Lupita Mueller

Los perros-demonios

Los perros-demonios se llevaban a todas las almas en pecado, según contaba el Padre Ayala.  Y no dependía de la estación del año, ni si el tiempo entraba en un estado hipnótico atrayendo a sus víctimas por aquellos lugares.  Ellos atacaban a su presa con el hocico ardiente desgarrando con sus colmillos la carne de sus víctimas.

Las mujeres temían por sus hombres, pues en aquella época de pecado y muchas mujeres corrían peligro los muy aventureros.

El tío Luis de apariencia fina: delgado, alto y moreno acababa de regresar de una larga y bohemia estancia en París.  A su regreso se comportaba con aire de gran conquistador, mismo que lo hizo famoso en el pueblo.  Las mujeres acariciaban su figura, su pelo rizado y se dejaban seducir - porque era el hombre idealizado - ese ser indestructible y omnipotente para quien todo era realizable.

Fue una mañana aciaga mientras los animales del rancho dormían cuando Luis sacó el rifle del abuelo porque no aguantaba más los chismes de los perros-asesinos, esas criaturas demoníacas que merodeaban lugares aledaños matando a diestra y siniestra a cualquier pecador.  Luis, decidido a matarlos, tomó la carretera hacia Irapuato con aquella seguridad tan suya.

El calor comenzó a molestarlo y le hizo sudar copiosamente.  Sin esperarlo un pánico húmedo se apoderó de él impidiendo que continuará su viaje.  Horas más tarde, cuando recuperó la valentía, bebió varios sorbos de tequila para armarse de valor.

Se sentó a lo alto de una colina gozando la puesta del sol que se le ofrecía como un abanico.  Recordó cuando me había amado, cuando jugábamos a ser las momías de Guanajuato, cuando nos adheríamos a las paredes para hacer el amor.  Deseo atrapar el recuerdo en una concha, cerró el puño y supo que nada se encontraba dentro de ella.

La oscuridad y los ruidos del silencio, de ese sentirse disminuido ante la grandeza de la noche, lo mantuvieron alerta un par de horas.  Los perros-demonios fueron apareciendo encontrándolo desprevenido. Los ojos de los animales despedían llamas y del hocico les escurría una baba amarilla, como vómito del demonio.

De Luis no quedó ni siquiera polvo.  Dicen que los animales se lo llevaron a una cueva donde hicieron un festín de su carne y sus huesos.

Yo lo recuerdo de vez en vez suspirando como fragmentando el tiempo, y el viento se lleva mi lamento serpenteando reminiscencias de Luis.

Noviembre 29, 2008

 

 

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Published on e-Stories.org on 11/30/2008.

 

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