Juan Planas

La sombra de la calabacera

El maestro de escuela Safán recibió la visita de su colega Nadab. Hacía
mucho calor, y para escapar del ambiente sofocante de la casa, fueron a
beber un poco de vino fresco al patio, donde una tupida calabacera los
amparaba de la resolana.
—¡Qué deleitable sombra da esta planta, Safán! Yo tenía una igual en mi
casa, pero un día la atacó un gusano y se secó. ¡Cómo me enojé! Me
quería morir —dijo Nadab, mientras echaba un trago—.
Es lástima, por cierto, pero no te aflijas demasiado. Si plantas otra, en un año volverás a tener sombra.
Desde luego, pero entonces me puse furioso. Para colmo, estaba
disgustado porque había sorprendido a mis alumnos que, en vez de
estudiar las Escrituras, se habían juntado para escuchar uno de esos
cuentos profanos que, desgraciadamente, les gustan a los muchachos. El
caso es que...
—¡Cómo los disfrutábamos nosotros de niños! —lo interrumpió Safán—.
—...El caso es que estaban tan entretenidos escuchando a Isaac, el hijo
del alfarero, que no me vieron llegar. Me acerqué sin que lo
advirtieran; era un cuento acerca de un guerrero que navegaba entre
tempestades, conquistaba fortalezas y raptaba doncellas. Les di una
buena paliza a todos, y a Isaac le pegué doble número de azotes
—prosiguió Nadab—.
—Eres muy severo con los niños.
—Escrito está: “no ahorres a tu hijo los azotes, que porque le
castigues con la vara no morirá”. El maestro tiene la obligación de
castigar a sus discípulos para que se corrijan —dijo Nadab—.
—¿Tan malo te parece que los chicos se entretengan de vez en cuando con algún cuento de aventuras?
Nadab se encolerizó.
—¿Que no te parece tan malo? Nunca oí que en alguna de esas narraciones se alabe a Dios.
—Bueno... —Safán pensó un momento antes de proseguir— No; supongo que
es porque esos cuentos suelen venir de países donde tienen religiones
distintas de la nuestra.
—Así es. Por lo que pude colegir, el cuento de Isaac venía nada menos
que de la maldita Nínive. Y de allí no puede esperarse más que
idolatría y fornicación. ¡Quisiera que esa ciudad sufriera el mismo fin
que Sodoma y Gomorra! —continuó Nadab, más irritado aun—.
—Vamos, amigo, no te pongas así —dijo Safán, risueño—. Si tanta pena te
causó la calabacera que te daba sombra, ¿no sientes piedad por Nínive,
donde viven ciento veinte mil hombres y numerosos animales?
—No; no siento ninguna piedad por esos idólatras.
—Con franqueza, amigo, ¿no te habrás irritado más bien al ver cuánta
atención ponían los chicos en el cuento que les relataba su compañero?
Me dijiste muchaws veces que, cuando les estás enseñando, suelen
distraerse y a veces hasta se duermen —dijo Safán—.
—¿No será que tú eres demasiado indulgente, Safán? Si no ves ningún mal
en esos cuentos profanos, terminarás contándolos tú mismo a tus alumnos.
Safán se echó a reír y sirvió un poco más de vino fresco. La disputa
quedó ahí, y ambos maestros siguieron en tan buena relación como antes;
cerca del anochecer, Nadab se fue a su casa. Safán quedó meditando.
“La verdad es que a veces, cuando les leo algún pasaje de las
Escrituras, no consigo que los chicos pongan el interés con que
escuchan un cuento de aventuras”, pensaba.
Recordó el comentario sarcástico de Nadab acerca de narrar cuentos
durante las clases. “¿Y si les relatara un entretenido cuento de
aventuras que los emocionara y a la vez contuviese una enseñanza
piadosa?”, se preguntó.
La idea le agradó, y empezó a reflexionar acerca de la narración. Tenía
que haber peligro y movimiento; debía ser uno de esos cuentos que se
pueden relatar con ademanes que destacan el tamaño de un monstruo o la
furia de una tempestad; tenía que poseer una enseñanza edificante, pero
debía ser entretenido. “A los muchachos les encantan las historias de
guerra, pero no utilizaré ese tema; no me gusta la violencia”, decidió
Safán.
Echó aceite en la lámpara y la encendió. Tomó un rollo en blanco y
empezó a escribir; luego tachó parte de lo escrito, y siguió
escribiendo y tachando. Cuando encontró que el relato había cobrado una
forma agradable e interesante, lo pasó en limpio y lo releyó,
imaginando los tonos de voz y los ademanes con que subrayaría cada
pasaje.
“Ya me lo sé de memoria. Creo que les gustará a los chicos”, se dijo,
mientras tiraba el rollo entre un montón de escritos diversos. “No creo
que sea conocido por la posteridad, pero servirá para lo que me
propongo.”
Cuando llegó la siguiente clase, Safán esperó que sus alumnos se
congregaran en el patio, bajo la sombra de la calabacera. Aquel día la
lección era bastante difícil, y el maestro percibió la inquietud de los
niños, que seguramente no habían podido memorizar los textos.
—Vamos a ver, hijitos —comenzó a decir Safán—. ¿Qué os gustaría más:
exponer la lección del día o escuchar la historia de un viajero al que
unos marineros echaron al mar durante una espantosa tempestad, estuvo
en el vientre de un enorme monstruo marino y conoció tierras muy
lejanas?
Los niños no se atrevían a responder. Safán insistió:
—Os hice una pregunta, hijos míos. Contestadme sin temor.
Esta vez, los chicos declararon de viva voz que preferían oír el relato. Safán prosiguió:
—Muy bien; entonces prestad atención —dijo esto por pura formalidad;
los alumnos, expectantes, miraban al maestro con los ojos bien
abiertos—. La historia empieza así:

Llegó a Jonás, hijo de Amitay, palabra de Dios, diciendo:
Levántate y vé a Nínive, la ciudad grande...

 

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Published on e-Stories.org on 07/02/2005.

 

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