Juan Planas

Las campanillas de plata

 

Las campanillas de plata


Tras años de trabajar arduamente y ahorrar, Marcelo y Laura, por fin, habían comprado la casa de sus sueños: relativamente antigua pero bien diseñada, cómoda y espaciosa, con paredes gruesas y sólidas, un bonito patio de baldosas ajedrezadas blancas y rojo oscuro donde en el medio crecía un añoso ciruelo. Y, además, en San Telmo, el barrio más antiguo de Buenos Aires, sobre una calle empedrada.
 “¿No parece increíble? A menos de diez cuadras de la plaza de Mayo, todos los años tendrán una cosecha de fruta fresca”, había subrayado el propietario.
Y, por cierto, se encontraba en un estado excelente y había sido construida con materiales de primera; pasaremos por alto, por no ser prolijos, la descripción de sus pisos de roble de Eslavonia, de sus artísticas rejas de hierro forjado y de sus mármoles.
“La vendo porque tengo que irme a vivir al extranjero”, les dijo el dueño, que añadió que ésa era la razón por la que pedía un precio muy inferior al de mercado.
Para Marcelo y Laura era una oportunidad extraordinaria. Incluso tenían habitaciones libres como para ampliar la familia, cuando tuvieran hijos, y todavía quedaba lugar por si tomaban personal de servicio, en caso de prosperar.
Compraron, pues,  la casa y trajeron sus cosas y sus muebles, que ciertamente eran de estilo moderno, en armonía con el apartamento que hasta entonces habían alquilado. “Trataremos de ir cambiando el mobiliario a medida que juntemos dinero”, dijo Laura, que ya meditaba si convenía el estilo provenzal, español, imperio, etc.
La mudanza, un sábado, fue para ellos como una fiesta. Cuando terminaron de organizar más o menos la casa, encargaron por teléfono una pizza y, molidos de cansancio, se fueron a dormir.
Al día siguiente las cosas fueron más sosegadas. Guardaron en gavetas y estantes las cosas que habían dejado amontonadas, movieron algunos centímetros uno que otro mueble... en fin, hicieron esa especie de sintonía fina posterior a toda mudanza. A la noche, después de cenar, tomaron un café en el patio, donde discurrieron sobre el tipo de macetas que iban a poner y si plantarían geranios o claveles. Luego se fueron a la cama.
Laura se dio una ducha antes de acostarse. Cuando Marcelo la vio entrar al dormitorio, desnuda, la abrazó apasionadamente.
-Podríamos inaugurar el nuevo dormitorio -dijo-.
Mientras Marcelo se quitaba el pijama, Laura le comentó desde la cama:
-¿Sabés que cuando me abrazaste me pareció que oía unas campanillas?
-No es para menos; con lo que trabajamos y todos estos líos de la compra y la mudanza, ya ni me acuerdo de cuándo hicimos el amor la última vez. ¡A lo mejor, repican en el cielo! -contestó alegremente Marcelo, que se acostó y empezó a besar los pechos de Laura. Ésta se puso tensa-.
-¡Otra vez!  ¡Eran varias campanillas que sonaban en el pasillo, junto a la puerta del dormitorio! -esta vez, había un tono de alarma en la voz de Laura-.
Marcelo emitió un fastidiado “uf” y se levantó, abrió la puerta y salió al pasillo. Encendió la luz del pasillo y examinó el lugar.
-Todo está en orden; para que nos quedemos tranquilos, voy a revisar toda la casa -dijo-.
-Voy con vos -respondió Laura-.
Tras recorrer todas las habitaciones y verificar las cerraduras sin novedad, regresaron al dormitorio. Mientras se acostaban, Marcelo opinó que el estrés y la fatiga de los últimos tiempos los tenían un poco trastornados.
-Tenés razón; pero antes de reposar, vamos a fatigarnos un poquito más -contestó Laura, estrechando a su marido. Éste, tras darle un beso, ya no quiso esperar más y la penetró-.
