser era como el de una llama luminosa y poderosa que resplandecía como una estrella proporcionándole claridad y fuerza.
En el mutismo del sosiego soñó despierta y se durmió con una sonrisa alegre abrazada a la almohada.
En un día sin lluvia de nubes grisáceas el tenue sol luchaba por salir en una mañana plomiza, donde el viento soplaba con fuerza.
De repente el despertador irrumpió en el sueño de la farmacéutica y tras oírlo se quedó un cuarto de hora más en la cama; seguidamente abandonó el dormitorio con el pijama puesto.
––Vas a llegar tarde al trabajo––la advirtió, extrañada, su hija en la cocina.
–– ¡Voy a tomarme el día libre!
–– ¿Tienes fiebre?––inquirió Lucía con ironía, tocándole la frente.
––Necesito una reestructuración de mis esquemas
mentales––contestó toda seria.
–– ¿Y que vas a hacer esta mañana?––preguntaron con curiosidad, al unísono, su madre y su hija.
––Eso no es de vuestra incumbencia––respondió Sabina.
Cruzando una mirada de complicidad Lucía y Clarisa se despidieron de ella deseándole un buen día.
Cuando la farmacéutica salió de su casa no tenía una idea clara de a donde dirigirse, ni en que actividades iba a ocupar el día. Una vez dentro de su vehículo tras conducir varios kilómetros sin rumbo fijo se hecho a reír para sus adentros, pensando que odiaba ir sola a cualquier sitio.
Cogió una salida de la autovía, ubicada en la parte derecha, y atravesó dos pueblos contiguos hasta llegar a una vieja mansión, majestuosa, apartada del mundanal ruido.
Un hogar solitario y abandonado con dos alturas y un enorme sótano cuyos muros deteriorados rezumaban humedad de años.
Gritó el nombre de un hombre y su garganta se desgarró de dolor pero sólo el eco le contestó.
Bajó al sótano lleno de telarañas por una escalera de madera quebradiza y cuando apoyo uno de sus pies en el último escalón un ruido lejano la sorprendió.
Miró a su alrededor temerosa pero solo encontró un caldero oxidado, una vieja escoba, un cáliz y un bolline con el mango blanco. Agachó la vista y bajo sus pies tapados por el polvo había un Pentáculo de cerámica deteriorado.
Se introdujo en el centro del círculo y en la punta superior de la estrella sintió como por ella penetraba el espíritu eterno de la Diosa conexionando su alma con el de la madre tierra.
Su cuerpo se fundió con su mente y su alma quiso correr al lado de la de su amado, pero el portal del tiempo estaba sellado, y él perdido en alguna esfera mágica: ––escondido, del resto del mundo, en un reino misterioso.
Un lugar hermoso, no visible a los ojos humanos, cercado por un bosque frondoso rodeado de arroyos. Una esfera de autentica leyenda donde habitan los Elementales; un universo paralelo donde el espíritu vuela libre atesorando toda su inocencia.
El recuerdo fatídico del momento en que se separaron brotó en su memoria atravesándola como una daga: Fue después de Solsticio de invierno, un día frió de cielo pálido y tierra mojada.
Un nuevo murmullo la devolvió al momento actual; era el silbido del viento que se filtraba por las paredes agrietadas, susurrándole en sus oídos que el mago todavía la amaba.
Salió del sótano con un bagaje repleto de recuerdos pesados y se quedó un buen rato dentro del coche con la calefacción puesta porque no sabía si temblaba de frío o de añoranza.
Sentada cómodamente miró a través de la luneta delantera el paisaje desolador cubierto por la neblina: una estampa que guardaba similitud con la tristeza de su alma.
En la lejanía se divisaban las montañas revestidas de variedades herbáceas que desprendían el soplo fragante del valle.
El cielo se nublaba por instantes y el viento rugía con más fuerza trasladando las sombras en la tierra. Un viento otoñal que traía lamentos, voces del pasado y remordimientos.
Sabina agitó la cabeza para no pensar más alejándose rápidamente de aquel lugar; conduciendo sin rumbo aparente.
Dos horas más tarde se presentó en su casa y se metió en la cama.
Lucía acudió a la vivienda alrededor de las dos y se asomó a la puerta de su dormitorio.
–– ¿Te encuentras bien, Sabina?
––No, no me siento muy bien––respondió con la mirada enajenada––. Tengo enfriamiento.
Lucía le rozó suavemente la mano.
–– ¿Dónde has estado?
Su hija no respondió.
–– ¿Has ido a buscarlo…?
Esta vez asintió con la cabeza agachada.
Lucía le levantó la barbilla y su hija envuelta en un halo anhelante mantenía la vista extraviada.
Intentó darle consuelo con palabras de optimismo que para poco sirvieron en aquellos momentos peliagudos.
Sabina entornó los parpados, como no queriendo escuchar, y se acurrucó entre las sabanas.
Pocos segundos después, Lucía salió del dormitorio cerrando tras de sí la puerta para dejarla descansar.
