Juan Planas

El arte de lo posible




Santoro, el ministro del Interior, echó una mirada a las canchas de tenis del country club, radiantes bajo el sol de la primavera temprana.  Tras cerrar la cortina de la ventana, sirvió dos cafés.
–¿Cortado con un poco de leche?
–Sí, por favor –contestó el padre Eugenio, hermano del ministro. Éste agregó leche en uno de los pocillos, sirvió dos copas de coñac y se repantigó en uno de los mullidos sillones de la sala.
–Tras las fatigas y los nervios que pasé últimamente con tus colegas, tengo ganas de jugar unos partidos para relajarme.
–¿Con mis colegas?
–Cardenal primado, obispos, exorcistas, nuncio apostólico... Habrás oído ciertos rumores, ¿verdad?
–Sí… rumores muy extraños. ¿Dijiste exorcistas?

El ministro se levantó para servir dos copas de coñac y dijo:–Tal cual. Seguramente te enteraste, porque lo comentaron bastante los periodistas, de que hacía varias semanas que nadie podía ver a la primera dama; corrían versiones de separación…
–Es verdad –asintió el padre Eugenio.
–Pero nadie imaginaba que la señora estaba en… tratamiento con exorcistas.
El padre Eugenio abrió mucho los ojos. El ministro bebió un sorbo de coñac y continuó:
–Al principio, se pensó que ciertas actitudes insólitas de la señora tenían origen psiquiátrico. Cuando el presidente comprendió que los psiquiatras no podían hacer nada, le explicó la situación al cardenal primado. Este llamó a los dos mejores exorcistas del país cuando supo lo que estaba pasando con la señora; alaridos, blasfemias, fuerza sobrehumana, convulsiones, etcétera. Lo acostumbrado en esos casos.
–¡Qué horror!
–Sí, horrible. Yo asistí a una de aquellas… crisis, digamos y te aseguro que era para poner los pelos de punta. El caso es que pasaban los días, y todo iba de mal en peor. Naturalmente, la señora no podía aparecer en público, y empezaron a circular rumores acerca de su ausencia. Además, se aproximaba la Conferencia de Bruselas, y era muy importante que el presidente concurriera, acompañado por su esposa. Como pasaban las semanas sin que mejoraran las cosas, hicieron venir de España a un famoso exorcista, el padre Natalio.
El padre Eugenio frunció el ceño al oír el nombre del padre Natalio, pero no dijo nada. El ministro bebió un trago de coñac y continuó.
–Apenas llegó el nuevo exorcista –un tipo simpático, vivaracho, que hasta tiene sitios y bitácoras en Internet, y es muy listo para cuestiones de dinero– se fue a ver a la mujer del presidente. Justamente la encontró en una de sus peores crisis.
–¿Y la pudo liberar?
–Pidió verla a solas. Luego de dos horas, explicó que la liberación sería una tarea muy larga y difícil, aunque estaba seguro de que finalmente alcanzaría la victoria. También dijo que la curación podía acelerarse considerablemente, porque la potencia infernal estaba dispuesta a negociar.
–¡Cómo! ¿Negociar?
–Sí. A cambio de liberar a la señora, el gobierno tenía que permitir la inscripción de una iglesia satánica en el registro oficial de cultos.
–¡No puedo creer que el gobierno haya hecho un  pacto con el diablo!
El ministro terminó su coñac y se encogió de hombros.
–¿Qué le vamos a hacer? La política es el arte de lo posible… A veces, hay que optar por expedientes que son verdaderamente chocantes, pero así son las cosas, Eugenio. El presidente de la nación quería cerrar el trato inmediatamente, porque se venía encima la Conferencia de Bruselas; si no hubiese asistido a la conferencia, la oposición se lo habría comido crudo. El problema fue que el cardenal se opuso a que se negociara con el diablo sin autorización del Vaticano.
–No me digas que pactaron con el demonio con permiso de...
El ministro interrumpió al padre Eugenio.
–Sí; como te dije, la política es el arte de lo posible. Finalmente, tras algunos días de mensajes cifrados a Roma, y muchos dimes y diretes con el nuncio apostólico, se consiguió cerrar el trato. La Iglesia recibió unos pingües subsidios para sus escuelas; el diablo pudo inscribir su culto; la primera dama, totalmente curada, partió hacia Bruselas con el presidente; y el padre Natalio cobró unos suculentos honorarios. Un final feliz para todos. ¿Terminaste el coñac, Eugenio? Vamos a jugar unos partidos de tenis.
 

 

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Published on e-Stories.org on 02/01/2012.

 

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