Vicente Gómez Quiles

LA MALA PATA DE DOÑA PATA

 
 
                                   Todo hubiera transcurrido plácidamente como en una balsa de aceite, pero no fue así. Porque ahí estaba doña Pata, por enésima vez, materializando sus descabelladas ideas. Aquella mañana, recuerdo el cielo exhibiéndose nítido y sereno. El gallo recitó su grotesco aviso del nuevo día, desde el vallado construido con fuste de encina que bordeaba perimetralmente los veintidós acres de la granja Anderson. Al principio, costaba abrir los ojos mientras escuchaba su repulsivo cántico. En ocasiones me daba mucha rabia por interrumpir imágenes espléndidas que luego no conseguía refrescar. Ni siquiera esforzándome concienzudamente. Mamá confesó que sólo hacía su trabajo. Mi mamá era la vaca más guapa y simpática de la comarca Dulces Prados. Mientras me amamantaba para desayunar escuché un ruido detrás de mí. Era la señora Anderson abriendo la gruesa puerta para sacarnos a pasear. Una claridad inmensa me quemó momentáneamente la vista, poco a poco conseguí reconocer los diversos aparejos colgados y nuestra acogedora estancia. Resultaba sin vacilación el mejor momento, donde podía reencontrar a mis amigos. Rico, el conejo parecía exultante de felicidad mientras ojeaba el cuenco de verduras. No paraba de reírse. - ¿De qué te ríes Rico? – La gallina Cloe contó un chiste buenísimo. - ¿Qué es un chiste? – Una breve historia que te hace reír. - ¡Ah! ¿Y de qué trata? - Discurre a consecuencia de la duda arrastrada que tenían unas especies sobre su origen. La incertidumbre por no conocer su árbol genealógico, paulatinamente atormentaba a diversos animales del bosque, incluso algunos provenientes desde lejanos mares. Entonces, una noche quedaron todos en idéntico punto. Frente a la gran cascada del Lago Fuentes Vivas. En la misma costa donde recónditamente queda camuflada la guarida del búho Sabelotodo. Los más viejos del lugar especulaban raras creencias asegurando que desde ese embrujador paraíso todos los sueños se hacían realidad, incluso el búho Sabelotodo moró ahí desde tiempos inmemoriales. Se difundían diversos cotilleos, tales como que escondía unas pócimas mágicas extraídas de unas diminutas setas ambarinas para conseguir no envejecer jamás. Los animales prácticamente hipnotizados no dudaron en preguntarle. Se hizo un silencio sepulcral alrededor del búho. Sólo acrisolaban del áfono mutismo, unos roncos latidos que provocaban algunos corazones exhaustos de los mamíferos más voluminosos. Sabelotodo después de un lapso les contestó: - El perro lobo es la mezcla de perro y loba. Es decir, su padre era un perro y su madre una loba. Entonces saltaron al unísono: la araña león, el oso hormiguero y el pez payaso muy exaltados y gritándole: - ¡Blasfemia! (Volvió a sonreír Rico) - ¡Esa historia ya me la habían contado! – A mí también pero me hace tanta gracia escucharla una y otra vez. Cloe, todas las mañanas me deleita con una versión renovada de esa reiteración. Sorprendiéndome desde esos particulares gestos punzantes, tan exagerados e incluso ridículos. Por supuesto, me encanta verla después como sino recordara haberla contado el día antes. Es una gallina tan loca que no paro de reír al verla. No sé si le gustará ser el centro de atención, pavonearse con sus improvisadas artes escénicas o tiene la memoria de un besugo. (Contestó el conejo.) Lo dejé con sus zanahorias y hojas de lechuga. Arriba sobresalían unas puntas de flecha, parpadeantes, dibujadas por los continuos aleteos de unas grullas perdiéndose hacia un infinito azul casi grisáceo. Seguí avanzando, alejándome hasta las proximidades de la porquera. Lucas estaba revolcándose en uno de esos charcos de fango. Aún no sé por qué a los cerdos les gustaba ir tan guarros e impregnarse con olores tan fuertes. Ciertamente esos hedores despertarían antes que el gallo, incluso ahuyentaría antes a un oso de alguna cueva en su prolongado invernar. No logro asumir qué satisfacción puede haber en eso de ensuciarse desde primeras horas del día. Luciana una gansa muy blanca y arrogante, cruzaba en ese preciso instante las proximidades con sus pollitos. Lucas chapoteó fuerte al verla, pringándola con el oscurecido barro. Luciana lo miró enfurecida, con altas dosis de desprecio, pero no se atrevió a replicar porque llevaba las de perder. El último pollo de la fila parecía satisfecho con la fugaz reacción del cerdo, ya que se había llevado varias riñas de su madre minutos antes. Tardona y Lerdo, las dos tortugas terrestres, parecían no tener mucha prisa como siempre y deambulaban alargando sus cuellos sin perder detalle. A unos metros estaba doña Pata. Mirando con la mirada ausente. Parecía preocupada, ensimismada en sus pensamientos. Doña Pata había oído hablar de un ser maravilloso y extraordinariamente humilde que convirtió el agua en vino. Y tras esa hazaña, se le atribuían innumerables milagros. Reflexionando, recordaba que también decían que ese hombre podía andar sobre las aguas sin zambullir el resto del cuerpo. Únicamente apoyando las plantas de sus pies. Aquello hizo especular profundamente e indagar extrañas hipótesis a doña Pata. – “¿Cómo se puede ir por el agua sin sumergir las patas? ¿Tal vez la clave del éxito esté en transformar el agua en vino? ¿Por qué no se logra andar sobre el agua sino la conviertes antes en otra superficie más densa?”