La tarde trajo consigo la lluvia, cayendo cada vez con mayor intensidad, y la negrura del cielo con sus estridentes rayos y truenos adelantaron el anochecer, con un aire gélido que no se calló hasta el amanecer.


Sabina no salió de su habitación hasta el medio día encontrando la casa vacía, con una nota de su hija pegada con un imán en la puerta de la nevera:
>>Recuerda que esta tarde a las seis has de
ir al instituto para hablar con mi tutor<<.
Después de leerla, ingirió tan solo el líquido de una infusión sin llevarse a la boca ningún alimento sólido, llamó a la farmacia para asegurarse que todo iba bien, y pasó todo el resto de la mañana sentada frente al televisor mirando programas de entretenimiento.
Sobre las cuatro de la tarde comenzó a arreglarse para marcharse a hablar con el tutor de su hija.
Llegó con tiempo sobrado y dio varias vueltas en busca de un lugar donde estacionar. Al salir de su vehículo el viento helado dejó su rostro enrojecido.
Al entrar en el instituto la elevada temperatura de la calefacción la hizo entrar rápidamente en calor; teniéndose que quitar el abrigo.
Con anterioridad su hija la había informado de la ubicación exacta de la sala de profesores, así que, se dirigió directamente a ella encontrándola vacía al entrar.
Sabía que no se había equivocado de sala porque una placa rectangular en la puerta, con letras negras de imprenta, indicaba bien claro que era el aula de tutoría. Como llegó siete minutos antes de la hora concertada se sentó a esperar de espaldas a la puerta.
––Siento llegar tarde––se disculpó cuando llegó el profesor de matemáticas.
––No se preocupe––dijo Sabina levantándose de la silla para estrecharle la mano.
Al verla por primera vez, Francisco, notó un vació en la boca de su estomago y un imperceptible temblor en las piernas cuando apretó la mano de la farmacéutica; e inhaló la fragancia ácida de su perfume deleitándose.
–– ¿Va usted a devolverme mi mano?––preguntó sonriendo tímidamente Sabina, después de más de treinta segundos reteniéndosela.
––¡Ooohhh, disculpe…!
Cuando ambos tomaron asiento el profesor de matemáticas observó a Sabina detenidamente, gustándole su delicioso toque de feminidad.
–– ¿Estará usted preguntándose para que la he llamado?
––Evidentemente para ponerme al corriente de las calificaciones de mi hija––respondió inquieta––. ¿Ha suspendido muchas asignaturas?
––Relájese…––contestó con una sonrisa tímida––. No ha suspendido ninguna, sin embargo, ha bajado las calificaciones con respecto a los exámenes anteriores, y suele entregar los trabajos fuera de plazo.
Si continúa con esa actitud acabará suspendiendo.
Francisco, extrajo del segundo cajón de un archivador de metal color gris, los trabajos de bajo rendimiento de Clarisa y se los mostró a Sabina.
Tras una pausa prolongada, el tutor, se arriesgó a hacerle a la farmacéutica una pregunta muy precisa; con temor a ofenderla.
–– ¿El escaso rendimiento de su hija es debido a problemas familiares?, porque es inteligente y asimila, con facilidad, todo lo que aprende.
Sabina se quedó unos instantes dubitativa.
–– ¿Cree que lo hace por captar mi atención?––le preguntó Sabina al profesor.
––Quizás…, no estoy completamente seguro.
––Mientras lo averiguo que sugiere que haga.
––Tendrá que estar usted pendiente de todas sus tareas cada día.
–– ¿Y como sabré que no me miente cuando le pregunte?, ya no es una niña.
––Si me lo permite yo puedo informarle, personalmente, de vez en cuando, así podrá comprobarlo.
––De acuerdo, pero no llame a mi casa, ni envíen cartas del instituto, es muy avispada se dará enseguida cuenta––sugirió la farmacéutica apuntándole en un papel el número de su teléfono móvil.
Nuevamente, Francisco, sintió la sensación de vació en la boca del estómago y el pulso se le aceleró más de lo debido.
Finalizada la charla la acompañó hasta la puerta principal del instituto.
––¡¿Le han dicho alguna vez que tiene una mirada que hechiza?!––le dijo espontáneamente sorprendiéndose por ello.
––Es que soy bruja…
––Veo que también tiene sentido del humor
––En absoluto, mi hija dice que soy una rancia. Créame es verdad lo que le he dicho.
Un gesto difícil de descifrar asomó al rostro del matemático y una sonrisa burlona a los labios de la farmacéutica, que durante unos segundos consiguió desconcertarlo; pero antes de que ella partiera desplegó alguno de sus encantos y a la hechicera le hizo mucha gracia que intentara flirtear con ella.


Unos días después de la conversación con el profesor de matemáticas, Francisco, telefoneó a la hechicera para informarle de que el lunes próximo su hija tendría un examen de sistemas; y mientras día tras día Sabina se ocupaba de ayudar a Clarisa, la joven, subía progresivamente sus calificaciones.
