Maria Teresa Aláez García

UNO ES MULTITUD. TRES SON COMPAÑÍA.

Comentando la historia del fotolog de jnkrls56.

http://fotolog.miarroba.com/jnkrls56/1-173/

Desde esta foto en adelante, hasta la del árbol.

 

UNO ES MULTITUD. TRES SON COMPAÑÍA.

“Cierto es que mi torpeza en tierra me obliga a sumirme en las aguas para sentirme alguien. Y sin ser pez, navego como ellos e incluso me alimento con ellos. Pero tengo otras cualidades: puedo volar, puedo hablar, puedo gritar, aunque sólo sirva para que vengan otros con armas de fuego a por mi vida y mis plumas.

Mientras tanto, me veo en esta incertidumbre, sólo, abatido en unas aguas oscuras que pueden presagiar un futuro negativo o un pozo depresivo en el que me estoy sumiendo. Y es que no sé cómo salir de ésta. La soledad me desespera y me deja completamente helado. El frío del aislamiento me hace vulnerable y me obliga a permanecer siempre en la misma situación… buscando.”

 

¿Y cómo empieza esta situación?

 

Había en una ocasión un patito de plumas blancas, blanquísimas. Cualquiera que lo hubiera visto de lejos lo hubiera confundido con un pequeño cisne por la apostura del color. Pero al hablar y sobre todo, al volar, no hubiera tenido duda de que era un pato… o una oca.

En otros tiempos las ocas eran animales importantes. Para los romanos eran como perros: guardaban las casas y si venía algún extraño, escandalizaban tanto o más que un perro y nadie podía obviarlas a la hora de robar. De hecho, la pata de una oca ha sido durante muchos siglos la señal de aviso de que hay algo que tener en cuenta o un tesoro escondido. Y la y griega, un sustituto de dicha señal. Patosa.

 

Mientras el ánade se sumergía en semejantes elucubraciones, paseaban por los alrededores otros dos ejemplares de su misma especie. Jóvenes, como él, de igual apostura. Un macho y una hembra.  Como todos los patos de aquel estanque, al llegar a esa zona donde las aguas son más espesas y tenebrosas, daban un rodeo. Demasiada oscuridad en el fondo. No les agradaba tanto misterio.  Y miraron estupefactos a aquel osado joven que se había adentrado hasta aquellos lares para hacer… ¿qué? Se quedaron un rato mirando, presos de su ignorancia y de su estupefacción.  Incluso lo criticaron positiva y negativamente porque el patito, al no constatar su presencia, ni los había saludado y menos había salido del lugar. A saber el por qué.

 

-        “Hola ¿Qué hacéis ahí, mirando ¡Ah!. Perdonad que no os haya dicho nada. No me había dado cuenta hasta ahora de que estábais ahí mirando.”

Los dos patitos se quedaron callados y no dijeron nada. Habían visto aquello rojo que parecía salir a la superficie o que debía estar enganchado en el fondo. Parecía… parecía una pata de uno de ellos. No se atrevían ni a acercarse, sospechando lo peor…

-        “¿Qué estáis mirando? ¿La rama? Es sólo un trozo de rama rota que está enganchada en el fondo. Yo mismo me he acercado a mirarla, creyendo que era la pata de alguno de nosotros y acercándome por si le hacía falta ayuda, para prestársela. Por cierto… os habéis dado cuenta de que esta agua están algo más frescas que el resto de las aguas del estanque? Al ser más profundas, para el verano, nos ofrecen mayores posibilidades de estar más fresquitos y no tener que agobiarnos con las aguas de las otras zonas. Venid y probadlo. No pasa nada.”

Lentamente se fueron aproximando. En su buche y en sus patas, la diferencia termal se iba haciendo evidente. Así que la oscuridad de las aguas se debía a la profundidad del estanque, no a algo misterioso o receloso. Vieron también que se reflejaban algunas manchas blancas sobre el agua.

-        “¿Habéis visto qué buen aroma? He escuchado que algún humano ha hablado de algo como Dondiego. Una hembra ha comentado algo como rosas de pitiminí. Para una pareja como vosotros, es un lugar ideal para ocultarse y vivir una relación que vaya más allá de la amistad.”

Y siguió navegando y adentrándose más en la zona. Ambos patitos lo siguieron. Tenían ganas de seguir descubriendo cosas y no tenían tanto miedo.

Pero el primer ejemplar, se dio cuenta de que iban recorriendo su mismo camino.