-¡Puercos! ¡Puercos!
Los gritos, acompañados por un fuerte tintineo, venían del otro lado de la puerta. Laura y Marcelo se incorporaron a medias en la cama, sobrecogidos.
-Era una mujer -dijo Laura, estrechándose contra Marcelo-.
Marcelo, pese a que Laura lo instaba a no abrir la puerta, fue nuevamente al pasillo. Como la vez anterior, no se veía a nadie y todo estaba en calma. Pero aquella noche ya no hicieron el amor, aunque Laura se mantuvo muy pegada a su marido.
La noche siguiente, aunque habían pasado un día intranquilo, ambos dudaban si no habrían sufrido alguna especie de ilusión. Pero cuando él la abrazó nuevamente en la cama, otra vez oyeron las campanillas y una enfurecida voz de mujer que los insultaba. Tampoco esta vez encontraron a nadie en toda la casa, que registraron prolijamente.
Y, noche tras noche, cada vez que ambos pretendían tener alguna intimidad, se repetía el episodio. Probaron de hacer el amor en otras habitaciones, en la cocina, hasta en el patio; y siempre, tras la puerta más próxima, se oían las fatídicas campanillas y los gritos coléricos.
Así pasó toda una semana. El sábado por la mañana, Marcelo salió a hacer algunas compras y Laura se quedó haciendo tareas de la casa. Estaba afuera, lustrando el hermoso picaporte de bronce -una cabeza de león con una anilla-, cuando pasó la vecina de la casa de al lado, una anciana señora. Ésta, tras saludar a Laura, se detuvo y le dijo:
-Disculpe, señora, que me meta... Todavía no hace dos semanas que se mudó y ya la veo muy desmejorada.
Laura no supo qué contestar. La vecina prosiguió:
-¡No es para menos! Con el espíritu de Vicenta, ningún matrimonio puede ser feliz en esta casa.
-¿Qué es el espíritu de Vicenta? -preguntó Laura-.
-¿No conoce la historia? No, claro, de lo contrario no me lo preguntaría. Vicenta era la esposa de Di Fiore, el hombre que mandó construir la casa. Eso fue hace muchos años, imagínese que la historia me la contó mi madre... Bueno, el señor aquel era un italiano que había amasado una fortuna con su fábrica de embutidos y mandó edificar esta casa. No escatimó dinero y quiso los mejores materiales. Porque, eso sí, la casa es muy buena. Muy bien construida, con los mejores materiales, todo importado de Europa.
-¿Y pasó algo malo? -preguntó Laura-.
-Tenían una vieja sirvienta, que se retiró y les propuso como reemplazante a una sobrina nieta que vivía en el interior... no sé si de Mendoza o de San Juan. La tomaron. Era una chica muy joven, y parece que era una belleza. Ya se imagina lo que sucedió...
-Di Fiore se empezó a acostar con la sirvienta -contestó Laura-.
-Eso mismo. Cuando la mujer salía de compras o de visita, Di Fiore se llevaba la chica al dormitorio. Vicenta no se daba cuenta de nada, pero al fin los sorprendió. Sucedió que la mujer había propuesto colocar en la puerta de la casa uno de esos dispositivos que tienen unas campanillas colgando, para que suenen cuando alguien abre...
-¡Ah! Las campanillas -murmuró Laura-.
-Sí, las campanillas que usted ya debe conocer. Bueno, le decía que la señora una vez había propuesto poner ese aparatito. Di Fiore no le dio mucha importancia al asunto, pero ocurrió que Vicenta estuvo más de una semana sin moverse de la casa; y Di Fiore no se aguantaba las ganas de estar con la chica en la cama, así que un sábado a la mañana le recordó a Vicenta lo de las campanillas y le recomendó que buscara algo especial, muy artístico. Le dio dinero y le recomendó que fuera a algunas tiendas del centro, para que tardase bastante; así él tendría tiempo para disfrutar con la sirvientita. También le explicó que le dolía la cabeza, por lo que no la podía acompañar.
