Maria Teresa Aláez García

A lo mejor...

A lo mejor … en una ocasión…

No sé.

A lo mejor una vez cuando era joven y vivía sumida en el cieno de mi ignorancia, en la basura de mi propia credulidad y en la inconstancia de mi ingenuidad, en la pavería de mis elucubraciones y mi imaginación…

No sé…

Quizás.

Quizás una noche pude llegar al corazón de alguien.

Y posiblemente los esfuerzos de las amigas que intentaban que tuviera una relación, al menos por unos segundos, fueron fructíferos.

Lo dudo.

Me miento a mí misma, a mi inconsciente y miento a mi propia imaginación.

Me miento por triplicado y llevo mi pasado a cuestas en mi espalda como resultado de la mentira que viví, que me monté y que nos prepararon.

Pero aquella noche… era verano.

Y fue en Islaplana.

Había ido a pasar un fin de semana con unas amigas, en contra de los deseos de mis padres, para no variar. Ante la tormenta que me esperaba al volver, - otra más entre las muchas, por eso no perdía la oportunidad de ser rebelde – decidí pasar el fin de semana lo mejor posible. Sólo acudí dos y ese fue el último.

Así que entre un montón de gentío – era yo la más joven en aquel grupo de gente, la manía de ir siempre con personas mucho más mayores que yo para aprender o porque me sentía más tranquila o mejor integrada -, de problemas, sobre todo de relaciones sentimentales, de tiras y aflojas, de ayudas en la casa y de visitas a los alrededores – no pude ir nadando hasta la isla y subirme, que era en realidad el fin que me había llevado aquellos días a casa de mi amiga – fuimos a dar una vuelta y a aprovechar la noche sin luna y el calor que hacía que aún no era fuerte pero algo sí que molestaba.

Y alguien llevaba una guitarra y se puso a interpretar canciones que yo en aquel entonces, desconocía.

Y como solía ser normal, me sentí de más y busqué un lugar para que la tierra me tragara y ocultarme o sentarme en paz. Me gustaba no ser molestia.   Tenía 17  y los demás, más allá de 28

Y alguien pidió hablar de cosas sin sustancia. Intrascendentes. Pero no era sobre modelitos de vestir ni pinturas para la cara ni de chicos ni de depilaciones ni cosas así. Buscó algo más dentro de nosotros.  Sacó un tema, parece ser que para interiorizar. Hablamos por ejemplo… de las estrellas. Qué teníamos que decir de las estrellas. Cualquier cosa.  Y todos empezaron a decir cosas de las estrellas.

Y yo sólo las miraba.

Entonces dije algo – que no recuerdo, claro -. Pero creo que pensaba que nadie me escuchaba y lo dije para mí misma.  Y la persona volvió a pedir algo de las estrellas y me miró y me pidió que siguiera. Y me miró. Me sentí muy avergonzada. No recuerdo su  rostro, creo que nunca miré la cara. Recuerdo la ropa, el peinado, la voz suave y tranquila, si acaso algún tipo de mirada ensimismada o lejana y mucha erudición e interiorización. Pero no recuerdo el rostro. Recuerdo también el silencio sepulcral que duró unos segundos, el encanto del momento, el pequeño sufrimiento porque en un principio no sabía qué decir y después porque no supe lo que había dicho y algunas sonrisas generosas y  condescendientes.

No supe seguir. Mejor lo pensé, me callé y me fui a sentar al lado de mi amiga.

No sé qué diablos había dicho que todos se me quedaron mirando. Así que la mejor respuesta fue salir de en medio del círculo y colocarme a un lado.

Mi amiga se sonrió. Fue la misma que me presentó a los miembros de la expedición que fue a Perú a estudiar el impacto biológico sobre las plantas – botánica  - y a traerse un montón de especímenes, sobre todo para fumarse la gran mayoría.  Y ante la cual, a alguien del grupo se le ocurrió que dijera algo sobre los incas y eso hice. Tampoco recuerdo lo que dije. Lo que había leído en los libros o estudiado en las enciclopedias. También se quedaron callados.

Al día siguiente la persona que había propuesto hablar de las estrellas vino dando un paseo por la playa, a saludarnos.  Y me dijo que le hubiera gustado probar alguno de los cocidos de mi abuela.

Pero no pudo ser porque la tormenta impidió cualquier acercamiento hacia un lado u otro de Islaplana.  Eso es lo que ocurre cuando se desafía la autoridad. Que a la autoridad no le gusta el desafío, sobre todo si no hace preguntas y si no le interesa mirar ni indagar mucho más sobre el asunto o los asuntos competentes. Sólo que se la haga caso sin preguntar ni rechistar.

Cuánto bueno – o malo – se perdió entonces y cuántas posibilidades anuladas. Cuánta falta de diálogo y cuánta necesidad de unas explicaciones que no salieron nunca de un lugar y no llegaron al correspondiente destino. Así se tiran abajo gobiernos enteros.

De igual modo anula la sociedad a sus vástagos, a sus civilizaciones, a sus pueblos,  los manipula, los usa como armas o como víctimas para enmascarar sus errores, impidiendo el desafío de su propia autoridad y engañando a troche y moche a todos los habitantes que confiados, ingenuos, piensan que tendrán un futuro mejor y que se les protege. Les deja hablar, les hace sentirse educados, cultos, refinados, sensibles, les deja mostrar un poco de su capacidad, incluso los premia pero para luego quemarlos en pro de esa supervivencia social  y comunitaria. Del mismo modo que los sube al séptimo cielo, derriba el pedestal en un santiamén.

No sé si llegué a algún corazón. No sé si toqué alguna fibra. En su momento, tampoco me lo pregunté, tal era el miedo que sentía por las fibras en conjunto que me iban a tocar a mí.  De igual modo hay seres humanos en el planeta que nos necesitan y que no saben cómo tocar nuestra fibra sensible. Seres inocentes que sólo quieren vivir en paz, poder ver las estrellas y poder hablar de ellas aunque digan alguna burrada, a sus hijos y a sus nietos y que no pueden hacer uso ni de esa libertad porque la autoridad competente se lo impide.

Todo se puede cambiar. Es cuestión de ir apoyando cada uno un poco el dedo en uno de los dientes para mover la rueda precisa de los grandes engranajes sociales. Todos están interconectados. Sepamos dónde hemos de colocar la yema y qué palabras usar para blandir una espada sin filo para que pueda recoger el brillo del sol, de la iluminación y acercarlo a la gente.  Y de paso, a la autoridad.

Dudo que yo tocara algo sensible que no fuera un pedazo de piedra conforme iba caminando. Porque para tener sensibilidad el corazón ha de ser de carne y amor, humano y tener cierto equilibrio en el dar y el recibir. Las piedras no sabemos más que brillar con la luz ajena.

(c) María Teresa Aláez García. Mayte Aláez. Pernelle.

 

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Published on e-Stories.org on 01/04/2009.

 

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