Nabetse Selbonarg (Yury Esteban Escobar Grano

LAS EMPANADAS DE ROSITA

Soy experto en comer fritanga.  Mi gran barriga que ya cuelga y casi no me deja amarrar los cordones de mis zapatos, lo atestigua muy bien.
A lo largo de mis cincuenta años de vida me he dedicado a acumular grasas saturadas en las fritangas de barrio y de cafeterías, que sabemos el organismo no puede disolver y terminan convirtiéndose en los famosos “Bananitos” que nos adornan a la mayoría de las personas.
Los que podemos ir de baño a una piscina o a un rio y llevamos el flotador incorporado.
Velozmente llego en cualquier momento a una fritanga de barrio, de las que instalan los fines de semana en cualquier esquina de nuestros municipios colombianos y sin temor ataco y empiezo a devorar las papas chorreadas, los pasteles de pollo y/o carne, al bofe ahumado y frito; los chorizos de marrano (Tan ricos), a la rellena o morcilla, los aborrajados con quesito, la longaniza, al chicharrón de marrano de varios canales bien crujiente, al hojaldre y otras delicias que por tener la boca llena de saliva se me olvidan de momento.
Pero las que mas me gustan son definitivamente las empanadas.
Pero no las empanadas prefabricadas que encuentro en el congelador y al recalentarlas quedan frías y medio crudas por dentro.
Nada mejor que una rica empanada hecha a mano sobre una mesa de madera, en un plástico y moldeada con el borde de un pocillo, bien frita en manteca de cerdo bien caliente, que quede crocante, con ese guisito por dentro y con una o dos buenas cucharadas de ají casero. 
Ese que lleva cilantro y cebolla junca bien picaditos, con juguito de limón, ají diablito machacado (Pequeñito y bien rojo), que cuando uno lo huele y prueba siente su delicioso aroma y picante sabor.
No sucede lo mismo con “El ají de frasco” como llamamos los buenos catadores del producto a los que venden en el comercio que son puros químicos.  Y que peor aun, en muchos establecimientos gastronómicos toman, le revuelven picadillo de cilantro y cebolla y lo exhiben como si fuera ají casero.
Cuando las empanadas son bien sabrosas, soy capaz de comerme hasta diez o quince, tranquilamente, en un rato.  Y hasta unas veinte o más si hay un delicioso ají picante casero.
En mi pueblo existe una señora, paisa ella, blanca, de baja estatura, buena constitución física y unos hermosos ojos azules, que todos los miércoles y fines de semana (sábados y Domingos) saca su puestico de venta de empanadas.
Rosita hace las mejores empanadas que se comen en nuestro municipio y aunque ha cambiado varias veces de sitio de ubicación y que ya ahora tiene hasta una carpa metálica y con buena lona (Empezó con solo la mesita de madera y el fogón) los buenos conocedores de fritanga siempre sabemos donde encontrarla y degustar sus deliciosas empanadas.
Es hasta excitante escuchar el chirrear de las empanadas en la manteca caliente que burbujea en una gran cazuela ya un poco trajinada y bastante tiznada que ella monta sobre un fogón metálico que atiza con leña seca.
Cierto día sábado que llegue a comprar y degustar mis consabidas empanadas, pedí las primeras cinco y me senté en una silla de madera que tienen para  los buenos clientes.
Sobre la mesa de madera me colocaron una bandeja con las empanadas y el recipiente con el delicioso ají picante casero.
Al mismo tiempo llego Don Víctor, un señor gordo y serio, con jeans y botas texanas, que se sentó en otra mesa contigua.
También pidió cinco empanadas y al recibirlas empezó a comer.
Cuando mordió la primera empanada con el ají no resistió  la tentación de adicionarle otras dos cucharadas más.  Cuando iba en la cuarta empanada se termino el pote de  ají.
-Rosita, se acabó el ají- me atreví a decir, preocupado porque yo solo iba por la segunda empanada aunque aun tenia ají en mi mesa.
-Tranquilo que ya le traigo mas- dijo Rosita con la misma sonrisa y amabilidad de siempre y coloco otro pote de ají en la mesa vecina.
Don Víctor siguió comiendo empanadas hasta que al llegar a la suma de doce, se termino totalmente el ají, como dijo ella con mucho pesar retirando el cuarto recipiente de la mesa de mi vecino.
Yo apenas me alcance a comer seis unidades.
El enorme hombre se levanto, pago y se retiro tranquilamente.
Al marcharse, escuche que Rosita decía a la muchacha que le ayuda en la fritanga: -Que berraco pa´ comer ají.  Ya van varias veces que viene y se acaba el que hay. Pero para mañana le vamos preparar uno especial para el.  Bien cargado, o si no nos quiebra el negocio.
Quede intrigado en el camino a casa porque suponía que ese señor debería tener la boca en candela si había consumido tanto ají picante con tan pocas empanadas y me propuse regresar al día siguiente.
El domingo en la tarde espero sentado  en la fritanga mientras saboreo una empanada.
Un poco después llego Don Víctor, se sentó y pidió sus empanadas.
Con una sonrisa picara, Rosita pasa por mi lado y me guiña un ojo al tiempo que le sirve sus empanadas y le pasa su pote de ají picante casero.
 El gordo toma su primera empanada, la muerde para retirar la parte superior y procede a agregarle una cucharada de ají.
Rosita y su ayudante se miran maliciosamente esperando a que saboree el delicioso pero picantísimo ají que prepararon ese día y tenían reservado exclusivamente para el.
Cuando lleva la empanada a su boca y empieza a masticar, súbitamente se pone de pie, su cara se torna roja como un tomate chonto maduro, apura el bocado, traga saliva, respira fuerte y su cavidad bucal se convierte en feroz fauce de dragón que pareciera arrojar fuego en el vapor que sale de ella.
Luego, pasando otro trago de saliva, exclama: -Que buen ají el de hoy Rosita. Si quiera lo compuso porque estaba pensando seriamente en no volver a comer empanadas aquí.
Rosita y su ayudante, resignadas, congelaron la sonrisa de oreja a oreja que estaban esbozando desde hacia un momento. Yo aun no me repongo del asombro.
 
Nabetse Selbonarg
Julio 13 de 2012

 

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Published on e-Stories.org on 11/27/2012.

 

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