-¿Y la mujer salió a comprar las campanillas? -preguntó Laura-.
-Salió inmediatamente. Lo que no sabía Di Fiore era que Vicenta había visto en una tienda unas campanillas muy hermosas, de plata, pero no se animaba a proponerle al marido que las comprara por el precio. Cuando Di Fiore le dio el dinero, tomó un taxi y fue a comprarlas. Volvió en taxi para mostrarle en seguida al marido las campanillas.
-¿Y fue entonces cuando encontró al marido con la chica?
-Sí. ¡La que se armó! Los encontró en la cama... Parece que le dio como un ataque de nervios, y nunca quedó bien de la cabeza. A la semana la tuvieron que internar en una clínica psiquiátrica.
-¡Pobre mujer! ¿Y Di Fiore siguió con la chica?
-Sí, desde entonces era su amante. Como a los tres meses, Vicenta murió en la clínica. El mismo día que la enterraron, Di Fiore se acostó con su amante, como hacía todas las noches. Y fue entonces que, cuando estaba abrazando a la chica, oyó los gritos de Vicenta, que agitaba las campanillas y los insultaba.
-Ya conozco eso -dijo Laura-.
-Me lo imagino. Bueno, al cabo de un tiempo, Di Fiore se mudó, vendió la casa y no se supo más de él. Vinieron otros a vivir, y el espíritu de Vicenta los acosaba; al parecer, no le importaba que no fueran Di Fiore y la sirvienta los que estaban en la cama. De modo que la casa fue cambiando de dueño constantemente. Me imagino que ustedes también se irán... si encuentran quién les compre la casa. Bueno, señora, la dejo porque tengo que preparar la comida. Le deseo suerte.
Laura y Marcelo acudieron a un sacerdote católico para explicarle el caso y pedirle que exorcizara la casa; el cura les explicó que el exorcismo solamente se efectúa en algunos casos, que se requiere una autorización especial, y sugirió que tal vez lo que necesitaban era apoyo psicológico y unas vacaciones, además de ir a misa más seguido.
En cambio, los escuchó muy atentamente un pastor de fuerte acento brasileño, que les habló de posesión, de la pomba gira, los exhortó a tener fe, orar y pagar el diezmo; además, previo pago de una nada desdeñable oblación, fue a la casa para limpiarla de espíritus y demonios. A la noche, apenas Marcelo y Laura se desnudaron y se acostaron, el espíritu de Vicenta empezó a bramar con más violencia que nunca.
-A lo mejor, la limpieza necesita algunos días para hacer efecto -dijo Laura, mientras se ponía el camisón-.
Después de otra semana en que las cosas siguieron de mal en peor, alguien les recomendó a un parapsicólogo, que les prometió ponerlos en cadena de oración y les vendió un líquido con el que debían asperjar la casa para que se fuera el magnetismo negativo. Según les explicó, los ingredientes del líquido eran sumamente caros, pero, considerando la gravedad del caso, les dejaba el material al costo. Laura y Marcelo cumplieron cuidadosamente el ritual prescrito y luego se fueron a acostar; esta vez, Vicenta comenzó a gritar apenas entraron al dormitorio. Desde entonces, perdieron las ganas de tener relaciones íntimas.
Sólo quedaba deshacerse de la casa. Recorrieron una inmobiliaria tras otra. invariablemente, les respondían más o menos lo mismo:
-¡Ah! ¡La casa encantada! No, no vale la pena mandar hacer un cartel, pagar anuncios y todo eso. No lo tomen a mal, pero no podemos encargarnos de esa casa. No lograríamos venderla ni en años.
Durante semanas peregrinaron de una inmobiliaria a otra, buscando quién quisiera ocuparse de vender la casa. Por fin, Marcelo mandó pintar un cartel que decía “Dueño vende” y lo colgó a la entrada. Pasó mucho tiempo y no apareció ningún interesado. Un día, vieron por la calle al señor que les había vendido la casa.
