Angel Cañadilla Moyano

El antílope y la leona (Crónicas de Animales I)


- ¡No me comas! ¿Eh?¡No me comas! –Bromeaba Nurk el antílope con la leona que lo perseguía a toda velocidad por las praderas del Serengeti. Los endiablados quiebros que realizaba hacían crujir la espalda de la montaña de músculos y colmillos babeantes. La leona se acercó tanto que sintió la fétida calidez de su aliento sobre las ancas. Sólo había que esperar unos segundos más y el aire le faltaría al temible felino que, efectivamente, ya exhalaba su impotencia a la par que iba enlenteciendo su poderoso galope. La rabia de Rackar se expresó con un rugido de frustración que hizo temblar la sabana.

Nurk sabía que la caza no había terminado, aunque él se tomara a broma ese juego mortal, al final del día era probable que algún miembro de su rebaño alimentara los estómagos insaciables de las Piel-Amarilla. Quizás hoy le tocaría a Smurf o a Sentra, cuyos quiebros se estaban volviendo cada vez más predecibles…

La manada de leones descansaba en un promontorio en medio de la pradera. Los últimos rayos de sol  tornasolaban  y acentuaban sus perfiles, destacándolos contra el horizonte. La vista que gozaba Rackar desde allí era espectacular y abajo en la pradera, la figura del Comida-Rayada que se le había escapado, agitando nerviosamente su cola rabona, hacía rugir su vacío estómago. Sus cachorros se oían gemir intranquilos a las espaldas del promontorio, estaban hambrientos. No era tiempo de descansar, aprovecharían la noche para acechar en el río a los Cuerni-Negros que acudirían a abrevar, esperaba no encontrarse también con los Cuerno-Bizcos, esa combinación solía dejarles con algún que otro doloroso recuerdo.

Una vez oscurecido avisó con un breve rugido al resto de las leonas que comenzaba la caza, se desperezó mostrando sus afiladas garras y bajó del promontorio seguida por todas las demás componentes de la manada. Los ruidos de la noche le acompañaban por la estrecha vereda. Al aproximarse al agua se le erizó el lomo, detectaba el odiado olor de los Dos-Patas, mejor apartarse de la senda y dar un rodeo por el bosquecillo de acacias, con los Dos-Patas toda precaución era poca… De repente un terrible crujido de ramas y redes la envolvió elevándola hasta el cielo en medio de una cacofonía de rugidos asustados de la compañeras que venían detrás  y cuya huida apenas tardó unos segundos. Se quedó sola ante la amarga evidencia de que el animal erguido había sido esta vez más listo que ella; habría dejado en la senda algo cuyo olor pudiera detectar para hacerla coger el camino alternativo del bosquecillo, directa a la trampa.

El amanecer se cernía sobre la marea de hierba que iba pasando del gris mortecino a un amarillo pajizo. Rackar recogida en una posición fetal por la red que la mantenía dos metros sobre el suelo, hacía rato que había dejado de luchar, agotada por el esfuerzo que durante toda la noche había hecho para liberarse. Sólo consiguió que las fuertes cuerdas de la red se le incrustarán en distintas partes de su piel tiñéndola de rombos de un rojo oscuro.

Desde lejos se veía que Sentra estaba alegre, sus saltos y cabriolas a pesar de su respetable edad, llamaron la atención de Nurk por su imprudencia. Enseguida comprendió su comportamiento cuando le llegaron los berridos de la antílope que proclamaba a los cuatro vientos que Piel-Amarilla había caído en una trampa de los Dos-Patas, que por fin se había hecho justicia, y que la feroz asesina tendría su merecido. El último berrido acabó en un gañido de dolor cuando Bareh, el leopardo, como una mancha difusa de puntos negros apresó su garganta con sus poderosas mandíbulas. El felino no se podía creer la suerte que había tenido de que al fin se hubiera cumplido la justicia de los antílopes. Nurk lamentó la pérdida de tan alegre compañera y recordó la enseñanza que había aprendido de su madre: contener la alegría en la pradera, nunca sabías quién te estaba oyendo ni a que distancia podría estar. 

Dos leonas hacían compañía a Rackar en sus últimos momentos, prontos los Dos-Patas vendrían y se la llevarían al mundo exterior de donde nadie volvía. Nurk las observaba desde una prudente distancia. El rugido triunfal de Bareh el leopardo las alertó de que había una presa a su disposición, nada más fácil que despojar a un Manchas de su caza, apenas un bufido y saldría corriendo.

