Juan Haro Rodríguez

¿Y ahora qué?

Antes de convertirse en adultos, cuidaron un perro doméstico, hamsters o ratas, un par de gatos siameses y hasta un hurón que desapareció una mañana cualquiera con uno de los hamsters en la boca. Aquella rata volvió a su jaula, pero del hurón no se supo nada más.

En su habitación comentaban el día después de la televisión; entre el toque de queda y el zumbido de la mosca del sueño.
Coches a control remoto y muñecas; videojuegos y maquillaje desparramado por la cara; charlas por teléfono y partidos de fútbol. Nada de éso. Y sus padres sospechaban. Y la comida se enfriaba.

En las fotografías, en los vídeos caseros y murales a base de recortes. Allí colgaron sus roles.
Antes de la pelusa en la cara y de la vergüenza con la primera menstruación.
Uno de ellos preguntaba y esperaba la respuesta. La respuesta llegaba en la siguiente pregunta.
Antes de todo ésto: ya conocían la separación.

Una vez viajaron juntos en coche. Se preguntaban donde les dejaría tirados aquella vieja cafetera, no hasta dónde les llevaría. Ambos cruzaban los dedos. Lejos.
Dos billetes de ida y vuelta se quedaron en alguna papelera, saliendo de la estación.
El viaje era como una de esas charlas de medianoche. Pero sin toque de queda.
Antes del destino y como el momento en que la chispa de un mechero roza el gas: la llama. Entre lágrimas ella pronuncióuniversidad. Con la piedra pedernal en la garganta, él siguió conduciendo.
Durante el viaje, paisajes y pueblos quedaban atrás. Más tarde volverían a cruzarse con ellos para ignorar todo aquello.

El porqué era silencio, humo denso que asfixiaba e irritaba los ojos. No había destino al cual llegar, así que abrieron las ventanillas. Ahora el destino era prolongar ese momento.
Se detuvieron un par de veces. Era mediodía y sus estómagos rugían. Encontraron uno de esos restaurantes de paso, alejados de cualquier núcleo urbano. Lejos de casa; descruzaron los dedos.
En cada parada pensaban en lugares aun más lejanos, tan lejanos que ni la casualidad podría alcanzar. Mientras masticaban un filete y éste se convertía en una bola intragable; cada uno imaginaba aquel lugar.

Otra parada. Ésta, la última, fue al atardecer. Un pequeño pueblo donde la gente seguía con la mirada cada movimiento suyo. Un diminuto pueblo envejecido. Se preguntaban si allí cabía lugar para el azar, semejante a cuando encuentras un conocido en tus vacaciones por mitad de una isla perdida en un inmenso océano. Pero ya anochecía y el pueblo se recogía en sus hogares.
De vuelta. Las miradas continuaban clavadas en la chapa del coche. Se esfumaron con la humedad de la noche.

El humo desaparecía, pero volvía cuando la corriente cesaba y alguna palabra se quedaba flotando dentro. Motas de polvo y aroma a ambientador de pino. Entonces la rosca arañaría la piedra. De nuevo la llama. De nuevo, hasta arder completamente. Hasta perder todo el gas y caer dormida en el asiento.
Soñando. Aparecía un colaborador de un programa de baja audiencia. Vestía formal y usaba infinidad de palabras de la A a la Z, con gran facilidad. Era su hermano. Aunque envejecido y de aspecto huraño. Más tarde despertó. Habían llegado.

Aquel día quedaría guardado en algún diario. En algún recuerdo para el devenir.
En el manifiesto, en su primer punto; en los antecedentes de un proyecto futuro que ambos conocían, pero del cual no habían hablado; ni lo harían – al menos todavía - : no era necesario.

Al llegar a casa la conversación giraba entorno a la distanciaTabú. Sus padres tomaban caldo de pollo; una mezcla de orgullo y tristeza les delataba en cada sonoro sorbo. La sopa se enfriaba.
Él hablaba de espacio, pero ella añadió tiempo. Después las visitas se espaciaron.

Seguirían buscándose. En hijos de otros padres. Hermanos de otros hermanos. Y así hasta reencontrarse en días libres. Días de libre disposición. Días de vacaciones. Jubilación anticipada.

Después, al dejar de ser adultos y cuidar de sus nietos.

 

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Published on e-Stories.org on 06/17/2009.

 

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