Un viernes por la mañana de la siguiente semana, tras informar telefónicamente a Sabina de los progresos favorables de su hija, dos horas posteriores a las nueve en punto, el profesor de matemáticas elegantemente vestido se presentó en la farmacia.
Al verlo Sabina se sobresaltó pensando que le habría sucedido alguna cosa a su hija.
–– ¿Está bien Clarisa?––inquirió preocupada, tras atender a cinco clientas.
––Perfectamente––repuso tranquilizándola––. En estos momentos estará en el patio de recreo.
Sabina suspiró aliviada.
––He venido a por un medicamento––continuó, cuando en realidad se había desplazado hasta el otro extremo de la ciudad sólo para volver a verla.
Sabina le envolvió con un papel serigrafiado el jarabe y no quiso cobrárselo, aunque él, insistió en pagárselo.
––Clarisa está remontando las calificaciones notablemente.
––Gracias a usted que me avisó a tiempo de lo que estaba sucediendo.
A Francisco le agradó que se lo dijera.
–– ¿Cree que si dejo de estar pendiente de ella volverá a hacer travesuras?
––Posiblemente––respondió, pensando como seguir manteniendo con ella más tiempo una conversación.
Mientras él con lentitud cavilaba que tema podría tratar con la farmacéutica, que a ella le interesara, entró mucha clientela de golpe y a la dependienta se le amontonaban en el mostrador las recetas.
––Disculpe, he de ayudar a Marisa.
Cuando, de nuevo, se quedaron los tres solos le hizo una consulta acerca de un antibiótico, siendo que lo que realmente quería preguntarle era si le gustaría ir al teatro.
Las siguientes preguntas que le hizo después fueron un poco absurdas y Sabina, como buena bruja, intuyendo que quería quedarse a solas con ella, le pidió a Marisa que trajera del laboratorio unos análisis de un cliente.
Francisco respiró profundamente y tomó valor para invitarla, pero cuando se dispuso a abrir la boca una frase incoherente, en voz muy baja, salió de entre sus dientes.
–– ¿Cómo ha dicho?––dijo ella sin acabar muy bien de entenderla–– ¡Que va a llevarme a ver la Travita!
––No, ¡que tengo la tensión baja!
––Aaah…, pues debo estar mal del oído––declaró algo desconcertada––. No se preocupe, pase a mi despacho y ahora mismo lo comprobamos.
Mientras le tomaba la tensión pensó que era la ocasión perfecta para lanzarse.
––La mitad de la alta más uno––dijo sabina––La tiene perfecta.
–– ¡Usted si que es perfecta!––declaró sin pensárselo dos veces, observando su rostro y sus medidas corporales.
–– ¿Perfecta…?––repitió colorada y perpleja––. Perfecto no hay nadie, y precisamente yo, tengo muchos defectos.
––Tengo que irme––dijo desviándole la mirada, un poquito avergonzado, recapacitando sobre la frase tan poco ocurrente que se le había ocurrido.
Salió del despacho arrepintiéndose de lo que había dicho, dejándose con las prisas encima del mostrador el jarabe.
––El señor que acaba de marcharse ha olvidado el antitusivo––le avisó Marisa a Sabina al regresar del despacho.
––Voy a salir a dárselo.
Sabina corrió rápidamente en su busca pero Francisco se esfumó tan veloz como si se lo hubiese tragado la tierra. Algunos minutos después, tras atender a unas clientas,
sabiendo a donde iba a estar Francisco atravesó la ciudad dirigiéndose al instituto.
Al llegar la farmacéutica le preguntó al conserje donde se encontraba dando clase el profesor de matemáticas. El bedel consultó un horario que tenía apuntado en un folio plastificado y le indicó que subiera a la segunda planta, por la escalera de la derecha, y entrara en la primera puerta a la izquierda.
La puerta estaba cerrada, faltando algunos minutos para que la clase concluyera, y después de una mediana espera, sentada en un banco del pasillo, esperó a que la clase acabara y todos los alumnos salieran.
Sabina entró sigilosa acercándose a su mesa mirándolo de manera risueña.
––Olvidó su jarabe––dijo depositándolo en ella.
Al oír su voz alzó hacia ella la cara, boquiabierto, y se le cayeron de las manos los papeles que estaba leyendo, posteriormente Sabina se agachó a recogérselos.
––Gracias, no tenia que haberse molestado en traerlo.
––No es ninguna molestia.
El rostro del matemático se iluminó como un alógeno de trescientos vatios.
Antes de que Francisco fuese a decir la siguiente palabra, de pronto, irrumpió en el aula el director del centro, un caballero esquelético y apocado, frustrándole el intento de un acercamiento.
Sabina, rápidamente, se despidió de ellos y Francisco, antes de que se fuera, le dio una vez más las gracias.
La mañana fue avanzando con escaso descanso para ambos en sus respectivos trabajos.
