Juan Carlos González Martín

CRÓNICAS ALCOHÓLICAS (Emilio)

CRÓNICAS ALCOHÓLICAS
(Emilio)
 
Es viernes por la tarde y queda poco tiempo para acabar el jodido turno de por la tarde. En la tienda hay mucha clientela y desde la hora de la comida no he bebido nada. Estoy de los nervios. Mi encargado es un hijo puta que sabe lo de mi problema y disfruta viéndome sufrir. En la tienda de Tetuán somos más y a veces tengo una botella de plástico con vodka y el imbécil del encargado se piensa que es agua. Pero ahora estoy en la tienda de sanse y éste cabronazo es más listo que el otro y sabe que necesito beber. Así que resisto y me evado mientras me  muevo por el mar de monotonía que me invado por ambos lados.
Mientras despacho a viejas, mariquitas y demás fauna pienso en salir por la jodida puerta e irme a algún sitio guapo para beberme unas copas y a ver qué chiquitas hay por ahí.
Menos mal que Emilio me apoya con su presencia en la pollería y de vez en cuando nos miramos de reojo y resoplamos, esperando a que llegue la hora del cierre.
Yo estoy en la charcutería con el encargado. Estamos solo los dos. Ésta tienda es más pequeña que la de Tetuán, en la que solemos estar cinco.
Emilio está en la pollería que ésta pegada a la charcutería así que, técnicamente se podría decir que trabajamos juntos.
Mientras trabajamos mantenemos alguna conversación, hasta que el gilipollas del encargado suelta un “chssss” y supuestamente nos tenemos que callar.
Éste cabrón algunas veces es estricto pero tengo que reconocer que no me cae mal del todo. Otras veces (que son la mayoría) pone verde a la clientela, casi siempre atacando a sus defectos físicos. Además tiene gracia el cabrón.
Cuando les suelta bromas a los clientes, lo hace de forma que ellos no le oigan del todo bien, pero yo y Emilio le oímos perfectamente.
A una vieja le ofreció un ataúd barato para comprar.
A otro tipo le llamó membrillo y cuando el tipo, mosqueado, le dijo que qué había dicho, éste le contesto que si quería membrillo.
-        No, gracias – contestó el otro idiota
 
Por fin llega la hora de cerrar. Nos cambiamos en el cuarto y todo el mundo se va.
Cuando estamos fuera Emilio me dice que si tengo algo que hacer. Que si me voy con él a tomar unas copas a un garito del cual conoce al dueño y siempre le reservan a él y a su amigo Raúl una mesa al fondo del garito. Que el garito está lleno de nenas y que él y su amigo están siempre en su mesa “reservada” rodeados de zorritas.
Pienso que es un poco fantasma pero accedo a ir con él.
Yo no he quedado con nadie en particular y me iba a meter en el primer bar que pillara así que no tendrá nada de malo tener compañía para variar, aunque se la de este imbécil.
La verdad es que Emilio me cae bien y es un tipo enrollado. Me lo paso bien con él y me echo unas risas. Se huele los sobacos y suspira fuerte, a modo de mofa hacia él mismo.
Bajamos la calle en dirección a la zona de bares de copas que es donde Emilio ha quedado con su colega, pero aún falta un rato y nos metemos en un bar cercano para hacer tiempo y beber un poco. Yo estoy loco por hacerlo.
Nos sentamos en la barra y pedimos de beber unos cubatas, cacharros o como quieras llamarlo. He venido algunas veces a este bar. Se llama Mikonnos y es un bar de viejos que apesta, pero el alcohol es barato y pones las copas bien llenas, que es lo que importa. El camarero, que no sé si es el dueño, es un borracho de mierda. Como yo, pero peor, porque él es viejo y arrugado.
Nos pone las copas y nos mira con mala cara. No parecemos gustarle pero eso a nosotros nos la suda. Solo queremos beber. Emilio se va hacia la máquina a sacar tabaco. Yo me enciendo un cigarrillo.
También en la barra, a unos metros de nosotros, hay unos tipos de unos cincuenta años con un pedo considerable. Son tres y uno de ellos parece estar más borracho que el resto y es el que hace de bufón y hace reír a los otros dos gilipollas.
La verdad es que me gusta cuando estoy en un bar bebiendo y hay algún borrachuzo montando el espectáculo, ya que se me hace el tiempo más ameno y me distraigo, ya que la tele es una mierda y este camarero no da conversación. Parece estar inmiscuido con sus pensamientos en la bayeta con la que frota el mismo trozo de encimera una y otra vez, mirando de vez en cuando de reojo a los tres idiotas borrachos.
El más borracho de los tres está contando una historia de lo más interesante, dentro de la tontería, y Emilio ha vuelto de la máquina de tabaco. Él se enciende también un cigarro y dándole un buen sorbo a la copa prestamos atención al bufón borracho:
 
