Gabriel Ojeda

El heredero y el soberano

Al escuchar las voces preocupadas que hablaban acerca del porvenir del soberano enfermo y del hecho que no existía ningún heredero directo, más que los sobrinos, hijos de las hermanas de éste, concibió su plan. Él era un joven brillante con sus quince años, pero no era uno de los sobrinos más asiduos a la compañía del rey. Se dedicó entonces a la empresa de convertirse en su heredero.
Se acercó con cuidado al principio, para no evidenciar sus intenciones, por sobre todo a la vista de sus competidores, los cuales distraídos en los encantos que les brindaba su juventud y sus privilegios como cortesanos, preferían malgastar su tiempo en la ejecución de artes inservibles, y a los amoríos con jovencitas de cualquier índole, siempre dispuestas a los abrazos de los más encumbrados prospectos del reino.
Poco a poco fue acostumbrando su rostro a las rutinas del soberano. Recorrió diligente los largos pasillos prestando condescendencia a las dislocadas ocurrencias, a los disparates de aquella mente ennegrecida. También, no pocas veces, se prestó con su voz y su escucha a las encarnizadas charlas con el rey, que enunciaba, de manera creciente, con cada conversación, su oscuridad.
A tal comienzo, le siguieron las concurrencias a diversas reuniones de cacería de insectos, arañas principalmente, en los aposentos del soberano; o sapos, algunas veces, el los jardines del palacio. También aceptó rigurosamente las invitaciones a almuerzos nocturnos, o fiestas a perdidas horas de la madrugada en las que el rey se disfrazaba de dragones o demonios y danzaba mientras él hacía música con su violín.
Ya en los últimos meses de la vida del viejo, el joven se estableció en el cuarto contiguo al del rey, a pedido del mismo soberano, quien pedía a cada momento por su sobrino, del cual ya no quería separarse.
Comprendieron sus parientes, que al principio nada más se habían burlado, el significado del accionar del joven, cuando la relación entre éste y el rey se volvió no sólo cercana sino inquebrantable. El rey a estas alturas se mostraba incondicional hacia el que tantas jornadas le había dedicado. Declaró en tales circunstancias palabras exuberantes, dignas de su mente empobrecida. Dijo entre otras cosas, que aquel chico había se vuelto para él en alguien mucho más importante que cualquier otro, que incluso era más arduo el afecto que hacia él sostenía que el profesado hacia el mismísimo Creador.
Manifestó entonces el joven su condición de principal heredero. Defendió su postulación alegando que el afecto del rey, aún en el caso de existir una línea de sucesión directa, era suficiente razón para que un aspirante al trono sea ante puesto a otros. Además dijo, que las palabras de aquel hombre, que había gobernado con sabiduría para el bien de su gente, siempre debían ser dignas de acatarse. Con tal argumento, para desazón de sus competidores, reunió tras su causa a la mayor parte de sus conciudadanos, los cuales pregonaban un profundo afecto hacia su rey, mucho más ahora que se había vuelto loco y estaba muriendo. Se cumplirá la voluntad del rey, murmuraron casi todos y, por lo tanto, la voz del rey se acataría.
El acontecer se conjugó a la perfección con su plan. El rey lo apreciaba con la afectuosidad propia de un padre, y con la exuberancia de sus gritos de enloquecido.
Sin embargo, el ambicioso muchacho, no debió confiar su persona al anciano. No debió enredarse al demente, ya que, la voluntad de éste cuando comprendió que su vida llegaba a su fin, no fue la de nombrarlo su heredero.
Como bien había alegado en su argumento para postularse, debía acatarse la voluntad del soberano. Todos, y más que nadie sus detractores, así lo dispusieron, cuando el rey ordenó que tras su muerte, el joven sea enterrado en su misma tumba para que así lo acompañase para siempre.

 

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Published on e-Stories.org on 09/27/2010.

 

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