. Además si un hombre era capaz de eso, cualquier animal de la granja Anderson podría hacerlo. Siempre los humanos nos imitan, aprenden de nosotros y de la naturaleza que nos rodea para conseguir sus metas. Lógicamente, de sus inquietudes me enteré días más tarde. Indudablemente no soy como Sabelotodo, y que yo sepa no tengo poderes para leer la mente de nadie. -¿Pero quién sabe? Todo es proponérselo. Pero lo veo difícil. Ya me cuesta horrores recordar los sueños que el gallo me interrumpe. Tras indagar surtidos dilemas. Temperamentales planteamientos como si una voz interior y perseverante golpeara sin cese a doña Pata, decidió entrar en la casa de los Anderson. Mirando a los lados, de izquierda a derecha también asegurándose de derecha a izquierda. En ese momento, la cocina estaba vacía. Se trataba de un hecho sorprendentemente anormal, como si la casualidad se hubiera confabulado con el destino. Ya que, el pachorrudo gato Miau no estaba allí en esos momentos aunque sí encontró su colchón beige tostado estampado con fresas. Armada de valor, doña Pata se abalanzó hacia la buhardilla donde se guardaban las botellas de vino, distribuidas sobre los estantes inferiores. Apresuradamente las llevó al exterior. Cuando había arramblado con todo el vino de la cocina y completamente agotada de tanto trasiego de botellas de aquí para allá. Con su pico fue descorchándolas. Vaciando una tras otra en el abrevadero. En breves instantes, el abrevadero se fue tiñendo de mudables tonalidades rojas que coagularon. Derramados los contenidos de unas treinta botellas, los envases vacíos quedaron rulando por la tierra. Doña Pata se incorporó e intentó aproximar su extremidad palmípeda sobre esa agua mezclada con vino. El reflejo deformaba sinuosamente la pata de doña Pata. Pero fue inútil. Cuando apoyaba su pata, terminaba sumergida en el fondo. Después de varias intentonas. Metiendo y sacándola. Aceptó no poder levitar sobre el abrevadero. Seguramente algún pequeño detalle se le escapaba. Algo debía faltar para que no discurrieran las previsiones como las había proyectado. Aburrida de tantos fracasos decidió alejarse, cabizbaja, más triste que un caracol sin concha y arrastrando pesadas impotencias hasta la sombra del cedro. El tiempo transcurrió sin demasiadas alteraciones en la granja Anderson, hasta que los ejercicios físicos matutinos y el suave calor empezando a apretar; nos provocó apaciguar la sensación de sed que paulatinamente se incrementaba en todos nosotros. Los caballos se acercaron sudorosos y brillantes a beber. Después de galopar libres por los prados sus respiraciones apuntaban aceleradas. Sorber del abrevadero o desde los cañizos salientes donde fluía hasta unas anchas pozas, era un hecho habitual, cotidiano. Por lo que ninguno reparó en extrañezas. Incluso aquel sabor les provocaba cierto optimismo. Una satisfacción inusitada. Poco a poco nos aproximamos para calmar la sed. Los cerdos, Rico y demás conejos, los gansos, tortugas, el asno Bobo, las gallinas con sus hijitos, ovejas, las otras vacas, mi mamá y yo. Incluso el toro Roberto que apenas salía de la cuadra al estar deprimido porque ya no le buscaban para extraerle muestras de semen. De repente, recuerdo que empezó a enturbiarse los objetos. Distorsionarse el cielo como si se columpiara desde mis pezuñas. A la mayoría de los animales les gustó la bebida. A mí en absoluto. Tenía un sabor desagradable y amargo. Después me provocó un terrible dolor de cabeza. Tenía ganas de regurgitar pero las fuerzas las tenía amortiguadas. Era como si una bola de hierba podrida y seca se hubiera atascado en mi interior. Aprecié con dificultad que los demás animales empezaron a hacer tonterías. El conejo Rico abrazaba por detrás a la gallina Cloe. Sus sonrisas dibujaban una fiesta efímera entre las irreales alteraciones del suelo y las cubas. Las tortugas parecían salirse de sus caparazones mientras intentaban incorporarse como si hubieran ensayado break dance desde su infancia. Mi mamá desapareció con Roberto y no los volví a ver hasta pasados dos días. Los caballos saltaban el vallado como una prueba hípica cronometrada. Los cerdos terminaron bañándose y derramando las cubas. Con sus hocicos retorcidos producían unos chillidos estridentes que alertaron a los Anderson. Días más tarde. Todos permanecimos encerrados en nuestros habitáculos. Castigados por nuestro mal comportamiento. Aunque sinceramente no reconocía haber hecho nada malo. ¡Es difícil sentirse apenado cuando no queda rastro de culpa! Nosotros sólo teníamos sed y ahora no podíamos disfrutar con los amigos en el exterior. Pero si algo he aprendido en mi corta vida es que todo cambia, tornando transitorio, incluso los momentos más penosos se reponen en alegrías. Convirtiendo los momentos en ratos más intensos y felices. Ahora, después de que volviera abrir el portón la señora Anderson. Y mis ojos recobraran la plena intensidad de la luz natural. Estoy otra vez viendo a Rico mirando a Cloe y escuchando su chiste. Aunque trate de los orígenes de algunas especies y parezca que nunca termine lo que empieza. Observo también a las tortugas caminando sin prisas, ajenas a la brevedad vital que otras especies disfrutan. Doña Pata se disculpó con nosotros. Aunque viendo su actual comportamiento debía estar maquinando alguna de las suyas y claro está, no lo averiguaremos hasta que no lo ponga en práctica.
 
 
 

 

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Published on e-Stories.org on 07/06/2011.

 

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