-        ¡ Brrrrrrr! Pues sí. Le puedes preguntar a mi madre si quieres. Ayer estaba en casa, en el sofá aburrido viendo la tele y se me ocurrió sacarme la polla y hacerme una paja allí mismo. Pregúntale a mi madre que es la que lo ha tenido que limpiar y ha visto la mancha en el sofá. Bla bla bla, bla bla bla, el otro día me fui de putas, no se qué y no se cuantos –
 
La verdad es que el tío es todo un showman y con el pedo que lleva no me extrañaría que acabara hoy apaleado por unos pandilleros o tirado en un descampado, pero el tío tiene chispa.
Nos terminamos las copas y le pagamos al sieso de la barra. Interpretamos su gruñido como un hasta luego y nos damos el piro de allí.
Después del cansado trayecto por fin llegamos a la puerta del bar de copas en la que nos está esperando Raúl, el amigo de Emilio.
-        ¿Qué pasa Raúl? ¿Qué tal? Éste es Juan, un compañero de trabajo – dice Emilio.
-        Buenas, ¿qué tal? – dice Raúl
-        Muy bien. Aquí, a ver si nos tomamos unas copas – digo yo estrechándole la mano.
 
En la puerta hay un gorila enorme con cara de pocos amigos al que Emilo y Raúl saludan. Yo le ignoro. Entramos en el garito. Está muy oscuro pero parece ser un sitio grande. Hay mucha gente y Raúl, que va el primero, se va abriendo hueco por entre la multitud hasta que llegamos a la barra. Habla con una de las camareras y le hace unas señas señalando en dirección al fondo del garito, a donde nos dirigimos ahora. Yo he aprovechado el intervalo de tiempo para pedirme tres chupitos de tequila y una cerveza. Me bebo los chupitos de golpe y cojo la cerveza para llevármela a donde nos dirigimos.
Llegamos a una mesa rodeada de silloncitos pequeños que parecen ser muy cómodos. En esa mesa hay un tipo con gafas y dos zorritas que abren la boca en forma de sonrisa cuando nos ven aparecer. Yo noto el calor del tequila en el estómago en ese momento y le doy un sorbo a la cerveza. Me siento realmente bien.
Las dos zorritas se levantan y me dan dos besos. Me dicen sus nombres pero, ni las entiendo ni me importan una puta mierda. El tío de gafas no se levanta. Me mira desafiante y me estrecha la mano. El tío parece pensar que esa situación es algo trascendente o algo así y a mí me la suda por los cuatro costados.
Nos sentamos a la mesa. Los silloncitos rodean la mesa en semicírculo. Nos sentamos de izquierda a derecha Emilio, Raúl, zorrita 1, el tío de gafas que creo que se llama Rafa, zorrita 2 y por último yo. Me ha tocado al lado de una de las zorritas que apesta a perfume de putón.
-        “No se lo monta mal este Emilio. No es un fantasma después de todo” – pienso
 