Sabina no fue a comer a casa porque le apetecía estar sola y encargó por teléfono una pizza, y la tarde continuó ajetreada en la farmacia; haciéndose las siete y media antes de que pudiese darse cuenta.
Al entrar en su casa Lucia la esperaba dormida en el sofá del comedor tapada con una manta y su hija no estaba.
––Mamá, ¿dónde está Clarisa?––susurró en su oído.
––En casa de un compañero haciendo un trabajo de historia––respondió medio dormida––. Has de ir a por ella, te ha dejado su dirección apuntada en su mesita de noche.
Sin quitarse el abrigo dejó a su madre con sus dulces sueños y se encaminó a la vivienda del compañero de Clarisa.
Después de un tiempo indefinido aparcó su vehículo cercano al domicilio, anduvo hasta el portal numero uno y subió en ascensor hasta el décimo piso.
Llamó al timbre dos veces y le abrió la puerta un caballero sonriente, recibiéndola con el batín y las pantuflas.
–– ¿Qué hace usted aquí?––inquirió con una mirada confusa.
––Vivo aquí.
–– ¿Aquiii?––repitió ella, pensando la estupidez de pregunta que acababa de hacerle.
––He venido a recoger a mi hija––dijo sin atravesar la puerta.
––Pase, le avisaré que ha llegado.
Sabina entró y esperó en el salón.
El cuarto de estudio se encontraba enfrente de la salita, al final de un corto pasillo, la puerta estaba abierta y desde el salón se oían las risas de Clarisa respondiendo a las bromas del hijo de Francisco; que se interrumpieron en seco al ver al matemático.
––Tu madre está aquí––le informó su profesor.
––Tendrá que esperar un poco––le dijo su hijo––. No hemos terminado y debemos entregarlo mañana.
––Tranquilo hijo, tranquilo… sin prisas. Esmeraros en hacerlo bien hecho––aconsejó el matemático, encantado de tener a Sabina en su casa durante más tiempo.
Retrocedió hasta el comedor ocultando la emoción que le proporcionaba aquella situación, evitando no dar saltos de alegría, y encendió el televisor.
––No han terminado, les queda un rato. ¿Ha cenado?
Sabina negó con la cabeza.
–– ¿Quiere un sándwich de jamón y queso?
Volvió a negar en esta ocasión con la voz.
–– ¿Le apetece un refresco?––le ofreció risueño.
––Un vaso de agua, gracias––respondió mirando al techo la talla pintada.
Sin hacerle caso trajo de la cocina, para ambos, un sándwich y un refresco; con una bandeja de plástico que dejó caer en una mesa de cristal colocada enfrente del sofá.
–– ¡Coma, que no va a morderle!––exclamó riéndose acercándoselo a su mano.
–– ¿Dónde está su esposa?––preguntó nerviosa mirando la hora.
––No tengo la menor idea…, quizás con alguna amiga o, posiblemente, con algún amigo con derecho a roce.
–– ¡Con algún compañero…, con derecho a manoseo…!–– prorrumpió atónita––. ¡Y lo dice tan tranquilo! ¿No le importa que esté por ahí con cualquiera?
Francisco se desternilló a carajadas viendo su expresión estupefacta.
––Estoy divorciado, lo que haga con su vida privada no es asunto mío––dijo recobrando la seriedad––. Es una madre excelente y eso es lo único que me importa.
Sabina esbozó una sonrisa pensado que él también era un buen padre.
––Yo tampoco tengo compromiso matrimonial.
–– ¡Estupendo!–– profirió espontáneamente con una mirada pícara–– ¡No sabe cómo me alegro!
Sabina echándose a reír por dentro se limitó, varias veces, a agitar la cabeza de izquierda a derecha, con una expresión compungida porque ella ni se alegraba de estar soltera ni pretendía tener compañía.
Terminó el documental de pesca al que ninguno de los dos estaba prestando atención, y también acabaron los refrescos que mantuvieron un rato entre sus manos; mientras se miraban sin saber que decirse.
–– ¿Sabía que nuestros hijos son muy amigos?–– sacó un tema común Francisco para cortar el hielo.
A Sabina le dio un vuelco el corazón recordando la broma del matemático respecto a las amistades de su ex–esposa, no queriendo pensar que los hijos de ambos tuviesen derecho a algún tipo de roce.
––Acabo de enterarme, mi hija es muy hermética con respecto a esos temas––dijo disgustada––. La que lo sabrá será mi madre, en ella confía plenamente.
–– ¿Clarisa no confía en usted?
Sabina ladeó la cabeza entristecida.
––Tiene más afinidades con su abuela que con su propia madre––declaró sincerándose.
––Se equivoca, su hija tiene más afinidades con usted de las que cree.
Ambos permanecieron silenciosos un breve momento y dentro de ese silencio se oyó el golpe sonoro de una puerta, y las voces de sus hijos acercándose por el pasillo.
