Héctor de Souza

Lógica difusa

Las aletas del ventilador de pie giraban alrededor de su eje, dale que dale. Y el aparato, en vaivén continuo, cabeceaba, ya a un lado, ya a otro, derecha, izquierda, derecha, izquierda. El calor era sofocante. Hacía más de un mes que se había afincado el verano; sin la tregua de una fugaz lluvia ni frescor alguno.
 
El hombre poco había dormido y nada había descansado. Casi siempre veía el amanecer, pero nunca como aquella mañana. Desvelado por el bochorno de la noche y la viscosidad de las sábanas increíblemente hostiles, le pareció más bello el asomar del día. Con todo, ese alborear venía entre fulgores inciertos y temperaturas persistentes.
 
Nadie se había acercado al borde de la cama para llamarlo por su nombre y acariciar su rostro hasta despertarlo. Frente al espejo, retuvo la mirada bajo los párpados que le pesaban de cansancio y de sueño. Seguía amaneciendo cuando se echó a la calle.
 
Y ya estaba en la calle; y nadie, nadie por ningún lado. El sol había comenzado a picar muy temprano. Abstraído, el hombre repechó seis cuadras por la zona de sombra de una calle arbolada. El frontispicio del cementerio quedaba allí, con el pórtico y las columnas blancas, y los bloques de granito y mármol mal conservados. Sin escuchar sus propios pasos, entró. Aquí trabaja.
 
Para llegar a su sitio debe recorrer unos cien metros por una senda que baja suavemente. El aire olía mal; más: daba asco por el hedor. Dos mujeres fregaban los mudos pisos. Las oficinas se hallaban despobladas.
 
Poco demoró en estar sentado frente a la computadora. En el silencio, se oían los pasos de la secretaria de la oficina de al lado: andará pasmada también por el calor, porque hoy parece una autómata, discurrió.
 
El hombre abrió el correo electrónico; un buen hábito que respeta con la puntualidad y la exactitud de un ritual. Uno, dos, tres, cuatro, veinte correos; los más: spam; los menos: del jefe. Entre los más y los menos, unos pocos, y entre estos, uno le llamó la atención cuando titiló, agrandándose, en el centro de la pantalla:
 
Este mensaje es de alta prioridad, advertía: “Alerta, no hay más cupos vacantes”.
 
Se puso de pie y fue al encuentro de la secretaria de la oficina de al lado. Por qué será que lo deprimen tanto estas pequeñas contrariedades; con alguien debía hablarlo.
 
La secretaria de la oficina de al lado ya no estaba en su puesto de trabajo: andará por ahí, llevando o trayendo expedientes, o conversando trivialidades en algún otro lugar, pudo imaginarse. Enseguida reapareció. La mujer se había arreglado el peinado, retocado los labios: un modo especial de proceder adquirido por repetición de actos iguales y semejantes, todos los días. Era una mujer cenceña, privada de belleza salvo por la nariz recta y bien formada; poca cosa, si bien se mira, que en nadie despertaría –afrodisíaco tan escaso– una atracción desmesurada.
 
Lo trató de un modo ajeno y distante. Cosa de mujeres, rumió el hombre. El diálogo resultó difícil. Ella se encogió de hombros, ocultó apenas su fastidio y simuló escucharlo: en todo caso, será consecuencia de la peste, le llegó a comentar con desinterés. El hombre se dio media vuelta y, sin decir nada más, se llevó consigo la preocupación.
 
Casi todo el día zumbó el timbre de la administración: gente que entraba, gente que salía. Es una verdadera suerte no tener que atender en administración, pensó, aliviado.
 
Por un tiempo largo, quizá una hora, dos, o más, todo sucedió con rapidez. Los timbrazos, reiterados, dejaron de turbar lo que cada uno hacía. También la campana de la recepción tocó muchas veces anunciando más inhumaciones.
 
Luego, una calma prolongada, densa. La tarde se volvió sombría, como contagiada por el macabro marasmo de un osario.
 
