Francisco Fournier

El escritor como un playboy

Para mí el aburrimiento siempre ha sido un escándalo. Por eso no me sorprende, en lo más mínimo, haber entablado una novedosa y fructífera amistad con Esteban, aquel ex-compañero de la secundaria al que por entonces no le llevaba el apunte ,y que hoy devenido en taxi-boy me proporciona largas y entretenidas historias.

   El vínculo afectivo se originó por puro arte de la casualidad. Nos cruzamos una tarde calurosa en una librería, espacio que usualmente visito en busca de información, con el sueño de hallar una muchacha que me seduzca interesantemente, o solo por dar un momento de divague placentero a mis ideas. Allí me encontraba, entretenido, leyendo una especie de antología  brillante de Roberto Bolaño, escritor maravilloso y punzante del país vecino de Chile. Oigo el murmullo del otro lado del stand de libros, allí en el sector de literatura rusa una voz que le hacía preguntas tan confusas al vendedor que evidentemente se trataba de un novato, esa persona que hablaba con tono de carnicería era Esteban.

   Al girar lo reconocí de inmediato, no había otro tipo al que se le ocurra ir en musculosa y short de baño a una librería. Hacía rato no lo veía y para tratar de posicionarme en la charla le pregunté: ¿ey!, qué haces vos por acá? ¿no te equivocaste de negocio? A lo que con una sonrisa empieza a responderme. Y sí, el no tenía nada que ver con el ámbito de la literatura, sin embargo su trabajo continuamente lo llevaban a lugares impensados y pronto entendí que este muchacho estaba provisto de una cantidad de historias interesantes que no dudamos en salir de allí e ir por una cerveza.

   Me preguntó qué hacía yo y evidentemente, más que buscar ideas nuevas para mis relatos no podía estar haciendo, es lo que hice siempre le dije, y al cabo de unos pocos minutos toda mi novedad había acabado. Así que empezó a contar él y rápidamente comprendí que una amistad con este ex-compañero podría ser la materia prima para que mi imaginación despegue, ya que hacía unos meses que me sentía repetitivo y sin mucha creatividad.

   Esteban era playboy, o como se ve degradada la profesión por estas latitudes es, lo que usualmente se denomina, un taxi-boy.  Su rostro y algunas fotos más de su cuerpo se encuentran en una azul y pequeña carpeta de folios, en una agencia privada y de lo más discreta. La manera más segura de mantenerse en el curro, y posicionarse, es complaciendo al cliente, de eso se trataba el fin de este emprendimiento dedicado a los placeres más exquisitos.

   Me contó que pronto arribaría un crucero con turistas europeos que habían reservado sus servicios con un tiempo de anticipación y que incluso ya habían girado el dinero del pago, no sin notificar sus deseos e intenciones. El hecho era de lo más atractivo para mí y le pedí que me cuente un poco más, a pesar de la discreción total que lo afiliaba a su trabajo estaba encantado, y hasta orgulloso. Sus clientas eran una italiana y una alemana. La primera no había puesto grandes requisitos, su intención era no dormir sola y algún paseo por los barrios porteños. Así que había acordado un servicio de un día completo, el cual incluía una salida por San Telmo para una clase de tango, cena romántica y dos noches de pasión. Bastante común y simple le resultaba el primer trabajo, sin embargo la alemana que solo había solicitado el servicio por una noche, era estudiante de español y tenía la loca ocurrencia de desfallecerse de placer mientras su acompañante le recitara versos de Alejandra Pizarnik en español.

   Así de complejo era su trabajo y entre fascinación y risas comenzamos a juntarnos todos los martes a tomar algo en un bar e intercambiar artes. Al fin y al cabo ambos lucrábamos haciendo uso de nuestra sensibilidad. Yo le ofrendaba versos calientes de algunos de mis escritores favoritos como Charles Bukowski y el a cambio me narraba con detalle alguna historia extravagante. Por su parte el estaba encantado porque no solo sentía que refinaba su modo de hablar sino que además comenzó a leer con afición a muchos escritores consagrados de aquí como Julio Cortázar y esto favorecía la calificación de su currículum en la agencia que además de calificarlo como una persona: rudo y erótico, ahora añadía “de paladar fino y sensualmente culto”. Esteban se había vuelto un gran amigo en poco tiempo y mi producción literaria pronto volvió a ser del interés de las editoriales, y no solo de aquellas aficionadas y que persiguen algún estilo desvergonzado o de vanguardia, sino que ahora me encontraba pronto a firmar un contrato para mis próximas 2 novelas con una editorial de las denominadas “importantes”.

   Esteban parecía enloquecer a la clientela y su cotización iba en alza, se sentía renovado y seguro. La literatura había moldeado el aspecto de su cuerpo salvaje en una especie de matador de toros, irresistible y demoledor. Sus transitares de lujuria alentaban a mi imaginación hacia la desnudez, el éxtasis y el gozo resultaban términos compartidos para cualquier acción específica del campo que cada uno manejaba, cada vez con mayor frescura y precisión. La obsesión circundante nos exigía retos, ensayar caminos nuevos siempre intentando que la boca de nuestra clientela se llene de saliva.

   Esta amistad con Esteban me resultaba maravillosa, ambos habíamos tenido la grata sensación de sentir que estábamos cooperando con nuestro compañero, él realizaba un aporte sustancial, rico en condimentos. De a poco despejó sus prejuicios sobre las personas inteligentes, ya que Esteban no había sido nunca un alumno brillante y a menudo sus comentarios en clase generaban la risa generalizada, por lo porfiado y disparatado de sus respuestas, motivo que lo había avergonzado por años, volcándolo hacia la bestialidad del cuerpo. Yo en cambio siempre obtenía buenas notas y el reconocimientos de mis profesores, por ende mientras eramos jóvenes nuestros mundos habían mantenido una prudencial distancia. Más ahora, comprendíamos la cercanía que nos unía. Ambos buscábamos ser expertos en el arte de conmover, y es que el ser humano nunca guarda una sola faceta, siempre hay algo más por descubrir. Muchas veces el sufrimiento o la exclusión coordinan sujetos sectarios que a menudo avergüenzan la moral de la sociedad. Magicamente, el encuentro aquel en la biblioteca y la amistad que hasta el día de hoy mantengo con mi querido amigo, nos había enseñado una grata lección de vida.

   Gracias a un extraño había logrado recuperar la confianza con las mujeres, me sentía vivaz y había aprendido a utilizar mi inteligencia con cierto encanto, lo cual me había elevado magníficamente mis posibilidades de ligar con varias mujeres y suplir así mis complejos nerds de mi adolescencia. A su vez, Esteban, se sentía feliz por mi actualidad y éxito literario. Había comprendido el impulso que le daba a mis creaciones y se conmovió mucho cuando le hice saber que lo consideraba un gran escritor, solo que sin que el se percatara sus narraciones eran la acción misma, su tinta era la belleza con que satisfacía a sus clientas.

   Quien hubiera sospechado, las semejanzas de estos dos artistas, un escritor y un playboy.

 

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Published on e-Stories.org on 09/04/2009.

 

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