Héctor de Souza

A muerte

“Hoy buscarás en vano
                                                                                  a tu dolor consuelo.”
 

 
Maldito sea, pensó. Sus dedos, minuciosos, recorrieron la cicatriz en la mejilla izquierda. Otro recuerdo de ese hijo de puta. El odio le hacía hervir la sangre: si por una sola vez pudiera tenerlo a tiro, le destrozaría la cara, le rompería los dientes, nada más que para sentir la satisfacción de ver cómo se le borraba la sonrisa burlona de pedante; ya no le quedarían ganas de reír.
 
Las razones de este aborrecimiento no importan: lo que importa es el odio. El odio se va acrecentando hasta que ya no cabe en el corazón y empieza a difundirse por todo el cuerpo como un veneno mortal. Es un fuego voraz que no se apaga nunca; quizá, solo con la muerte.
 
Hacía años que ardía en llamas habitado por el odio. Desde aquella pelea a cuchillo que le dejó el hostil tajo en la cara, cuidaba su odio con esmero, como se hace con una planta que se riega y se fertiliza por el placer de verla crecer. Soñaba todo el tiempo con tomarse revancha de la humillación: si acaso pudiera devolverle la injuria de su filosa jugada en un duelo fatal, a muerte; bastaría con una cuchillada. Cada día imaginaba la dicha de la venganza, aunque ignoraba que esa ilusión era un vínculo más que lo ataba a quien lo había agraviado.
 
Cuando ya no podía mirarse en el espejo porque con la fiebre del delirio su cara empezaba a parecerse al diablo, tuvo los primeros indicios de lo que vendría: sintió el frío del miedo, el castañeteo de los dientes, y al pánico se le añadiría el temblor de las sudorosas manos. Hizo esfuerzos por serenarse, sin conseguirlo. Y, en eso, sorprendido, oyó un sonido. Un torrente de voz, retumbante, que no parecía provenir de ninguna fuente externa, llenó su cabeza:
 
“Anhelas la dulce venganza y te torturas por el profundo deseo incumplido. Cada quien encuentra la paz según la honra. Busca durante siete días en las noticias del diario. Hallarás escrito tu nombre. Tendrás una revelación que te liberará.”
 
Durante una semana, no descansó. Examinaba con prolijidad cada página del diario matutino. Suspiraba, febril: no daba con el signo pronosticado. Seis días pasaron. Su cuerpo exánime, aterido de frío, se había transfigurado sin que él lo notara: palidez cadavérica, labios lívidos, piel húmeda y pegajosa. ¿Por qué tenía tanto frío? Era enero, la cima del verano, no había razón para esa escarcha que parecía congelarle la sangre. Dejó de pensar en eso y, exhausto, volvió a pasar página tras página. Mientras desvanecían, las tiesas manos no paraban de hojear. La mirada helada no reposaba, obsesiva.
 
Le costó encontrar alguna noticia con la respuesta anunciada. Al séptimo día, sintió un escalofrío y una tristeza impersonal cuando, por fin, leyó su propio nombre: estampado en el obituario, rotundo, indiscutible, apareció encabezando una necrología. Comprendió que desde la víspera estaba muerto. Quedó liberado y en paz.
 
FIN 

 

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Published on e-Stories.org on 04/08/2013.

 

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