Como me había dicho, le reservan la mesa y conoce al personal del garito. La mesa se la reserva el de gafas pero bueno, algo es algo. Las zorritas no se qué relación pueden tener con estos tres.
Se ponen a hablar de gilipolleces gritando debido a la alta música y yo no me esfuerzo por entender. Me apuro la cerveza y solo pienso si para beber más tendré que travesar la marea de gentuza que hay entre nosotros y la barra.
Pero una sensación de alivio me inunda cuando una camarera putita se aproxima a nuestra mesa con una bandeja.
-        ¿Qué va a ser chicos? – pregunta
-        Yo una cerveza – dice el gafas
-        Yo un malibú con piña – dice zorrita 1
-        Yo un jonnhy Walker con cola – dice Emilio
-        Yo lo mismo – dice Raúl
-        Yo tres chupitos de tequila y dos cervezas – digo yo. Y la música parece detenerse y me miran fijamente los cinco idiotas que hay a mi lado. Después de unos segundos que parecieron horas, de los cuales desconecte abstraído en mis pensamientos de borrachín, pidió la zorrita número dos.
-        Yo lo mismo que él – dijo señalándome
 
Hombre, esto ya es otra cosa. Uno de estos zombis me quiere seguir el rollo. Algo es algo.
Después de un rato de conversaciones gritando sin enterarme de nada llega la bebida. Con el tequila han traído un platito con limón cortado a rodajas y un salero.
-        “¿Y qué cojones se supone que tengo que hacer con esto? ¿Aliñar el tequila?” – pensé
 
Pero veo a la zorrita 2 hacer algo asqueroso. Se chupa el dorso de la mano desde la base del pulgar hasta la base del índice y luego se echa sal por encima de la baba. Levantan todos su bebida y brindamos como idiotas. Yo me bebo los otros dos chupitos seguidos. Después de beberse su chupito, la zorrita 2 se mete una rodaja de limón en la boca. Yo estoy acostumbrado a beber y no ha hacer el pollino de esa forma. En un garito al que suelo ir con mis colegas he visto a gente hacer lo mismo pero nosotros nunca lo hemos hecho. Nunca nos sirven los chupitos con toda esa parafernalia. No sé si nunca nos lo han puesto o es que la primera vez que fuimos, hace mil o dos mil años le dijimos que no y ya no nos lo han vuelto a poner. Sea lo que sea no me acuerdo. El alcohol ha hecho mella en mi cerebro.
Siguen las conversaciones pero yo estoy demasiado borracho ya para odiarles por no enterarme de nada. Ya estoy echado en el silloncito y el garito me parece cada vez más agobiante. Cada vez es más tarde y hay más gente. Parece que me falta el oxígeno. Traen otra ronda.
-        ¡A ésta invito yo, Juan! – me dice gritando Emilio y me da una ostia en el brazo izquierdo con la suficiente fuerza como para que yo me balancee hacia el lado derecho que es donde está zorrita 2.
-        Emilio, vaya pedo que lleva tu amigo – oigo vagamente decir al gafas.
Mi cara se ha incrustado en las tetas de la zorrita dos y me cuesta ponerme derecho, pero a ella no parece importarle. Para conseguir por fin ponerme erguido pongo las manos en las manos en sus tetas y empujo. La tía se ríe. Yo no puedo más y me desplomo hacia atrás. Como puedo, cojo otro vaso de chupito y me lo bebo. Estoy hecho polvo pero, como es habitual, no puedo dejar de beber. Trago ese chupito y me echo hacia atrás soñoliento.
Entonces me despierta una mano que baja la bragueta de mi pantalón y me empieza a menear la polla.  Desconozco si alguien está viendo el panorama pero yo me relajo y la dejo hacer. Nada me importa. No sé cómo volveré a casa y no lo que pasará. Eyaculo en su mano y primero que hago es beberme otro chupito y encenderme un cigarro. He bebido mucho para saber que a partir de este chupito y no soy dueño de mí. A partir de ahora es la suerte la que debe tomar el control. Espero despertarme de una pieza y a ser posible, en un sitio conocido.
Joder, Emilio, como te lo montas…
 

 

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Published on e-Stories.org on 06/10/2012.

 

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