Angel Negro

Horacio Valdés, las putas, y los ratones

 

El primer piso que alquilaba Horacio Valdés estaba lleno de ratones, salían por las alcantarillas y se metían al apartamento, había aproximadamente una decena de ellos, todos negros y chiquitos. Los ratones en cada país tenían un aspecto diferente, por ejemplo en Medio Oriente eran ratones enormes, del tamaño de un gato. En Paraguay eran pequeños, negritos, y corrían más rápidos que Speedy Gonzales.
El edificio estaba completamente sucio. Horacio era un tipo de unos 35 años, casado y con un hijo. El tío tenía el rostro muy arruinado, caminaba como un atolondrado, y siempre se dejaba la camisa abierta mostrando su prominente barriga, cervecera. Trabajaba en un taller mecánico medio tiempo. Su esposa era gorda, morocha y de baja estatura. Ella trabajaba de limpieza en donde podía, y a su hijo se le daba por pintar todas las paredes de aquel pobre apartamento. Dibujaba gilipolleces como supermanes gordos, y motos perdiendo aceite sobre el pavimento.
Al tío le gustaba escaparse noche por medio a beber con sus amigos. Le decía a su esposa:-¡Mi negra! Va que me voy para el rancho de Omar-y dando un fuerte portazo se largaba en su motoneta. El rancho de Omar era un barsucho pobretón, ubicado en las afueras de la ciudad. Allí Horacio se colocaba, tomándose de dos a tres litros de cerveza cada noche que iba, y si tenía suerte se hacía mamar el pijo por alguna puta barata del lugar. Luego las invitaba a un trago. El tipo se había agarrado el HPV y algunas otras enfermedades de transmisión sexual y había contagiado a su mujer.
Un sábado antes de salir, le dijo otra vez a su esposa que se iba al rancho de Omar, pero en realidad el tipo iba para algún otro sucucho. Se colocó desde antes en su apartamento, bebiéndose dos litros de cerveza, cogió su motoneta y se largó para la ciudad. Dejó su moto en lo de su amigo Martín, que tenía algo más de plata que él. Martín apareció con dos zorras, más un amigo y los invitó a subirse a su camioneta. Los tipos fueron a tres boliches diferentes
esa noche. La música estaba demasiado alta, las nenas se ponían cachondas, la bebida era buena y eficaz. Martín, Martín, qué grande eres. Siempre era bueno tener un amigo como Martín, con plata, buen carro y atrae putas. El tipo sabía lo que hacía, y sacaba a pasear a este infeliz que tenía una vida pobre y miserable. Dale Martín, dale para adelante decía Horacio, ya colocado. Era la noche de Horacio, era su bebida, su música, sus amigos, sus putas. ¡Joder mierdas! Martín se estaba poniendo cada vez más borracho, comenzaba a bailar de una forma un poco ridícula con movimientos groseros. Después de un rato comenzó a meter mano a una de las tías, ella le respondía de igual forma, le apoyaba el trasero y se subía la falda lo más que podía. Horacio ya no sabía en qué mundo estaba, según él aquello era el paraíso, en eso comenzó a abrazar a Carina, la otra tía que había ido con ellos, mientras que el otro chaval, Sergio, que había ido también, se quedaba mirándolos. Así pasaron unas dos horas más y cuando ya estaban bien colocados hasta los cojones, decidieron irse a un motel a terminar bien la noche.
Ya en la camioneta, Martín se encontraba completamente ebrio, cuando Sergio le preguntó si quería que condujera. Martín se negó y siguió conduciendo.
-¡Tío, tienes que largar el manubrio, estás hecho una desgracia!-Le gritaba Sergio.
-Naaa, estoy bien mamón.-Martín eructaba fuerte. La música tapaba sus eructos. Horacio besaba a una de las tías y se le caía la baba sobre la blusa y minifalda de aquella puta. A la tía poco le importaba. Seguían bebiendo cerveza en la camioneta de Martín, mientras ponían la música aún más fuerte. La camioneta empezó a moverse de una forma inusual, se bamboleaba de acá para allá en medio de la ruta. En una oportunidad casi chocan de frente contra un camión. Martín estaba totalmente atontado, las dos putas gritaban desmesuradamente, la música los aturdía, estaban sumergidos en la mierda, la camioneta ya no tenía control, Martín pisaba el acelerador de su súper cacharro cada vez más: 100- 110-120-140-160-185-190! ¡Y dale más!