––Hemos terminado––dijo Fernando
Mientras Clarisa recogía su abrigo que estaba colgado en una percha del salón, Fernando, el hijo del matemático, obsequió a Sabina con una sonrisa discreta; encubriendo su nerviosismo al ver por primera vez a su futura suegra.
––Hasta mañana Clari––se despidió Nando acompañándola a la puerta.
El profesor no se despidió de Sabina pero se asomó a su balcón para ver como se iba. Las estrellas titilaban en un tapiz oscuro y la brisa suspiraba palabras de amor en los oídos de la farmacéutica, que no podía oír como latía y se conmovía el corazón de Francisco en la noche callada.

–– ¿Dónde está mamá?––preguntó Clarisa, un domingo medio soleado a las once de la mañana.
––Recibió una llamada telefónica y salió muy arreglada.
–– ¿Ha quedado con alguien?
––No lo sé, no me dijo donde iba. Sólo sé que no vendrá a comer.
––Abuela, aprovechemos que no está en casa para practicar magia.
Clarisa se encaminó como de costumbre al altar encubierto en la zona norte del comedor, sin embargo, en está ocasión, su abuela le informó que efectuarían la magia en un sitio distinto.
Junto a la enorme despensa de la cocina, un trozo de pared estucada, guardaba tras de sí un pasadizo secreto.
Lucía se subió a una escalera y apoyó su mano en un resorte electrónico, camuflado detrás del estucado, y muy lentamente la pared se deslizó horizontalmente hacia el lado derecho.
–– ¡Uauuu abuela…, un pasadizo oculto!––exclamó boquiabierta––. ¿A dónde conduce?
––A un lugar de reuniones.
––Mamá lo sabe.
––No––negó tajantemente––. Y por el momento debes mantener el secreto.
Clarisa la traspasó a toda prisa y Lucia cerró la pared simulada con otro resorte electrónico desde el lado contrario.
El pasadizo era alto pudiendo andar por él completamente erguidas, y los alógenos incrustados en el techo para darles luz tenían un diseño moderno.
El suelo pulido estaba exento de polvo y las paredes bien pintadas.
Tras atravesar más de cinco kilómetros de pasillo estrecho, unas veces en línea recta y otras de modo ondulatorio, Lucia tecleó en un panel minúsculo una combinación secreta de números que enseño de memoria a su nieta.
Traspasado el portal conectó una nueva medida de seguridad dejando la puerta totalmente bloqueada.
–– ¿Qué hay guardado en este lugar que tanta protección requiere?––preguntó Clarisa, observando detenidamente la sala donde se encontraban.
Era un salón espacioso con cortinajes blancos, una mesa de roble ovalada en el centro rodeada de treinta y tres asientos y una estufa eléctrica.
Carecía de cuadros y ornamentos caros, en cambio, estaba ataviada con todo tipo de artilugios mágicos.
––Ahora lo verás––respondió Lucia, indicándole otra puerta muy estrecha junto a una vitrina.
Clarisa ladeó el pasamano siéndole imposible abrirla.
––Se abre con un conjuro”mediador”––se adelantó su abuela a decirle, después de un nuevo intento, y se lo susurró al oído.
En el centro de la habitación subyacente, una columna blanca de mármol, sostenía en lo alto de su plataforma cuadrada un libro.
En su tapa de cuero negro un símbolo dorado refulgía con fuerza con una inscripción que decía:
>>Ten cautela con lo que piensas porque los Dioses podrían escarmentarte otorgándote tus deseos…
…Haz lo que quieras en tu existencia mientras no perjudiques a nadie, porque de la ley de tres dependes y cualquier cosa que generes te será tres veces devuelta <<.
–– ¿Por qué tiene ese epígrafe el libro, abuela?––inquirió Clarisa posteriormente a leerla.
––Por el poder de sus elementos. Hay que estar muy preparada para manejarlos o se volverán contra ti––dijo muy seria Lucia––. Todos los deseos de tu vida deberán estar cimentados en la ARMONIA.
En la armonía perfecta no hay contrariedad ni lucha, todo es alegría y dicha y no se perjudica a nadie…, “ni a uno mismo”.
La simbología que encierra este libro emana una energía poderosísima que te protege si la utilizas con el corazón limpio, en cambio, si antepones tus propios deseos lucrándote personalmente de ella y creas inarmonía, la protección desaparece instantáneamente––continuó––. Todo se vuelve en tu contra.
¿Entiendes el gran riesgo que supone utilizar un símbolo de este libro, sin la preparación de una Suma Sacerdotisa?
–– ¡Abuela me estás asustando!–– profirió pálida Clarisa.
Lucía le mostró el primer símbolo del libro ilustrado de la primera página.
––No tengas miedo, aprende a utilizarlos correctamente––dijo su abuela––. Su conocimiento te dará poder.
–– ¡No quiero, me niego, no voy a ser capaz de utilizarlos imparcialmente!––exclamó presa del pánico, pensando en el boomerang de la ley de tres.