El hombre se levantó: parecía que pesaba por dos. Buscó algo en el bolsillo del pantalón, en un gesto maquinal. Había finalizado la jornada. Se arrastró, cansino, hasta descontar la distancia con la recepción. Entre los cipreses soplaba un aire caliente, y su gemido auguraba una vez más las lluvias que no vendrían. Se respiraba una atmósfera compuesta de mil olores intensos, y ese aire, entre el resplandor y la muerte, traía signos de flores secas y corrompidas. No las de los canteros, sino las que se pudren en las aguas fétidas de las jardineras o de los floreros que adornan las tumbas, a un lado y otro de la estrecha calle funeraria.
 
Bartolomé, el funcionario de la recepción, lo miró con simpatía, si no fuera acaso una mueca estúpida lo que se veía en su cara. Estaba leyendo el diario. Al mismo tiempo, comía algo que había traído de su casa –quedaba claro por venir en una envoltura de papel de estraza demasiado arrugada–, tal vez recalentado en un horno de microondas, allá en el fondo del archivo, donde se guardan los registros.
 
Interrumpió la masticación para decir:
 
–¿Vio lo de la peste?: esa epidemia que trajeron los calores.
 
El hombre no habló, pero negó tal posibilidad con la cabeza.
 
–Están muriendo como moscas –remató el comentario Bartolomé, con apatía, sabiendo perdida la esperanza de obtener en el otro la más mínima reacción, y sin dejar de fijar la vista en los titulares del diario.
 
No hubo respuesta. El hombre marcó su tarjeta en el reloj del control de asistencia y, con un tamañana amablemente desatento, reanudó la marcha.
 
Sonaba la campana de la recepción: un sonido de bronce seco y sin vida languidecía. Aún no habían cerrado el portón principal. Aprovechó la ocasión para salir por allí.
 
Otilio, caído dentro de una túnica azul dos talles más grande, apareció en el portón de la entrada con un manojo de llaves. Lo dejó pasar, cerró y se fue a su rincón. Contra la costumbre, no esperó a que bajara a la vereda para saludarlo por última vez.
 
Ya afuera, el hombre encaminó los pasos hacia su casa, calle abajo, sin ninguna prisa, porque nadie lo aguardaba.
 
Llegó; ya iba venciendo los escalones exteriores de su casa cuando rebuscó en la memoria y advirtió que, durante el trayecto, no se había cruzado con nadie. La noche, con mucha lentitud, se preparaba para desplazar al día. El calor no cejaba.
 
Esa noche se acostó, abrió el libro que tenía en la mesa de luz. Hojeó dos o tres páginas sin demasiada atención. Parece que había tres motivos para el crimen en una mansión de Hollywood, y cada uno de ellos era suficiente para acusar al sospechoso. La situación era clara: el nombre del asesino, la explicación del crimen y sus motivos, se encontraban desvelados en el primer capítulo; peor: en la primera página. La novela carecía de intriga.
 
Entornó por un momento los párpados. Sin darse cuenta, quedó dormido; lo supo al despertar. Cuando abrió los ojos, el libro se había perdido entre las almohadas y él transpiraba copiosamente. Quizá llegó a soñar. Pero ahora, de súbito, se sentó, sobresaltado: una intuición parecía azuzarlo. Pasó la mirada alrededor incitado por una urgencia en el corazón. Y como si una imagen trajera otra, como si una idea tirara de otra, por estimulación sucesiva, vino a su memoria el correo en la computadora de la oficina:
 
“Este mensaje es de alta prioridad: Alerta, no hay más cupos vacantes”.
 
Entonces, el hombre, sorprendido por su propio descubrimiento, reparó en que desde el principio ese mensaje había tenido sentido. Recordó las calles desiertas y asoció los dos hechos.
 
Dio un respingo. Por fuera y por dentro de la piel se estremeció. Sus ojos, atónitos, parecían mirar muy lejos, como si buscara el apoyo que le diera la perspicacia que le había faltado.
 
Las aletas del ventilador giraban alrededor de su eje, dale que dale. Y el aparato, cabeceaba sin detenerse.
 
Ya se va entendiendo mejor lo que ha ocurrido. En este punto todo empieza a unirse.

Quiso decir algo; no había nadie más. Y se lo dijo a sí mismo; en la modorra de la calma de la madrugada, con inexplicable animación, exclamó:
 
“Ya decía yo: ¡qué macana haber hecho un cementerio tan chico!”

FIN

 

All rights belong to its author. It was published on e-Stories.org by demand of Héctor de Souza.
Published on e-Stories.org on 09/04/2012.

 

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