Luis Manuel Gomis Quinto

Ilduara Porua, Caminante de Caminos. Capítulo 1

LAS MÁSCARAS
 
Fue bajando las escaleras tras la mujer de gesto afable y voz acogedora que había aceptado su visita. El puesto era suyo, estaba segura de ello, así cómo lo estubo en su día su hermana Luce, a la que tanto echaba de menos.
 
Llegaron al fin al sótano, donde la dueña del local tenía su sala privada, que hacía las veces de despacho cuando debía tratar algún tema con sus empleadas.
 
-Siéntate querida, aquí podremos charlar y rememorar viejos tiempos.
Asintiendo con una sonrisa de nostalgia, la joven hizo caso a su anfitriona sentándose con las piernas cruzadas.
 
-Tu hermana era una de mis mejores damas, siempre la eché en falta cuando se marchó, así cómo a ti. -La mujer rió elegantemente bajo su máscara adornada con multiples fragmentos de la piedra luna.- Aún recuerdo cómo nos ayudabas a recoger y a dejarlo todo listo tras echar el cierre, cuando te dejábamos salir al salón. Te encantaba el teatrillo que te hacía siempre una de las chicas, en el que jugabáis a que tú eras uno de los Nueve que había venido de cliente y ella te atendía con todo lujo de detalles.
 
La sonrisa de la joven no pudo si no acrecentarse aún más tras oir las palabras de la mujer.
 
-Y recuerdas cuando te enfadaste porque tu hermana no te dejó coger su máscara para ir por la calle y tú te habías empeñado en ello? Te escondiste en mi habitación y no veas la cara que puso el Duque Marton cuando te descubrió bajo la cama al subir a verme. Estube a punto de despedir a tu hermana por eso... Pequeña diablilla...
 
La risa de las dos mujeres se desató en la sala.
 
-Y ahora, vienes a verme pidiendo que te admita entre mis damas, Ilduara.
-Así es, siempre me han dicho que el pasado siempre regresa para vernos verdad? Yo decidí ir por él, y por eso estoy aquí.
-Sabes que este trabajo no es para nada fácil... ¿verdad?... Debemos mantener un aire de elegancia, calma y felicidad pase lo que pase, así cómo respetar las tradiciones del lugar, su fama y su postín deben mantenerse. He hecho de este establecimiento lo que es después de muchos esfuerzos, y quiero que sea tal y cómo ha llegado a ser.
-Lo sé, y estoy dispuesta a hacer lo que sea necesario para que se me considere de confianza entre éstas paredes, entre las que viví gran parte de mi infancia, y espero vivir ahora mi madurez.
-Ohhhh... Pero aún no podéis hablar de madurez Ilduara, no sois más que una chiquilla... -La mujer sonrió de nuevo- Decidme, cuantos años tenéis?
-Cumpliré los diecisiete dentro de tres semanas mi señora.
-Que envidia de cifra... Si hay algo que hecho en falta, es la inocencia, la alegría, la locura de esa edad.
-Puedo presumir de ser bastante cabal, por eso creo que estoy lista para ser una de vuestras Damas.
-Sabéis lo que eso significaría verdad? Dejaríais de ser Ilduara Porua durante más de la mitad de vuestro tiempo, ocultaríais vuestro rostro bajo una de estas máscaras, vuestro oido oirá cosas que tal vez os interesen o tal vez no, pero jamás podríais comentarlas con otra persona que no sea quien os las cuente o yo misma.
 
Lentamente la mujer, vestida con una ligera toga negra que denotaba la perfección de su cuerpo fue levantándose y caminando por la sala.
 
-Los hombres os desearán, y vos deberéis corresponderles.
 
Mientras decía esto, se detuvo tras el sillón donde reposaba la joven y preguntó.
 
-¿Estáis dispuesta a hacer eso?
 
Tras un pequeño silencio, la muchacha respondió.
 
-Lo estoy mi señora, necesito un trabajo digno y del que disfrute, y vos me lo podéis ofrecer.
-En ese caso probáos esto.
 
Dando dos pasos a la derecha, la mujer se aproximó a uno de los armarios que se había abierto sólo justo antes de que la dama comenzara a andar y sin que visiblemente nadie la moviera, una preciosa máscara con ribetes de adularia llegó a las manos de la enmascarada levitando en el aire, ante la atónita mirada de la joven.
 
-Gracias Chanthra.

Murmuró la dueña del local mientras con un delicado gesto ofrecía su nuevo rostro a Ilduara.
La joven, cogió el presente con la mirada fija en él y se lo colocó en la cara. La máscara hacía relucir aún más la mirada de sus negros ojos, que brillaban ahora por una mezcla de emociones, entre las que prevalecía el cariñoso recuerdo de su hermana con ese mismo rostro.
 
-Bienvenida a la Máscara de Adularia, Ágata.
 
La veterana cortesana bautizó así a su nueva empleada, mientras se dibujaba una gran sonrisa en su rostro.

 

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Published on e-Stories.org on 03/30/2011.

 

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