¡Santo Dios! La muerte era inminente…De repente quedó todo en silencio, después de un gran estruendo. Hacía pocos segundos atrás había música, risas, ruidos, gritos de mujeres, falos erectos, vaginas húmedas, y descontrol. Ahora solo el silencio, chapas abolladas, infinidad de vidrios rotos, cuerpos constreñidos, huesos quebrados, cabezas despedazadas, y sangre, sangre, mucha sangre, roja, furiosa, y derramada sobre la tierra. Mierda ebullendo.
A la media hora llegó una ambulancia del pueblo y fue a por los cadáveres. Sergio, Martín y las dos tías habían dejado ya este mundo de mierda, y sólo quedaba Horacio, que se encontraba en muy mal estado. Fue llevado directo al quirófano. Le hicieron varias operaciones y le amputaron las piernas. Quedó por dos semanas en terapia intensiva. Su esposa y su hijo salieron de su apartamento y lo abandonaron completamente después de saber a dónde había ido.
La camioneta conducida por Martín había chocado contra un enorme árbol justo en la entrada al pueblo, fue llevada directamente al desarmadero. Lo más triste fue que no pudieron llegar al motel. La señora muerte los sorprendió por adelantado, dejando a Horacio vivo y cuadripléjico. Aquella vieja era muy eficaz haciendo su trabajo, pero a veces también se equivocaba, y este fue uno de esos casos.
Horacio Valdés, al despertar, luego de dos semanas, reconoció su estado y pidió a gritos morir. Nadie lo escuchó. ¡Qué acaso no sería lo más justo, después de haber perdido aquél polvo! Nunca más podría volver a tocar un coño, a sentir su tacto. Pobre infeliz. Se merecía la muerte, en hora buena.
Al mes que su esposa y su hijo se largaron de allí, el dueño ofreció nuevamente el apartamento para alquilar. Yo y mi esposa llevábamos una vida insalubre, llena de discusiones y viviendo siempre con nuestras familias, así que aprovechamos la oportunidad y nos largamos directo hacia este apartamento. La mugre cubría el lugar, y tuvo que venir un pintor a arreglar todas las paredes nuevamente, para borrar a los supermanes gordos y a las motos perdiendo aceite por el camino. ¡Qué mierda! El lugar estaba bueno, había algo en la atmósfera que me inspiraba a escribir y componer
cada vez más, no sé bien lo que era, pero a la noche se oían diversos ruidos, como cuchicheos ocultos. Cierto día, me levanté al baño a cagar a eso de las 4 de la mañana y allí descubrí a un pequeño negrito de cola larga corriendo a la velocidad del rayo, pisando fuerte su acelerador.
-¡Ya, maldito cabrón, morirás como todos los otros!-exclamé frenético. El ratón huyó más rápido de lo que yo pensaba. Así jugó conmigo, él y sus amigos negritos, durante un mes, hasta que me cansé y preparé una trampa para los guarros.
Coloqué sobre un cartón grande mucho pegamento y veneno para ratones, ya que huían bien de las antiguas trampas convencionales. Entonces, en el medio del cartón dibujé un gigantesco árbol y puse allí un par de putas de juguete para que los guarros entren. La tarde siguiente encontré a dos de ellos pegados, abrazados a las putas de juguete, y medios inconscientes por el choque contra el árbol que yo había dibujado. Mi esposa me sugirió meterlos en una bolsa y apedrearlos, yo no quería matarlos, me parecía ya bastante cruel morir a causa de una puta de juguete. Entonces los saqué en una bolsa de consorcio hacia afuera y cuando los iba a tirar a la basura, mi esposa me quitó la bolsa con ellos adentro, cogió un par de ladrillos y les atizó fuertemente a los guarros, la bolsa comenzó a verter sangre, era sangre púrpura, espesa, sangre de ratón cachondo. Los arrojé a la basura, mierda.
Todos nacían por un coño y morían por un coño. Horacio, más vivo que una puta, terminaría sus días loco y solo.
Al diablo, entré nuevamente en mi ahora nuevo apartamento, y me dispuse a escribir toda la noche. Todavía era temprano y podía salir al almacén a comprarme una ginebra.
 

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Published on e-Stories.org on 04/24/2013.

 

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