El antílope viendo a las hambrientas Piel-Amarilla abandonar a  su compañera se dio cuenta de que se le ofrecía una rara oportunidad. Se acercó con cuidado, no descartaba que hubiera alguna otra sorpresa agazapada en la sabana. Cuando llegó a su altura vio el lamentable estado en que había quedado la majestuosa Piel-Amarilla, era una sensación rara, estaba temblando ya que sus fibras más íntimas le impelían a salir corriendo ante el olor y la cercanía de tan feroz enemigo. Respiró hondo y se sobrepuso, no dejaría pasar esa ocasión que intuía única de acercarse a la bestia de todas sus pesadillas. La leona no podía verle pues tenía la cabeza inmovilizada hacia arriba, pero si lo detectó con su fino olfato, lo que la hizo gruñir:

- Vaya, tenemos aquí al Comida-Rayada bromista. Cuidado con la euforia, tu vieja amiga no se pudo contener y ya está participando en el almuerzo de mis compañeras.

- ¿Es una amenaza? No me parece que estés en condiciones de poder asustar ni a un ratón, Piel-Amarilla –mientras hablaba el antílope rodeó a la leona hasta ponerse en una posición que quedaba en su campo de visión- Por cierto, ¿Me ves muy contento?

La leona calló mirándolo con sus impasibles ojos de color ámbar, ciertamente el Comida-Rayada parecía algo alterado pero no expresaba alegría. De todas formas decidió no responderle, no entraba en sus planes de despedida tener una conversación con su comida habitual. Echaba de menos a sus cachorros, ojala los pudiera tener cerca otra vez, le quedaban tantas cosas que enseñarles... pero sus compañeras no habían mostrado especial sensibilidad y ella como líder no podía rebajarse a mostrar tal debilidad por sus hijos, eso disminuiría sus pocas posibilidades de sobrevivir.

Nurk siguió observando a la Piel-Amarilla, estaba como hipnotizado por su mirada glacial, así que no se dio cuenta de que Bareh se acercaba. Rackar desvió la mirada hacia el leopardo, parecía que había conseguido al menos retener un buen pedazo de su presa, sus camaradas debían estar en baja forma si dejaban que Manchas se llevara un trozo tan grande de comida...

Un rugido profundo y un manotazo de  la leona sobresaltó a Nurk que se apartó con el corazón desbocado, enseguida se dio cuenta de que no era él al que iba dirigido, Manchas erguía la cabeza unos metros adelante para ser bien observado por Rackar, lucía orgulloso su trofeo, un leoncito sangrante. En  este cachorro se había cobrado Bareh la enésima humillación que había sufrido de los Piel-Amarilla, ahora entretenidos devorando a Sentra, el Comida-Rayada del que le habían despojado.

Era obvio que los cachorros de Rackar no habían sido cuidados en su ausencia, así que el pequeño y juguetón Tansi no volvería a morderle las orejas mientras que ella fingía asustarse con sus ingenuos gruñidos.

Un dolor profundo hizo temblar hasta la más íntima de sus fibras, su cuerpo se tensó, sus garras se expandieron y en un último esfuerzo de sus músculos consiguió romper la ya debilitada red cayendo desde dos metros dándose un costalazo que la dejó sin respiración. Momento que aprovechó Bareh para, escupiendo el leoncito, salir como alma que se lleva el diablo hasta el árbol más cercano que fuera inaccesible a la rabia de la leona. 

Quien no tuvo esa capacidad de reacción fue Nurk, se quedó paralizado, con la vista fija en Rackar, que se levantaba despacio mientras recomponía sus doloridos y dormidos músculos. Su estado era lamentable, pero aún así su imponente figura tenía hipnotizado a Nurk que balbuceaba frases inconexas de despedida.

Un inmenso peso se adivinaba sobre los hombros de la Piel-Amarilla que exhaló un profundo suspiro. Se acercó despacio al antílope, que no se esperaba la pregunta que le realizó:

- ¿Tenéis nombre los Comida-Rayada?

- ¿Quéeeee? –el antílope mantenía un estado semicatatónico con los ojos vidriosos y la respiración entrecortada.

 Por hoy había suficiente Ley de la Selva. La leona caminó despacio hacia su cachorro a la vez que, con voz dolorida, rugía:

- Rackar, mi nombre es Rackar –el silencio del bosque acompañó el movimiento de la leona, que, de forma delicada, cogió entre sus temibles fauces al pequeño Tansi. Abandonó el bosque con su curioso manto de rombos rojos. 

De repente se oyó una voz temblorosa pero decidida:

- Nurk, yo aún soy Nurk.
 

 

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Published on e-Stories.org on 11/21/2013.

 

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