-        “¿Qué hacéis? ¿Queréis acompañarme? Pero si sólo hablo yo. Prefiero continuar solo, si no os importa. Además os habéis salido mucho de la zona del estanque más frecuentada y si nos echan a faltar a todos, se dará la alerta. No es igual que echen a faltar a uno a que echen a faltar a tres. Si descubro algo más interesante, ya os lo diré. Por ahora el fondo del estanque es más o menos igual en todas las zonas, únicamente cambia en que puede ser más o menos profundo o estar más o menos cuidado. Os rogaría que volviérais a la zona pública”.

Mientras la patita se iba, no queriendo importunarlo, el patito se acercó hacia él:

- “El no responderte no significa que no tengamos interés en lo que dices o en descubrir las mismas cosas que tú. Pero tanto pueden echar a faltar a uno como notar la ausencia de los tres. Creo que sería mejor que nos acompañaras hacia la zona pública. Hablaremos de tu valor al anciano, daremos cuenta de nuestro testimonio y pediremos permiso para que nos dejen a los tres, seguir explorando las zonas más recónditas del estanque. Vamos, si tú quieres…”

El patito se sintió apesadumbrado. La respuesta le llegó al corazón.

-        “Yo tenía otra idea… No quería quedarme sólo con los conocimientos derivados de mis observaciones en el estanque. Quería también buscar una salida y ver qué hay más allá de los muros. No es lo mismo verlo al volar, de lejos, que de cerca, caminando y tanteando sobre la marcha. No sé si esto puede convencer al anciano y seguramente se negará porque habrá peligro”.

-        “Será cuestión de proponerlo, estudiarlo y darle una solución. De paso también alentaremos a otros que tengan tus mismas ideas o tu misma curiosidad a que te acompañen y hacerlo todo dentro de una seguridad conveniente para que podamos disfrutar de todos estos maravillosos descubrimientos que realizas”.

-        “¡¡Bien pensado”” respondió el primer patito. Y mientras los otros se desviaban de nuevo hasta el centro del estanque, miró con cierta lástima su rincón…

Pensó en el amplio mundo que se abría ante él si continuaban sus expediciones y con una imaginativa sonrisa en su pico, dio media vuelta y siguió a los compañeros. No pudo retomar los pensamientos que lo invadían cuando comencé a relatar su historia. Se le olvidaron completamente.

Mientras tanto, en el lado público del estanque, había un problema. Un problema con el pato raro, el pato diferente.

Era un pato que se veía distinto de los otros. No era blanco, blanquísimo. Sus plumas estaban pintadas de colores: azul, marrón, verde, rojo, blanco… Distaba mucho de parecerse a los demás compañeros. Y eso que era de su misma familia. Su padre y su madre habían sido blancos como la pureza de la nieve pero él había salido así. Se habían realizado mil comentarios: que si otro era su padre, que si ella había padecido de todo, que si los pecados de su familia lo habían llevado a ser así… También había quien no estaba desencantado con sus colores y quien disfrutaba de verlo pasear y sobre todo, de vivir al lado de una persona tan original. Por último había quien decía que un dia, en una ausencia del resto de los patos, al punto de la mañana, este pato se había desprendido de su alma y la había dejado huir, desdoblándose y ahora esta alma lo iba persiguiendo por doquiera que fuese, intentando volver a recobrar su lugar en el cuerpo de dicho pato.

La solución es simple: cuestión de genética. El patito se parecía a un bisabuelo suyo por parte de padre de quien su bisabuela se había encaprichado y que la enamoró un dia y a quien abandonó porque es el futuro de los patos salvajes: seguir un camino constante de ida y vuelta al sur y caer frente a las armas de los cazadores. Estos genes fueron la tarjeta de visita de su paso por el estanque.

El ejemplar de colores navegaba oculto cuando aparecían sus congéneres. Procuraba no llamar mucho la atención entre ellos y se iba, no a la zona oscura, que a él también le daba miedo, si no a las partes donde las sombras podía ocultarlo  o hacerlo pasar por uno más de los elementos que rodeaban el estanque. En ocasiones ni se le encontraba. Algunos de los miembros más recalcitrantes de la comunidad, acostumbrados a tenerlo aparte, lo mantenían allí como si fuera su lugar y si de hecho, se atrevía a salir, lo volvían a arrinconar para que no se uniera a ellos. No todos, ya digo. Había quién sí se sentía orgulloso de tenerlo allí pero que no entendía por qué no aprovechaba sus colores y su circunstancia de ser único para encontrar su lugar en el estanque y lo provocaban para que sacara lo mejor de sí mismo hacia fuera y ver de qué era capaz. En concreto, una patita con el mismo espíritu que su bisabuela, que siempre lo picaba.