––Clarisa eres una activísima hechicera, expuesta a ser atacada por el lado oscuro de la magia––le aviso Lucia––. Si quieres estar protegida tendrás que saber manejar “una eficaz arma de doble filo”, donde el mal y el bien caminen juntos.
Su nieta prestó atención a las explicaciones de su abuela con el vello de punta:
––Esta figura simboliza el macrocosmos, a través de ella el individuo subyuga los poderes y la esencia de los elementos y se aleja del lado tenebroso––prosiguió su abuela––. Es la esencia visible del origen ostensible.
Su nieta de pie frente a la columna blanca de mármol, agudizó los sentidos y Lucia le dio la vuelta a la página para proseguir con la explicación de un nuevo símbolo que tenía forma de simiente:
––Personifica lo masculino y posee como principio la fuerza, la iluminación, el sol…, y es absorbido por el útero cósmico de la vida, la recepción femenina y pasiva, para dar salida a la actividad latente.
Y finalmente advirtiendo que Clarisa se sentía saturada con una información comprometedora, Lucia consideró oportuno explicarle solo un símbolo más por el momento:
––El tercer símbolo es la representación de la materia, de la organización social.
––Tiene similitud con la carta número cuatro del tarot ––la reconoció Clarisa––. Y el arquetipo está reposando encima de un guijarro cuadrado.
––Así es ––confirmó su abuela––. Y casualmente en numerología el número cuatro es el número de la materia.
––Interesante, muy interesante––aseveró Clarisa––. Mientras su abuela la miraba con los ojos relucientes.
Y al igual que a Lucía los ojos le resplandecían sintiéndose orgullosa de su nieta, a Sabina sus ojos también le fulguraban pero por una magia distinta estar con el matemático empezaba a darle sentido a su vida.

–– ¿Así que no piensa usted volver a enamorarse?––preguntó Francisco mientras tomaban los postres.
––No––negó Sabina rotundamente.
––Pues lo va a tener difícil porque pretendientes no van a faltarle.
La hechicera se echó a reír con la observación del matemático.
–– ¿Cuántas veces le han invitado a salir esta semana?––intentó averiguar, pleno de curiosidad.
––Tropecientas––respondió volviendo a reír––. Pero sólo he aceptado la suya.
–– ¿He de deducir de la respuesta que rompe usted muchos corazones?––dijo él bromeando–– ¿O es que le gusta hacerse la interesante?
––Ni una cosa ni la otra––respondió, recobrando la seriedad––. ¡Es a mí a la que se lo rompieron!
–– ¡No puedo creer lo que esta diciendo!
––Créaselo…
Al ver su rostro compungido y lleno de dolor el matemático se sorprendió e intentó rápidamente decir una frase desenfadada para que se animara.
––No se rinda, Cupido atravesará nuevamente su corazón con alguna de sus flechas–– musitó en voz baja.
–– ¡Ya me he rendido!––afirmó cabizbaja––. ¿Y usted después de su separación aun apuesta por el amor?
––Sí; mi separación fue amistosa––respondió sin tensión––. Me llevo muy bien con la madre de mi hijo.
–– ¿La dejó usted?––curioseó Sabina tras acabarse el flan.
––No, me dejó ella––respondió con serenidad––. Aunque no fue por otro hombre.
Sabina se sintió tentada de preguntarle el motivo, sin embargo, por educación no lo hizo, no tenía con él la suficiente confianza como para inmiscuirse tanto en su vida privada.
Ambos terminaron de beber sus respectivos capuchinos y se pusieron sus cazadoras después de que Francisco pagara la cuenta.
Una vez en la calle él le hizo una proposición astuta a la que no pudiera negarse con una excusa, porque anteriormente, había averiguado a través de Clarisa que Sabina era una amante del arte.
Al estar frente a la fachada principal del museo, la hechicera examinó asombrada su decoración plateresca.
Pasaron a su interior a través de una puerta flanqueada por dos columnas esbeltas y antes de subir a la planta primera, fijaron su vista en las pinturas murales de las paredes inspiradas en el arte sacro.
Por el tramo central de una escalera estilo imperial desembocaron en la sala primera del museo, donde observaron cuadros con nervio en los personajes tratados y mucha luminosidad en la reconstrucción de los volúmenes, entre otras características del estilo del artista.
La sala segunda contenía pinturas de paisajes, retratos, bodegones y cuadros costumbristas donde el dinamismo del espacio, el enfoque profundo y la colocación de las máculas de luz y color, conformaban el espacio de un modo dinámico, en donde los perímetros se disolvían y las imágenes perdían preeminencia frente a la totalidad escénica.
El salón contiguo exponía cuadros de estilo original, concediendo una grandiosa valía a la luminiscencia y a la representación ilusoria.
Sabina se detuvo a contemplar ensimismada una obra de lectura dificultosa, que le ponía el vello de punta; con una composición candorosa y una iluminación
complicada: ––alumbrando tan solo las zonas más importantes de la pintura, y envolviendo en la oscuridad las figuras sin importancia.
