Maria Teresa Aláez García

Y que conste que no escribo nada.

Y que conste que no escribo nada.

No escribo ningún contenido y no se lo dirijo a nadie.

Es decir. Sí. Se lo dirijo a nadie. Al vacío. A las ondas magnéticas o a los corpúsculos que vayan navegando por ahí controlándolo todo y a todos y tirando unos por un lado y otros por otro, esperando ser descubiertos y liberados de su prisión constante y su misión de tirar de nosotros sea para echarnos abajo, sea para levantarnos.

Ese nadie que somos todos. Que sin vernos o hablarnos o que sin compartir nada más que la máscara de una realidad que puede ser general y escenario de nuestra vida o sólo una imagen en nuestro cerebro y distinta para cada cual, no deja de ser asentamiento de nuestra cordura o de nuestra locura.

Si. Esa etiqueta que la gente coloca tan fácilmente porque sabe el miedo que hay a perder el sentido común y el equilibrio en el pensamiento. Pero… ¿qué sentido común y qué equilibrio? ¿El dictado por una sociedad que manipula a sus miembros al modo y conveniencia de unos pocos colocando las muertes por codicia y error como daños colaterales y a lo cual todos decimos que sí? Una sociedad que esclaviza a medio mundo engañándolo con una cajita maravillosa que enseña una vida irreal y que nos hace desear unas premisas que sólo existen en la imaginación de unos pocos que se hacen llamar cuerdos o quizás en su realidad. Pero no nos preguntamos cuál será la otra parte de dicha realidad, la que compensa todo eso que nos enseñan, tan bonito. Y esa gente que como tú, como yo, como nadie, va poniendo etiquetas y tachando de locos a quienes no se comportan del modo en que lo hace la masa general… o no piensa porque también vamos controlando el contenido de los pensamientos… y los míos no siguen la línea normal.

Son una obsesión. Son un peligro. O pueden ser maravillosos.

Menos mal que la realidad nos aparta y obliga a que no se pongan en práctica.

No vaya a ser que la felicidad acabe con nadie y conmigo. Mejor dejarlos metidos en un habitáculo de mi cerebro que yo controlo para que no introduzcan también la esquizofrenia o la manía o quizás la psicopatía, en mi historial médico, psíquico y social. 

 Me encanta juguetear a eso con los médicos. “¿Oyes voces? Sí, claro. Las de los vecinos cuando se dejan la tele con el volumen alto o gritan cuando discuten. También hay otras voces: las de las pobres personas que padecen una hiperacusia y escuchan hasta lo que no quieren oir. O quizás el cerebro es sensible y muy receptivo a la estimulación y con el más mínimo detalle activa una serie de recuerdos que incluyen voces u olores o quizás algo que se mueva. Noooo, no escucho más voces que la que puedan captar mis oídos de cualquier elemento que produzca ruidos en la vida real”

Ganas de perder el tiempo, la verdad.

Las personas que deberían de ir al psiquiatra porque se están cargando a medio mundo a base de venderles armas que ellos mismos construyen, nos llaman locos a unos pocos y nos envían al médico. Los violadores que maltratan a sus hijos, a menores, los agresores de esposas, esos tratan de locos a los demás para encubrir sus delitos y en realidad ellos eran los primeros que deberían ponerse a tratamiento. Los ladrones, los intolerantes que se precian de ser generosos y tolerantes, los que no saben cambiar de opinión cuando se equivocan y reconocer sus errores, los dogmáticos, los que piensan que el mundo es todo lo que han vivido y les han enseñado y mantienen la mentira a toda costa sabiendo de su falsedad porque les conviene e incluso científicamente la justifican y prolongan.

Y mientras amanece.

Como estos dias. Con frío, con nubes grises. El fin de semana se va acercando. Febrero hará acto de presencia. Y  yo debo irme.

Y menos mal, ya te digo, nada, nadie, que la realidad nos separa  y no permite más que mi lecho esté ocupado por las sábanas, el edredón, la manta y la colcha, en un orden y armonía cotidianos. Si no estaría, quizás, mirando una figura que se queda, descansando, porque no ha de acudir al trabajo o a sus quehaceres hasta más tarde. Para qué molestar.  El ver dormir a una persona querida y darle un beso y una caricia antes de salir a trabajar como el roce de las alas de un ángel al abrirse paso dulcemente, entre dos seres humanos – algo producto de mis elucubraciones, no es real – o como la miel resbalando entre las rodajas del pan… en silencio, con calor, con ternura, con suavidad… La piel se pone tensa y se nota un leve estremecimiento al pasar suavemente los dedos por el hombro y el rostro tiene esa sensación tan bella de paz… de alegría… de descanso… que provoca dentro de nosotros, de mí, una gran alegría, cariño,  compasión o una sonrisa…

El sol comienza a hacer acto de presencia. Bueno, la tierra nos dirige hacia el calor rubio y cobrizo del día y el reflejo aparece por tu cuerpo iluminando formas y sombras que necesitan también de la luz para existir.  Onduladas, sinuosas, cimbreantes, enredándose en las guedejas de tu pelo, en tu mejilla, en las formas rugosas de la sábana, en tu ropa, preparada para cubrirte y embellecerte, para llenarse de holgura y de orgullo cuando esté dispuesta sobre ti, recogiendo tu aroma, abrazando tu espalda, protegiendo tu frío y recogiendo tus secretos.  Hoy hay que trabajar. Pero quizás mañana, o pasado, o cualquier otro día, me acerque hacia la montaña a ver cómo oculta el cuerpo de metal y brillos del sol y deja que los rayos formen una melena escandalosa y alegre sobre su cima y que junto al viento, peinen unas manos entrelazadas o un pelo rebelde.

En otro momento. En otro instante veré la inmensidad del firmamento ante las aguas pero no haré como Moisés, colocar la vara ante el mar y pedir un camino para llegar a ti. A nada. A nadie.  Sólo seguiré mi camino y te desearé que tengas un buen dia o mejor, un buen fin de semana y que nunca te falten el cariño y las caricias. Un abrazo inesperado de unas manos que no aprieten demasiado, por la espalda.

Y besos. Para nadie.

De la nada.

 

 

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Published on e-Stories.org on 01/23/2009.

 

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