-        “¡¡Hale, quédate ahí y no salgas, no sea que te vayamos a comer”

-        “Será cobarde… No salgas de ahí que si no te atacaremos todos de vez y no hay otro como tú”

Y se reía.

El patito, como no entendía de retorcimientos ni de dobles sentidos, se dejaba llevar únicamente por lo aparente. Si ella decía esas cosas es que seguramente lo atacarían si salía y seguía oculto. Tanto que llegó a desear ser uno de aquellos árboles o de aquellas pérgolas que lo rodeaban. Y su mirada ocultaba con tristeza sus pensamientos.

Y un día tomó su decisión. Efectivamente.

Decidió pertenecer al conjunto de cosas que adornaban y daban forma al estanque en lugar de pertenecer a la comunidad de patos. A fin de cuentas, esas cosas son las que le daban también de comer y sombra o calor según fuera el caso. No le faltaba cobijo y siempre venían otros patos de fuera. Seguramente no sería el único de colores y encontraría otro como él y si no pues se convertiría en árbol y permanecería su color y su belleza por muchos años. Pudiera ser que entonces, los demás se sintieran orgullosos de él. Al menos él sí se sentiría más feliz.

Lo primero que pensó para seguir su plan es no soportar las burlas de quienes vivían a la luz  y tenían todo el control. Así que en cuanto la patita se acercó para picarlo, se alejó hacia el lado de sombra donde ella no entraría y la dejó con un palmo de narices. Ella lo llamó:

-        “¡¡Colorines, colorines!! ¿Dónde vas? ¡¡Ven aquí colorines, no te escondas!!”

Nuestro pato hizo como si no la viera. Recorrió con la mirada aquellas ramas llenas de verdor, como sus plumas de debajo del cuello. De flores blancas o rojas como las plumas de su buche y de tronco marrón como las plumas de su dorso. Nunca lo habían picado ni lo habían insultado. Ahí estaban, dando su belleza, ofreciendo su cobijo… Se le olvidó hasta que la patita andaba llamándolo.

La patita, mientras tanto, se preocupó. No había visto nunca en él esta actitud. Pensó en si no había sido demasiado cruel… si sólo le estaba gastando unas cuantas bromas. Igual al día siguiente ya se le habría pasado… igual no. Se quedó algo preocupada pero al volver con sus otros compañeros, se le olvidó… aunque no dejó de vigilarlo durante el resto del día para ver qué ocurría.

Al día siguiente el patito volvió a evitarla y a sumirse en su lado sombrío. Y al otro. Y al posterior. Y además, conforme le daba la espalda, alzaba más su cuello y se le veía más bello, más apuesto, más interesante. Tanto que se sentía rey de su propia zona. Y eso vieron el resto de la bandada, que se iba haciendo grande en el interior de su demarcación. Les gustó porque el patito iba alcanzando su personalidad y lo empezaron a tener en cuenta pero ignoraban, porque nunca se lo habían preguntado, lo que el patito pensaba hacer.

La patita sí. La patita iba todos los días pero ya no a picarle, sino a llamarlo y a ver qué le ocurría. Estaba realmente interesada y preocupada. Ya no quería darle picotazos. Ya no quería gastarle bromas. No quería perder el contacto con él y descubrió en su interior que lo que hacía era llamar la atención de él porque le gustaba muchísimo. Siempre le había gustado y con la excusa de picarlo se había acercado a él, dado que su familia no le dejaba hablar con él por su diferencia en cuanto a los colores. Pero la verdad es que no había dejado de mirarlo, de vigilarlo, conocía su vida en soledad, sus gustos, las flores preferidas que él picoteaba, el lado de su zona que le gustaba más, la posición de su cabeza cuando tomaba el sol. Era la única que sabía todo sobre él y no se lo había podido decir.

El patito, mientras tanto, aunque la consideraba maleducada y pesada, no sentía al final desagrado cuando la veía acercarse. Por si acaso, como buen desconfiado que había aprendido a ser a base de ser golpeado y menospreciado, no se adelantaba mucho. Pero veía que ella lo llamaba todos los días como lo había llamado desde que eran ánades, sin faltar ni uno, fuera para decirle algo malo o como ahora, para preocuparse por él.

Y un día se produjo el milagro.

- “¡¡Ven, dime qué te ocurre!! ¿Estás enfermo? ¿Por qué no te acercas? ¿Soy fea? He sido muy desagradable contigo pero sólo te estaba gastando bromas. No te enfades conmigo. ¡¡Por favor!!”