Cuanto más la miraba más en enajenada se quedaba…
––>>Yo no supe dónde estaba, pero cuando allí me vi, sin saber donde me estaba, grandes cosas entendí; no diré lo que sentí, que me quede no sabiendo, toda ciencia trascendiendo.<<––repitió textualmente Francisco, moviendo su mano, varias veces, ante los ojos de Sabina.
La farmacéutica emergió de su conexión contemplativa y prosiguió andando hacia la cuarta sala.
La última sala, de dimensiones amplias y composición ostentosa, albergaba una exhibición de trabajos encomendados.
La recorrieron, detenidamente, dedicándose a analizar cada cuadro con esmero, y al finalizar la visita bajaron por un lateral paralelo al tramo céntrico de la escalera barroca.
–– ¿Dónde le apetece ir ahora?––le preguntó Francisco mirando la hora.
––Llevo tanto tiempo sin salir que no sé donde ir––respondió sin reparos.
El matemático efectuó un ademán de tomar su mano, y Sabina la retiró bruscamente.
–– ¿Le apetece ver lámparas?
–– ¿Me está tomando el pelo?––inquirió extrañada.
––No, estoy renovando el mobiliario de mi casa.
––Bueno…, tal vez pueda ayudarle.
Recorrieron algunos centros comerciales que siempre permanecían abiertos los días festivos, y en una de las últimas tiendas que visitaron Francisco compró la lámpara del comedor elegida por la hechicera.
Entrada la noche al dejarla en el portal de su domicilio, como despedida, el matemático se abalanzó sobre Sabina presionando su boca contra sus labios.
La hechicera no despegó sus labios y permaneció con las manos en los bolsillos, como la tenía antes del beso, esperando que fuera él quien apartara su boca.
–– ¿Volveremos a vernos?
Ella lo miró descolocada y sin responderle se dio la vuelta y se introdujo en el ascensor.
–– ¿De dónde vienes a estas horas?––preguntó inmediatamente Lucía cuando entró en el comedor.
––He estado con una amiga.
–– ¿Y para ver a una amiga te emperifollas tanto?
––Buenas noches madre, que disfrutes de la película.
––Buenas noches hija, celebro que hayas disfrutado con tu amigo.







El lunes por la mañana, en el lugar donde surgían las conversaciones más entretenidas de la familia, se juntaron a desayunar las tres hechiceras.
Lucia charló unos segundos con su hija acerca de la economía mientras se mordía la lengua para no preguntarle lo que realmente quería, pero finalmente no pudo aguantar por más tiempo la curiosidad.
––Creo que tu madre sale con alguien––le comentó a Clarisa, esperando una respuesta inmediata por parte de Sabina.
–– ¿Con quién, abuela?––inquirió ignorando a su madre que estaba a su lado.
––No tengo la menor idea.
––Ayer pasé todo el día con tu profesor de matemáticas––respondió resignada.
–– ¡Con Francisco! De todos los hombres de la ciudad tienes que salir precisamente con mi tutor––declaró enfurruñada.
––Pasó el día y parte de la noche––indicó Lucía con picardía––. Ya os habéis…, bueno tú me entiendes…
–– ¡Madre, por favor, quieres callarte que está mi hija delante!
––Oooh tranquila, por mí no te preocupes que ya soy mayorcita.
–– ¡No me he acostado con él!––exclamó indignada por la insinuación––. Por cierto, ¿qué hicisteis vosotras ayer durante mi ausencia?
––Limpiar la casa.
––Conociéndoos, seguro que estuvisteis sacándole brillo a los muebles.
Sabina terminó su desayuno completamente callada, con él temor de que su madre volviera a interrogarla. Seguidamente se levantó de la mesa e hizo una llamada telefónica desde el comedor.
Al despedirse de su familia como acostumbraba a hacer a menudo les dijo que no comería en casa.
Francisco la llamó al teléfono de la farmacia para invitarla a salir esa misma noche; también lo hizo al día siguiente y ese mismo miércoles, así que, cansado de recibir tres negativas seguidas el jueves fue el primer cliente que atendió la farmacéutica.
–– ¿Qué desea?––le preguntó ella muy seria.
––Una cita––respondió él, a media sonrisa.
––Ese medicamento no lo tenemos.
Marisa, la subalterna, miró a ambos sin entender que estaba sucediendo.
––Esperaré el tiempo que sea necesario hasta que me lo traiga.
–– ¡Francisco, pase a mi despacho!––imperó, perdiendo los nervios.
La auxiliar de farmacia volvió a mirarlos boquiabierta.
Tras breves minutos de conversación educada por parte de ambos, Francisco se apresuró a conducir la charla por el camino que a él le concernía.
–– ¿Te molestó que te besara?––le preguntó aproximándose a ella.
Sabina parpadeó un poco perpleja ruborizándose con la pregunta, y sintió miedo de la incandescencia castaña que emitía su seductora mirada.
Intentó mostrarse indemne ante la cercanía de su cuerpo pero en su interior los nervios se la comían, porque tenía la impresión que quería besarla nuevamente.
