Ricardo Guerra Victoria

Orejudo y Cabezota

La fresca brisa del mar, los aromas entre mezclados que trae el viento, el bullicio de la ciudad que se despierta y los primeros claros del amanecer, se convertían en el telón de fondo para la gran historia que esperaba a nuestros héroes ese día.
A levantarse pequeño, el día ya comienza y tenemos que buscar temprano algo para comer, esas fueron las primeras palabras de Cabezota para su pequeño joven amigo, hijo y compañero, al que le llamaba de cariño Orejudo.

Así emprendieron otro día de vivencias y penurias, la alegría de estar vivos se entrelazaba amargamente con la cruda realidad de una existencia en la que cada día era una cruzada por sobrevivir, sin un hogar, sin posesiones ni riquezas, pobreza material amalgamada con una inmensa riqueza de espíritu; la esencia misma de nuestros héroes.

El aire comenzaba a tibiarse, eso le daba fuerzas renovadas al viejo Cabezota, quien en su paso lento le iba narrando las historias de su juventud a su pequeño acompañante, ese compañero del final de su vida, que era su mayor tesoro y su única inspiración.
Con ojos tristes y llorosos, cabezota se acercaba a cada fonda en búsqueda de cualquier cosa de comer que algún parroquiano hubiese dejado y luego lo compartía cual manjar divino con el pequeño Orejudo, quien recibía con tremenda alegría los suculentos manjares.

La mañana avanza y así entre burlas y rechazos, miradas indiferentes e incluso algunos actos de agresión en su contra, nuestros héroes siguen deambulando sin rumbo fijo por las calles, disfrutando del paisaje, sintiendo cada instante como si estuviesen ganándole otro momento infinito a la muerte, o tal vez eran más conscientes que la mayoría, de que cada segundo era un momento que podía ser disfrutado a plenitud, que escuchar el canto de los pájaros o la tierna risa de un niño, poder ver lo majestuoso de la creación divina y del hombre, poder sentir la caricia del sol y del viento son placeres que no están restringidos para nadie y parecieran ser disfrutados por muy pocos.

El pequeño Orejudo intenta comprender el por qué de tanto rechazo, por qué les gritan improperios, por qué aquellos chicos de la estación siempre les hacen malos gestos y hasta les arrojan objetos en ocasiones, Cabezota en su afán por enseñar al pequeño les explica que las personas tienen cinco sentidos, pero que usualmente se dejan llevar por el sentido de la vista y tratan a todos según la primera impresión visual, que en el fondo no siempre lo hacen por malos sentimientos, que son sólo formas de conducta y a veces incluso una forma de expresar su miedo por aquello que no comprenden, que él debe aprender a respetar, a querer y a tolerar, en especial a aquellos que de una u otra forma le hayan hecho daño.  El pequeño sólo guarda silencio y trata de asimilar la enseñanza.

La estación de transporte, el lugar favorito durante el día del viejo cabezota es ahora un mar de gente moviéndose de un lado para otro, todos llevando a cuestas sus propias historias, sus alegrías y desventuras, todos montados en este tobogán que es la vida con éxitos y derrotas, con risas y llantos, tan inmersos en sus mundos que no perciben su propio entorno, lleno de oportunidades y de tanta vida.

Orejudo le pregunta a su viejo mentor que hacen tan cerca de aquel grupo de muchachos que siempre les hacen mofas y les lastiman, y el viejo simplemente le repite: ¨Amar a quien no te quiere, a quien te lastima, he ahí el Amor verdadero¨.

En ese momento el viejo Cabezota siente un escalofrío en sus viejos huesos, observa como si el mundo se estuviese moviendo en cámara lenta, a aquella pequeña que juega con su teléfono mientras cruza la calle, inconsciente de que en las ruedas de un autobús viaja la muerte hacia ella para darle ese abrazo final.  Aquel viejo vagabundo,  haciendo acto de valor de coraje y gallardía, toma sus últimas fuerzas y se lanza a tratar de evitar aquel trágico suceso…se escuchan gritos…el aire se llena del humo de aquellas llantas que se queman contra el pavimento, el viejo cabezota salta y su ladrido suena como el rugir de un León… luego un aullido…el crujir de huesos rotos…alguien se acerca y toma a la pequeña niña quien solo tiene algunas escoriaciones…y a dos metros, aquel bus con la marca indeleble del impacto…y sobre la silueta de su sombra, aquel perro sin hogar, aquel viejo vagabundo sobre un charco de sangre…con sus huesos rotos…sintiendo como se le va la vida, mientras el pequeño Orejudo intenta salvarlo lamiéndole las heridas… una pequeña niña solloza al lado de aquella criatura que había dado la vida por ella.

Tranquilo mi pequeño, hoy será el último día de mi vida, y me voy feliz hijo mío, mi vida comenzó al encontrarte aquella tarde en un basurero y termina permitiendo a otro pequeño ser continuar su vida…tu serás siempre mi mayor tesoro…ahora vive mi pequeño Orejudo…el corazón del viejo Cabezota se detuvo…todos miraban…aquella pequeña mira con ojos sollozantes al pequeño Orejudo, lo toma en sus brazos, mira a su padre que acaba de llegar al lugar y le pide que se queden con aquel cachorro ahora huérfano, un  testigo de lo ocurrido cuenta todo al padre de la niña y este le pide a los presentes le que le ayudasen a quitar al viejo perro de la calle, y luego con una voz inspirada por algo divino susurra al oído del cachorro:  ¨podrás ser un vagabundo, pero eres hijo del más valiente y noble amigo del hombre que  haya existido…ven con nosotros, vamos a casa pequeño¨.

¨Amar a quien no te quiere, a quien te lastima, he ahí el Amor verdadero¨…
                                                                                                    Cabezota

 

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Published on e-Stories.org on 05/21/2013.

 

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