No se daba cuenta la patita de que poco a poco iba adentrándose en la zona sombría.

Notó el frío en sus patas. Pero le dio igual.

Notó que la llamaban pero le dio lo mismo. Lo hecho, hecho estaba.

Y siguió nadando hacia él. Fue valiente como los demás no se atrevían a serlo.

- “¡¡Ven, escúchame!! Quiero ayudarte. No soy tan mala como crees, de verdad. Nunca te había visto así. ¿Qué te pasa? ¿Estás enfermo?”

- “No entiendo por qué te interesa tanto el saber de mi” respondió el patito. “Sólo te serví como atracción para desahogar tus frustraciones”.

- “¡¡No es cierto!!” dijo la patita. “No lo hice del mejor modo, es verdad. Pero quería provocarte para que fueras tú mismo y lograras encontrar tu lugar en el lado iluminado del estanque”.

- “Ahora ya da igual”. El patito volvió su mirada hacia los muros, hacia los árboles, hacia el entorno. “Ya sé a dónde y a quién pertenezco y en la próxima luna llena, me iré con ellos y descansaré. Y vosotros también.”

- “¡¡No digas eso!! No es así. Tus padres te quieren. La gente pregunta por ti. Ya estás encontrando tu sitio.” Indicó la patita.

- “Sí, claro, mi sitio dentro de mi zona del estanque y yo solo. Por eso me voy con quienes se parecen a mi. Deseo que todo te vaya bien, os vaya bien. Voy a ser feliz”. El patito volvió a perder su mirada hacia el entorno.

- “Y… y… ¿y yo qué?”. Unas lágrimas salían de los ojos de la patita.

-“¿Tú? ¿Tú qué? ¿Qué de qué?”

La tarde iba cayendo mientras ambos conversaban y litigaban. Se hablaban de cómo se conocían, de sus diferencias de carácter, de sus gustos. La patita intentaba que no se fuera para siempre y el patito, se iba despidiendo continuamente, acercándose hacia la orilla mientras ella lo seguía.

La tierra siguió girando y ajena a lo que ocurría, la patita salió con el patito a la orilla del estanque, aquella que estaba en calma y que la luz de la luna iba dejando al descubierto.

-“Yo… yo te quiero, patito. Yo te quiero… “ Y la patita le dio el beso que había intentado darle todo el tiempo mientras estaban en el estanque.

Habían pasado toda la noche buscando a la patita. No la habían encontrado y unos padres llenos de tristeza, se habían ido a refugiar a casa de otros padres cuyo dolor por el trato que la comunidad había dado a su hijo, no les obligaba a actuar con rencor.

-        “Seguro que la encontrarán. No te preocupes. Seguro que mi hijo sabrá dónde está. Y ya se han puesto en marcha los aventureros que conocen hasta lo más recóndito del estanque y se han ido los tres con un grupo de patos jóvenes y ocas a buscarla”.

Pero a la vuelta la respuesta iba a compañada de la desesperación.

Cuando vieron las luces del amanecer, pensaron en volver a su casa. Pero la otra madre no se lo permitió y le ofreció acompañarla dando una vuelta por los alrededores, para que con el esfuerzo físico, se mitigara su dolor.

Salieron a caminar, tranquilas y saboreando los aromas de las rosas que los rodeaban. De repente, la madre del patito se paró en seco. Y dijo con voz grave, pero aliviada:

-        “Tu hija está con mi hijo”.

-        “¿Dónde?” preguntó la otra madre, aliviada, esperando encontrar a su hija con vida, sana y salva.

No escuchó respuesta. Pero dirigió su mirada hacia donde su amiga y otros patos y ocas, miraban con asombro.

Allí, en el césped donde antes yaciera aquel antiguo pedazo de tronco talado y con remotas posibilidades de sobrevivir, un árbol con forma de pata de oca, se había levantado en las horas de la noche. Y en medio del árbol, unas flores blancas entre un follaje verde, altivo, despiadado y feliz, daban luz y color al entorno. Y se les notaba confiados y felices, sí.

No. Quizás no era el final que ambas deseaban para sus hijos. Pero… ellos lo habían elegido así y como madres, no tenían más remedio que aceptarlo y seguir queriéndolos. Así que fueron ambas a frotar sus plumas contra el tronco y a darles un picotazo de aprobación. Al menos estaban vivos, eran felices, estaban juntos y seguramente vivirían muchísimo más que ellas.

 

 

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Published on e-Stories.org on 03/26/2009.

 

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