La agarró por la cintura suavemente e insistió en la pregunta.
–– ¿Es que no tienes vergüenza?––inquirió temblándole la voz.
––La conozco de oídas––respondió con la mirada erguida––. Y acercó sus labios a los de ella.
––Suéltame o te doy una bofetada.
––Dámela si te atreves.
En el mismo instante que Sabina no sabía que hacer con sus emociones a flor de piel, Lucía irrumpió como un huracán en el despacho de su hija pese que la manceba le advirtió de que no lo hiciera.
––Cariño lo siento, no sabía que estabas tan bien acompañada––se disculpó examinado de arriba abajo al matemático.
Sabina apartó inmediatamente las manos de Francisco de su cintura, y cortésmente le invitó a que se marchase sin presentarle a su madre.
–– ¡Guapíiisimo!––dijo Lucia tras su partida.
–– ¿Qué te trae por aquí madre?––preguntó tensa.
––He venido a enseñarte un catálogo de disfraces para la noche de Halloween––dijo dejándoselo encima de su
escritorio––. Y me voy corriendo que tengo prisa, me ha traído Marcela y tiene el coche aparcado en triple fila.
Cuando se quedó sola la hechicera se sentó en su sofá-cama pensativa, intentando averiguar que inquietudes se ocultaban detrás de la sonrisa sugestiva del matemático.
Francisco era un maestro extraordinario en el arte de la persuasión sutil. Una mezcla entre transparente inteligencia y fuego consistente, era imposible mantener a su lado un desinterés alejado.
Era un hombre capaz de fundir un corazón compuesto de metal y de hielo, con el punto óptimo de temperatura.
Para dejar de pensar en él echó una ojeada al catálogo de disfraces, por si se le ocurría disfrazarse la víspera de todos los santos. Entonces su pensamiento vagó años atrás en el tiempo, cuándo un poderoso mago en un festival de Samhain––el festival de la muerte de origen céltico––, le contó la leyenda que envolvía a “All hallows ´ eve”:
El pueblo celta vivía en la creencia que la víspera del uno de noviembre, es decir, el día treinta y uno de octubre a la media noche, un gran portal tridimensional se abría para poder dejar pasar a los difuntos desde su dimensión a la nuestra.
Los sacerdotes druidas recorrían todos los hogares pidiendo alimento para su dios shamaim y para calmar a los malos espíritus y protegerse de ellos.
Los celtas también prendían fuego a grandes hogueras; dichas hogueras obtuvieron su inicio en los rituales sagrados de la festividad solar.
Cuando los poblados celtíberos se convirtieron al cristianismo, no todos ellos desistieron de sus hábitos paganos.
La concomitancia cronológica del festejo pagano con el cristiano trajo como consecuencia que algunas personas las fusionaran, y como los habitantes estaban acostumbrados a esas tradiciones e impedirlas traería como consecuencia su conmemoración secreta, remodelaron las costumbres para que fueran factibles con las cristianas.
La voz de Marisa la sacó de su rememorado pasado pero el recuerdo del mago no pudo borrarlo en ese mismo momento; como no había conseguido hacerlo durante años.
Pasó la mañana con sus recuerdos melancólicos, paseándolos del mostrador al despacho, y el viento del atardecer los distanció de su pensamiento llevándoselos muy lejos.
Cuando se disponía a apagar las luces de la farmacia un cliente rezagado golpeó con los nudillos la puerta de cristal para que le abriera.
––Hola––dijo escuetamente Francisco.
La hechicera permaneció mirándolo indecisa, con la puerta entreabierta, sin saber si apartar los dedos del tirador. Estaba bastante nerviosa mientras sus emociones se encauzaban en trayectorias contradictorias.
––Hola.
–– ¿Puedo pasar?
––Mejor será que salga yo.
Él esperó fuera a que ella cogiera su bolso y conectara la alarma.
Cando salió enfundada en su abrigo de cuero examinó atentamente la cara de satisfacción del matemático.
Siguió a Sabina hasta su coche que se encontraba aparcado a escasos pasos, exactamente, en la cera de enfrente y ella lo invitó a que entrara porque el frió era intenso.
–– ¿A qué has venido?––preguntó ella tímidamente, fijando su vista en el volante.
––A verte.
–– ¿Pensaba que venías a invitarme a ver la Traviata?, pero hoy no voy a poder ir porque tengo la tensión baja y me dan vahídos.
Francisco rió a carcajadas.
––Así que oíste lo que te dije y te hiciste la desentendida––dijo entre dientes––. ¿Compro dos entradas para ve La Dama de las Camelias?
––Si––respondió en un santiamén.
De pronto Sabina reparó en un pequeño detalle: el matemático estaba sentado en el asiento del copiloto y tenía que regresar a su coche.
Antes de disponerse a cambiar de vehículo, quedaron en verse el sábado a las nueve de la noche...
Continuará...

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Published on e-Stories.org on 06/01/2008.

 

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