-Nos había dicho que se iba a vivir a España o a Italia -dijo Laura-.
-Seguramente, fue una excusa para justificar el bajo precio de la casa. Querría sacársela de encima de cualquier manera -contestó su marido-.
Aquella noche se acostaron más desazonados que nunca. Durante un largo rato, quedaron en silencio.
-¡Qué desgracia nos ha tocado! -dijo al fin Marcelo-.
-¿Te diste cuenta de una cosa? Hace más de un mes que no hemos oído a Vicenta -observó Laura-.
-¡Claro que no! ¡Si ya no tenemos relaciones íntimas! Pero está ahí, detrás de la puerta, vigilándonos. Escuchá -respondió Marcelo, mientras apoyaba una mano sobre los pechos de Laura. Inmediatamente, se oyeron las campanillas-.
-¿Viste? Siempre está acechando. Y ahora va a gritar “¡Puercos! ¡Puercos!” -añadió Marcelo, introduciendo su mano dentro del escote de Laura-.
-¡Puercos! ¡Puercos! -profirió el espíritu-.
-¿No te dije? -preguntó Marcelo-.
Laura se rio y, a su vez, introdujo su mano en el pantalón del pijama de Marcelo.
-¡Ahora sí que montará en cólera! -dijo-.
-¡Desvergonzada! ¡Puercos él y ella! -bramó el espíritu, con fuerte estruendo de campanillas-.
Laura y Marcelo lanzaron una carcajada; era la primera vez en mucho tiempo que reían de buena gana. Acto seguido, se desvistieron.
-¡Puercos! ¡Puercos! ¡Ni siquiera apagan la luz! ¡Desvergonzados! ¡Oh! ¡Qué porquerías que hacen! ¡Oh! ¡Oh! ¡Qué asco! ¡Y cómo disfruta ella con él encima! ¡Ya no hay moral! ¡Puercos! ¡Puercos! -rugía rabiosamente el espíritu-.
Pero Laura y Marcelo ya no lo escuchaban.
* * *
Desde aquella noche, Laura y Marcelo volvieron a disfrutar de la vida. Las campanillas y los insultos de Vicenta condimentaban las intimidades del matrimonio, que ahora disfrutaban intensamente. Habiendo perdido temor al espíritu, ahora vivían algo así como un ménage à trois con éste.
Los amigos de Laura y Marcelo se mostraron incrédulos respecto de la historia de fantasmas que el matrimonio contaba orgullosamente. Para convencerlos, propusieron a una pareja amiga que intercambiaran las casas por una noche. Tal como era de prever, apenas la pareja huésped inició alguna intimidad, el espíritu de Vicenta comenzó con sus campanillas y sus insultos.
Los demás amigos y los compañeros de trabajo quisieron también vivir la experiencia de hacer el amor mientras un espíritu se manifestaba furiosamente. Laura y Marcelo pasaban más noches en casas de conocidos que en la propia.
La historia de la casa encantada comenzó a difundirse, y fueron de la televisión para mostrar la casa y que el matrimonio les contara la historia, que Laura y Marcelo narraron orgullosamente.
Finalmente, apareció un banquero interesado en comprarles la casa; ya habían olvidado la cuestión, pero la oferta que les hizo era verdaderamente suculenta: el financista quería a toda costa ser dueño de una casa encantada, y como entendió que un fantasma constituía un valor agregado, les pagó sin inmutarse una cifra varias veces superior al valor normal.
Actualmente, Laura y Marcelo viven en otra bella y añeja casa del barrio. La han amueblado y decorado con gusto y la enseñan orgullosos a sus visitantes. En las noches templadas, después de cenar, riegan los floridos geranios del patio y se van a acostar.
 Eso sí, han descubierto que algo les falta; cuando hacen el amor extrañan los insultos de Vicenta y las campanillas de plata.
 
 

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Published on e-Stories.org on 01/10/2008.

 

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